LAS "AUSENCIAS" DE ESTAS FIESTAS

Los que lamentablemente no pudieron compartir la mesa navideña y los que pusieron su mejor empeño para no estar en ella
Sindrome-Silla-Vacia

Pasaron las fiestas de Navidad con todo el acostumbrado repertorio de saludos, regalos y, como no podía ser de otra manera, la comilona de todos los años con la familia.

Con absoluta seguridad, en la cena del 24 o en el almuerzo del 25, la charla política no estuvo ausente. Y, con esa misma seguridad, me atrevo a afirmar, que no habrán faltado las arduas y hasta ríspidas discusiones que suelen ser un sello inconfundible de nuestra idiosincrasia auténticamente argentina.

En verdad, en estas fiestas hubo ausentes, seres muy queridos para sus familias que no pudieron compartir la comida, la charla, el brindis y los abrazos.

Sin entrar a hilar demasiado fino en los avatares del destino, ya que cada quien tiene su propia interpretación con respecto a un tema tan delicado, fruto de sus convicciones religiosas y filosóficas, se podría decir que los ausentes pueden clasificarse en dos grupos: 1) aquellos que no estuvieron por motivos fortuitos, por hechos accidentales, desgraciados o no; y 2) los que no pudieron compartir con sus familiares y allegados este momento tan especial del año por que decidieron, en algún momento de sus vidas, tomar un camino que los desvió de los valores éticos y morales que rigen la vida en sociedad.

Lamentablemente, entre los del primer grupo, y como ejemplificativo de una cara social que nos llena de oprobio, se encuentran los cuarenta y cuatro tripulantes del submarino ARA San Juan. Ellos, como profesionales que abrazaron la carrera marítima, tenían plena conciencia del riesgo al que se enfrentaban cada vez que zarpaban para realizar algún ejercicio o misión en las profundidades de nuestro inmenso y bastante desconocido Mar Argentino. Esa fue la pasión que los guió a lo largo de sus vidas. Pero, sobre lo que no tuvieron plena conciencia o, en todo caso, sí lo sabían no pudieron evitarlo, so pena de caer en alguna de las tantas figuras tipificadas dentro de la Justicia Militar, era lo que se refiere a las irregularidades que se han ido sucediendo, principalmente en lo que respecta al mantenimiento de nuestras naves de guerra, durante tantos años. Este puede haber sido el principal motivo de la desaparición del submarino y de la triste suerte de toda su tripulación. Esto, que es una mera especulación, no deja de ser una gran señal de alerta que tiene que tener su correspondiente receptividad en todos los sectores políticos y sociales argentinos, en especial de aquellos que tienen grados de responsabilidad.

Si pretendemos ser considerados, dentro del concierto de las naciones del mundo, como un país serio, con capacidad para atraer las tan ansiadas inversiones extranjeras, debemos, primeramente, dar muestras de seguridad y apego irrestricto a los protocolos internacionales que regulan todo tipo de actividades, sobre todo aquellas cuya complejidad implica tener el doble, el triple, o para decirlo de otro manera, el máximo cuidado operacional.

Nadie, empresario grande o pequeño, tiene interés en arriesgar su capital en un lugar dónde la maquinaria a utilizar esté atada con alambre” y, mucho menos, en el que la fuerza de la burocracia sea mayor que la vida misma de quienes deben operar con o en ellas.

Hoy por hoy, en el país, existen infinidad de posibilidades de que se repitan, nuevamente, episodios luctuosos como los del submarino desaparecido, puesto que, en mayor o menor medida, toda la flota de marítima, terrestre y aérea de nuestras Fuerzas Armadas se encuentra en idéntica situación de abandono.

Asimismo, son muchos los cabos sueltos que todavía quedan por dilucidar, no solamente sobre este puntual episodio, sino de otros tantos sobre los que aún campea sobre ellos una especie de nebulosa, de territorio en dónde nadie se atreve a investigar con verdadera capacidad, seriedad y eficiencia, que conforman un escenario tristemente fértil para todo tipo de acontecimientos indeseados y trágicos.

Una sociedad, en la que las investigaciones de accidentes que se llevan consigo la vida de las personas, dejan de ser un tema de preocupación para engrosar una lamentable tabla estadística, jamás va a poder salir de esa especie de “círculo vicioso” que la coloca entre las más riesgosas y peligrosas del planeta.

Ahora, pasando al segundo grupo de personas a las que me referí al principio de esta nota, me quiero detener en la serie de presos “notables” que hoy son parte de la población carcerlaria de las unidades penitenciales de Ezeiza y de Marcos Paz. En ellas hoy se encuentran alojados los que optaron por ser parte de la tremenda estafa a que estuvo sometida la ciudadanía argentina durante gran parte de los 12 años del proyecto “Nac & Pop” del kirchnerismo.

Como una especie de “muestreo” de alguna de las tantas consultoras que pululan en la Argentina, estas dos penitenciarias federales se tornan en el mejor resumen de lo que constituyó la más grande asociación ilícita orquestada desde el mismísimo seno del Poder, con sus distintas diversificaciones y células especializadas, siempre teniendo como fin el saqueo de los fondos públicos del Estado Nacional. Mezcla de funcionarios y pseudo empresarios, éstos últimos haciendo las veces de “testaferros”, suscribieron y llevaron a cabo un plan sistemático de actividades ilegales, finamente delineado, con la creencia que tienen todos los delincuentes de que jamás van a tener que dar cuenta de sus actos ante la justicia.

Aunque ninguna persona de bien puede sentir alegría por la desgracia ajena, y ciertamente que estar privado de la libertad es una desgracia muy grande, tampoco debe caerse en la hipocresía de sentir pena por quienes tanto daño le hicieron al resto de la población argentina.

Por otro lado, es de destacar que la justicia, por fin, está realizando su trabajo de una forma y con un ímpetu casi sin precedentes dentro de los anales del país, lo que la puede colocar a la par de aquella que enjuició a las Juntas Militares, con todo lo que ello significa.

En verdad que en estas fiestas hubo ausencias, pero, algunos trabajaron muy duro para que así sucediera, y, con toda la carga de tristezas que ello conlleva a sus familias, tienen más que ganado el ser nada más que una “ausencia”.

Para finaliza, solamente un deseo: ojalá que para la cena de Año Nuevo haya más ausencias de aquellos que todavía no están sometidos a prisión, pero bien que se lo merecen, y muchas menos de quienes todos los días le ponen cuerpo y alma a sus labores cotidianas, de manera moral y éticamente correcta, para hacer de esta Argentina un lugar en dónde valga la pena vivir.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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