LA HISTORIA QUE REGRESA

EDITORIAL 28/12/2017 Por
Es repetitivo y quizás aburrido, pero no hay más remedio que insistir, aunque solamente sea para evitar el riesgo de que se repita lo ocurrido en los prolegómenos de los trágicos sucesos del 2001
MACRI HELICOPTERO

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Estamos hablando de que hasta el momento de la debacle apenas muy pocas personas pudieran darse cuenta -dolorosamente- de lo que estaba sucediendo con las finanzas nacionales.

Lamentablemente para el resto de los argentinos, esos pocos avisados sacaron a tiempo sus activos y los depositaron en el exterior. Es que además de atentos todo indica que fueron informados de la marcha de los acontecimientos.

La inflación de diciembre apunta a 2,5%, y la cifra se difunde para que la población se vaya acostumbrando. Y para los que somos pesimistas -porque sabemos lo que les pasa a los optimistas, como decía Wimpi- pensamos que todavía pueden deslizarse un par de décimas más.

Pero las perspectivas para enero y febrero no inducen a la tranquilidad, ni mucho menos. Se habla de un brutal aumento del transporte, un rubro insoslayable e insustituible que impacta en los que menos tienen. Seguirán los aumentos en los combustibles y los servicios, también con actualizaciones de dos dígitos.

Las previsiones de las autoridades monetarias respecto del índice inflacionario para 2018 ya son descartadas por todos los expertos. La franja del 8 al 12 por ciento, calculan, representará alrededor de la mitad o menos de la que señalan los pronósticos.

El dólar, que se mantuvo quieto por un par de meses, cobró impulso en los últimos días. Los representantes del agro se conformaron un poco -no demasiado porque ellos ya pidieron hace rato un cambio de 26 pesos por dólares- y tal vez liquiden algo más de los granos que retienen esperando mejores oportunidades. Las castigadas pymes exportadoras también tendrán un alivio con esta relación entre nuestra moneda y la estadounidense.

Esta circunstancia es favorable en algunos aspectos y no en otros. Por un lado el dólar barato acelera la salida de divisas por turismo, un factor que en el año que termina representó un déficit neto -nada menos que 11.000 millones de dólares- inusitado para un país que tiene su talón de aquiles en el sector externo, con una deuda que ya es obviamente impagable.

Mientras en el pasado reciente tan criticado, el déficit fiscal se resolvía con emisión, y esta a su vez alimentaba la inflación -y es bueno anotar que esa es la única consecuencia- el recurso de solucionarlo con préstamos del extranjero constituye un remedio mucho peor que la enfermedad. Dice el reconocido economista Federico Poli, en El Cronista:

“Actualmente, el grueso de la deuda pública que emite la Tesorería es colocación de títulos en los mercados externos. Al ingresar al país las divisas de la deuda externa, el Tesoro le pide al BC que emita los pesos que el sector público precisa para financiar la porción del gasto público respectivo. Una vez que, realizado el gasto público e inyectados al mercado los pesos, el BC los absorbe colocando Lebacs. Anotemos que esta esterilización de la expansión monetaria con deuda de corto plazo, además, genera déficit cuasi-fiscal. El resultado de toda esta operatoria es que la Tesorería se endeuda en divisas para gastar en pesos, dinero que, luego, es retirado por el BC, colocando deuda interna de corto plazo, subiendo la tasa de interés”.

Este mecanismo perverso ha sido y es señalado por muchos especialistas, pero el gobierno sigue insistiendo con él, acercando cada vez más al fantasma del default.

Volviendo al aumento de la divisa en las últimas jornadas, encontramos que más allá del relativio alivio de los exportadores, esa variación repercutirá en los precios internos. Aquellos productos que tienen partes importadas reflejarán la nueva relación, en tanto que productores cuyos costos son íntegramente locales, modificarán sus listas al alza por si las moscas, asimilándose al contexto.

Y será un golpe más para un gobierno que eligió a la inflación como su peor enemigo. Para colmo de males, el presidente que -bastante irresponsablemente, por cierto- se jactaba de que bajar la inflación era lo más fácil, ahora, después de haber sido desmentido -y cómo- en los dos primeros años de su mandato no puede menos que reconocer el fracaso de las medidas implementadas en busca de ese objetivo. Lo triste es que no lo hace, y se sigue viviendo una ficción que alimenta los peores pronósticos.

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