ROMANO GUARDINI

Una vida caracterizada por el ethos de verdad
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En las décadas de 1950 y 1960, Guardini llenaba todo Múnich y era considerado como un referente en Alemania y Austria. Su magisterio empezaba a extenderse por otros países, que se apresuraban a traducir sus obras más significativas. Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965), otros autores pasaron a primer plano y la estrella de Guardini pareció apagarse. Pero, desde hace unos años, su pensamiento ha vuelto a cobrar vigencia en muchas naciones, pues se trata de un autor “clásico” que supera las barreras de espacio y tiempo y entusiasma en todo momento con lo bueno, lo noble, lo bello y lo justo, valores eminentes que buscó durante toda su vida con tenacidad inaccesible al desaliento.


Esta búsqueda impresiona hoy tanto más cuanto que —según revelan sus escritos póstumos— Guardini vivió sometido a constantes pruebas: primero, la inseguridad en el trabajo y la falta de un hogar propiamente dicho; luego, el cerco asfixiante impuesto por los nacionalsocialistas, que lo privaron de su cátedra berlinesa y del castillo de Rothenfels —centro de encuentro del “Movimiento de Juventud”—; en la edad madura, penosas enfermedades, y, al final, graves carencias: pérdida gradual del oído y la memoria. Si a esto se añade el carácter convulso de la sociedad que lo rodeó en sus años de mayor actividad (1918-1962), asombra ver su firme trayectoria como catedrático de universidad, guía de la juventud y publicista religioso.


Nacido en Verona (Italia), el año 1885, Guardini realizó sus estudios primarios, secundarios y superiores en centros académicos de Maguncia, Tubinga, Múnich y Berlín. Para poder desarrollar su actividad profesional en Alemania, tuvo que adquirir la nacionalidad de este país, a pesar de su profunda vinculación a la cultura italiana de su familia. Esta tensión pudo superarla merced a la admiración que sentía por la más alta cultura “europea”.


Por influencia del pensamiento kantiano, en el verano de 1905 el joven Guardini se sintió un tanto alejado de la fe cristiana, pero pronto vivió una experiencia de iluminación interior al meditar hondamente la frase evangélica: “Quien quiera salvar su alma la perderá, quien la dé la salvará”. Esta densa e inquietante frase fue para él, en ese momento, “la verdadera llave de acceso a la fe”, sin duda por adivinar que en ella alienta una fuerza y una riqueza insospechadas. Ya por entonces mostraba una especial sensibilidad para captar la energía interior que generan ciertos conceptos “contrastados”. De ahí la lucidez con que asumió la sugerencia hecha por su amigo Karl Neundörfer de que “la mayor posibilidad de verdad está precisamente donde se halla la mayor posibilidad de amor”. Tal convicción lo llevó a adentrarse con espíritu de sencillez espiritual en el ámbito de la Iglesia, en el que se halla “el camino para obtener el amor”.


Una vez ordenado sacerdote (1910), Guardini intuye que su misión consiste en configurar un nuevo método de evangelización. Comienza a ensayarlo en su actividad como director de la asociación universitaria “Juventus” y en sus primeros escritos. El contacto con las abadías benedictinas de Beuron y María Laach le inspira, en 1918, el brillante ensayo “El espíritu de la Liturgia”, que lo consagra como un escritor católico agudo y preciso. Pero, al año siguiente, publica el “Via crucis”, y pierde el favor de ciertos liturgistas, a quienes desagrada que ponga casi en pie de igualdad la oración litúrgica y las devociones populares. Guardini entrevió, desde joven, que las diversas formas de oración se complementan, pues disponen el espíritu, desde perspectivas distintas, para “ir a Dios con toda el alma”.


A fin de dar razón profunda de estas primeras intuiciones, no cejó en su búsqueda del método formativo ideal, que exige una gran destreza para superar ciertas aparentes paradojas: la vinculación de libertad y normas, individuo y comunidad, cuerpo y espíritu, ganar al dar… Tal método creyó hallarlo en el estilo pedagógico de B. Strehler, director del “Movimiento de Juventud”, centrado en torno al castillo de Rothenfels, junto al río Main. Asistió allí a un encuentro de jóvenes, en 1920, y se entusiasmó al ver aplicada la orientación pedagógica con que soñaba: se alternaba la conversación y el silencio, se buscaba la verdad, convivían chicos y chicas de manera franca y limpia, se cultivaban el canto y el baile, las marchas por el campo y los oficios litúrgicos. Todo Guardini, con sus mejores energías y potencialidades, quedó polarizado en torno a este movimiento juvenil (1924). Conferencias, ejercicios espirituales, homilías y publicaciones diversas se sucedieron rápidamente con el fin de comunicar a una juventud deseosa de una vida espiritual cualificada lo que es la vida de la fe, el sentido profundo de los signos sagrados, la riqueza inagotable de la Eucaristía, la vida ética inspirada en la palabra revelada… Bien seguro de estar configurando un “hombre nuevo”, Guardini trabajó intensamente en esta actividad, hasta que las autoridades nacionalsocialistas imposibilitaron los encuentros mediante la confiscación del castillo (1939).


