DE CUENTAS Y CONTADORES

EDITORIAL 06/01/2018 Por
¿De dónde vamos a sacar para pagar las cuentas? El presidente y sus funcionarios gozan de merecidas vacaciones. No debemos importunarlos con preguntas molestas
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Los economistas muy ortodoxos que proliferaron en los medios de difusión desde la asunción de Cambiemos tienen un defecto: son contadores. Su receta consiste en terminar de un plumazo con el déficit fiscal. Para ello hay que cortar totalmente los subsidios, bajar las jubilaciones y los salarios, despedir a la mayoría de los empleados públicos, privatizar las empresas del Estado y todo lo que tenga que ver con él.

De ese modo la planilla Excel se va a acomodar para que la casilla correspondiente al déficit marque cero. Lo que pase con la gente no es competencia de ellos sino de otras áreas del gobierno, o de los afectados. Que se arreglen como puedan. Si fueran médicos habrían considerado normal un viejo titular del principal diario de Córdoba para encabezar una nota relativa a un transplante: “Fin de una hazaña científica. El paciente murió”.

Pero esos economistas muy ortodoxos tienen también una gran virtud: son contadores. El defecto de antes es una bendición ahora. Como son contadores pueden revisar las cuentas y diagnosticar y pronosticar su evolución. Para ellos no valen vagas definiciones ni expresiones de deseo. Los números mandan.

El presidente Macri dijo que hay que dejar de endeudar al país. Coincidimos. Ahora debería decir cómo hacerlo. Hasta ahora, todas las medidas que tomó su gobierno fueron en el sentido de endeudarse más y a la vez restringir la capacidad del país de pagar la deuda.

Los esquivos dólares

Para hacer frente a los intereses y a las amortizaciones de capital de la deuda externa hacen falta dólares. ¿Y de qué fuente genuina brotan esos dólares? No hay muchos manantiales: o de una balanza comercial (exportaciones menos importaciones) positiva, o del saldo del turismo (lo que gastan los extranjeros que visitan el país menos lo que demandan los turistas argentinos fuera de nuestras fronteras).

Estas cuentas están en rojo; en un rojo violento. Por el lado del comercio exterior, el 2017 aportó un déficit de unos nueve mil millones de dólares. Una cifra record.

¿Cuál es la manera de revertirlo? Pues no otra que incrementar las exportaciones. ¿Y quienes exportan? El agro y la industria. Al primero se le dieron medidas que los beneficiaron: la quita de retenciones a algunos granos y la disminución paulatina de la que grava a la soja.

Esto significa que los productores obtienen mayor ganancia por sus cosechas. Y además se les otorgó un plazo ilimitado para liquidar sus ventas. Y ni siquiera ellos están obligados a ingresar al país las divisas obtenidas.

¿Resultado? Con una cosecha record se liquidaron, en números redondos veintiun mil cuatrocientos millones de dólares. Y esta cifra marca una caída de 10,5% respecto de los veintitrés mil novecientos millones de dólares registrados en 2016.

En 2015 muchos empresarios del agro retuvieron sus cosechas esperando un vuelco en las políticas que los “castigaban”. En el año se liquidaron algo menos de veinte mil millones de dólares. Dejando de lado ese período, las liquidaciones de 2017 son las más bajas en ocho años.

¿Se puede exportar más?

Las exportaciones de Argentina subieron apenas un 2% respecto de las registradas el año anterior. En general, las ventas al exterior están estancadas en cantidad y enmarcadas en precios flojos, como el caso de la soja, que perdió el 0,7% de su valor entre enero y noviembre de 2017.

Otra forma de incrementar la capacidad de pago de la deuda es reduciendo las importaciones. Aquí hay que distinguir entre dos tipos de bienes: aquellos de capital, que la industria requiere para lograr mayor competitividad y capacidad exportadora y los de consumo, algunos necesarios y otros superfluos.

Las importaciones que mayor aumento registraron el año que acaba de finalizar fueron los vehículos automotores (42,3%) a los que le siguen bienes de capital (13,8%) y de consumo (12,5%).

No puede esperarse mucha mejora de la balanza comercial en el futuro cercano. Si la lluvia de inversiones se produce -sería más prudente esperar una lenta garúa, en todo caso- los saldos exportables tardarán años en incrementarse significativamente. Un dólar caro ayudaría al equilibro por ese lado, pero a la vez conspiraría contra el objetivo de bajar la inflación, que se muestra rebelde al máximo.

Y con el dólar barato y sin restricciones, no se puede ni pensar en revertir el flujo turístico y de compra de los argentinos, que en 2017 se llevaron diez mil millones de dólares más que los ingresados por los visitantes del extranjero.

Las compañías multinacionales, que durante el kirchnerismo fueron impedidas de girar sus utilidades a las casas matrices, y obligadas a reinvertirlas, no desperdiciarán sin duda la oportunidad de hacerlo ahora libremente. Y las empresas y los particulares, que pueden comprar divisas sin límites en los bancos o en cualquier arbolito, legalizado ahora, de la calle Florida y llevárlos tranquilamene a donde se les ocurra, no aportarán demasiado, pareciera, a las arcas del Banco Central.

Los vencimientos son ineludibles, y -si no hay con qué afrontarlos- no quedará otro remedio que seguir pidiendo prestado. Qué diga el presidente o sus ministros del área cómo piensan hacer realidad las palabras del primer mandatario de dejar de endeudar al país.

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