RETROCESOS DE LA MODERNIDAD

El paso del tiempo y la pérdida de valores
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Comenzó el 2018 y con él, como en cada comienzo de año, los sucesos, las noticias, los hechos que causan un alto impacto en la población se siguen repitiendo como si el tiempo no nos hubiera dejado ninguna enseñanza.

Pero, en verdad que esto no es tan así. Ayer nomas, una señora muy acongojada, relataba como en un barrio de la tranquila localidad de Loma Hermosa, en la Provincia de Buenos Aires, un niño de tan solo cinco años de edad se debatía entre la vida y la muerte. El hecho en si mismo, producto de una accidente en el que, presuntamente, dos menores de edad que iban a bordo de una motocicleta, y que momentos antes habían intentado robarle la mochila a una joven, huyendo del lugar atropellan y hacen, literalmente, volar por el aire más de treinta metros al menor que estaba cruzando la calle, quedó registrado en las cámaras de seguridad que hoy son una triste “decoración” de cualquier lugar urbano de nuestra Argentina.

Y lo que se presenta, a primera vista, como el saldo de otro hecho de inseguridad ciudadana, que se repite a lo largo de los años, desde hace varias décadas en el país, configura, justamente, un retroceso en la vida de los ciudadanos. Por eso sostengo que el tiempo que transcurre habla, a primera vista, de la falta de enseñanza. Pero, en realidad, sí existe una enseñanza en esta repetición de hechos. Lamentablemente, es una triste enseñanza, puesto que muestra que existe aristas de nuestra vida que se han ido deteriorando con el paso de los años.

La señora, que era reporteada por un notero de una importante señal televisiva, hacía una reseña de lo acontecido, pero también relataba que ella vivía en ese mismo lugar desde hacía sesenta años. En su comentario, supimos de los lazos que unían a los vecinos. De la única canilla de agua que existía en aquella época, la que había sido instalada por una persona que había podido comprar una bomba y hacer un pozo para proveer a su familia del vital elemento, y que era compartida, sin ningún tipo de reticencia, con los demás vecinos de la zona.

Es cierto que los nuevos tiempos trajeron consigo adelantos tecnológicos que, en gran medida, le hicieron la vida más confortable a las personas. Pero esto, de manera alguna, puede llegar a significar que esa confortabilidad haya ido acompañada de aquellos valores éticos y morales que regían la vida en comunidad. Todo lo contrario: los valores se fueron perdiendo. Las personas, las familias se aislaron las unas de las otras. Cada uno hoy cuida su propia “quintita”. Es muy difícil, aunque obviamente existen honrosas excepciones, contar hoy con la ayuda desinteresada del que vive a tan sólo unos pocos metros. Todo se ha vuelto más impersonal con el transcurso de las décadas, y cada uno se ocupa únicamente de lo suyo.

Aunque parezca una paradoja de los tiempos modernos, hoy se vive más, las personas tienen una expectativa mucho mayor de vida que la que tenían hace cuarenta o sesenta años atrás; pero, lamentablemente, no se vive mejor. La inseguridad acecha en cualquier parte y a la hora que sea. No importa si es de día o es de noche. No importa si las comunicaciones y los medios de transporte son más rápidos y seguros, porque el deterioro de los valores ha hecho que los grandes adelantos de la ciencia y la tecnología no aporten, cuantitativamente, de manera proporcional en el mejoramiento de las condiciones de vida de los seres humanos.

Se puede vivir en el lugar supuestamente más seguro de las ciudades, o en algún suburbio aparentemente tranquilo, sin embargo el miedo se ha instalado en todas partes. Y es que, sin esos valores que fortalecían los vínculos entre las personas, cualquier aparato inventado por el hombre, para comodidad y confort, puede perder su función y convertirse en un arma mortal.

En la simpleza de sus palabras, esta señora no podía entender que los grandes adelantos de la ciencia, sobre todo en materia de salud, no pudieran ser gozados por todos. Su relato era una queja por la falta de un tomógrafo en el hospital de la zona, la ausencia de profesionales de la salud con una especialidad en neurología infantil, las largas horas que tuvo que esperar el niño, en una sala, para ser trasladado, finalmente, a un centro asistencia de la Ciudad de La Plata en dónde pudo recibir la atención adecuada a su grave estado.

No voy a caer en la necedad de ignorar que la ciencia ha aportado mucho para que los humanos podamos disfrutar cada día de una vida mejor, y lo sigue haciendo. Pero, también, esa misma ciencia ha obrado como disparador de un sinnúmero de causas que hacen que cada quien se arregle por sí solo, de la manera que puede. La solidaridad, que otrora configuraba mucho más que un simple orgullo nacional, casi una obligación, hoy se ha transformado en recuerdo.

Son incontables los casos de personas que, en momentos de gran peligro, acuden desesperadas solicitando la ayuda de un vecino, y sólo obtienen una puerta cerrada. La gente no quiere “meterse”. Los inconvenientes burocráticos han minado el espíritu de las personas y, aunque parecen vivir conectadas, las unas de las otras, más que en ningún otro momento de la historia, en realidad están encerradas en su mundo, sin prestar oídos a los llamados de auxilio de sus semejantes.

Por eso, un hecho cotidiano, aunque muy doloroso para una familia en particular, pone de relieve las enormes carencias que se acrecientan a cada momento en nuestra vida diaria.

El tiempo pasa inexorablemente, nunca se detiene y, mucho menos es posible hacerlo retroceder. Está en la sociedad asimilar y aprovechar los beneficios que nos aporta la ciencia y la tecnología. Y las nuevas costumbres y formas de vida, aunque más cómodas en apariencia, no deben apartar a las personas de los valores éticos y morales que, en definitiva, son lo que distingue a la especie humana de cualquier otra especie del reino animal. Esa es la única alternativa que tiene el hombre para no ser testigo inmóvil del paso del tiempo, sino, muy por el contrario, un participe indispensable de su propio destino.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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