Su vida académica comenzó con la habilitación en Teología Dogmática en la universidad de Bonn (1922) y su nombramiento como profesor en la Facultad de Teología Católica de dicha universidad. El éxito obtenido en la serie de conferencias pronunciadas en un Congreso de universitarios católicos de Bonn sobre “El sentido de la Iglesia” le abrió, en 1923, las puertas de la universidad de Berlín, que creó para él una cátedra sobre “Filosofía de la religión y concepción católica del mundo”. Por consejo de su buen amigo Max Scheler, Guardini orientó las lecciones hacia el análisis de la “visión del mundo” de grandes figuras del pensamiento y la literatura: Platón, San Agustín, Dante y Pascal; Dostoievski, Rilke, Mörike y Hölderlin.


A pesar de la apariencia que daba a sus discípulos de “triunfador”, Guardini vivió abrumado por el temor a no ser considerado como un catedrático auténtico, pues su estilo de pensar y de expresarse no se ajustaba al método denominado entonces “científico”, altamente especializado en temas muy concretos. No se apartó, sin embargo, un ápice de su propio camino, dirigido a descubrir cómo se interpreta la vida humana y los distintos fenómenos culturales desde la fe católica. Aunque sus actuaciones se vieron siempre muy concurridas, Guardini no logró nunca sentirse seguro en su manera de proceder. Su “Diario” da testimonio constante del sufrimiento que le producía esta inseguridad y de la tenacidad con que se mantuvo fiel a su convicción de que su estilo de pensar y expresarse respondía a su vocación y su misión. De ahí su satisfacción cuando Pío XII lo recibió en Castelgaldolfo para manifestarle el reconocimiento de la Iglesia, y cuando, ya en su edad madura, se vio reconocido por destacadas universidades e instituciones. Entre otras distinciones, en 1963 recibió en Bruselas el “Premio Erasmo al mejor humanista europeo”, y en tal evento pronunció la conferencia “Europa, realidad y tarea”.


Con la perspectiva que da la distancia, advertimos hoy que Guardini, al prescindir de todo aparato crítico en su lectura de grandes autores y dejarse llevar de su instinto de lo valioso, abrió una vía regia para convertir las obras de la gran tradición occidental en una fuente inagotable de elevación del espíritu.


Una vez obligado, en 1939, a suspender su actividad como docente y como director del “Movimiento de Juventud”, Guardini desarrolló una intensa labor apostólica en diversas iglesias de Berlín. Las predicaciones ante un público atento le reportaron una profunda satisfacción y le inspiraron varios de sus libros más logrados: “El Señor, Jesucristo”, “Los novísimos”…Pero una vez más llegó el momento adusto de la renuncia. En 1943 se vio forzado por el horror de la guerra, que dañaba gravemente su salud, a abandonar la querida Berlín y refugiarse en la casa de un viejo amigo, Joseph Weiger, párroco de una aldea suabia.


En la devastación de la posguerra, reanudó su vida universitaria en Tubinga (1945-1948) y en Múnich (1948-1962). En 1948, recobró el castillo de Rothenfels, pero ya no se vio con fuerzas para retomar la dirección del Movimiento de Juventud.


Esta vida intensa la llevó Guardini con una salud precaria. A menudo, tras un período de trabajo intenso, se hallaba agotado y debía concederse un descanso. Durante los primeros días, se sentía aliviado y respiraba a pulmón lleno a través del campo. Pero pronto su espíritu le impelía a reanudar los trabajos pendientes.


Su hondo equilibrio espiritual lo mostró definitivamente el maestro en el atardecer del 30 de septiembre de 1968. Presintió su muerte, se recogió en su habitación y durante una hora larga recitó diversas oraciones, sobre todo la invocación de su admirado San Agustín: “Nos has hecho, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en Ti”. Poco después entró en coma y falleció. Su esquela expresó con certera precisión lo que había sido su vida y su muerte: “Romano Guardini, servidor del Señor”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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