Operativo Miedo

OPINIÓN 24/12/2017 Por
El Gobierno buscó instalar el miedo de ser gaseado, golpeado, arrestado o allanado. Varios manifestantes terminaron sin un ojo. Cómo fueron las maniobras de pinzas para apresar docentes y militantes sociales. Conjeturas sobre el origen de las piedras
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Los argentinos con algo de suerte empezarán el 2018 con el pie derecho. No es el caso del profesor Daniel Sandoval. El 2 de enero lo van a operar de un ojo. Ya perdió la visión. La intervención quirúrgica será para que, además, no pierda el globo ocular. Sandoval enseña Química en una escuela de Villa Soldati. El lunes fue al Congreso y terminó con 15 balazos de goma en el cuerpo. Cinco de ellos en la cabeza. Fue una de las víctimas del verdadero Operativo Miedo montado por el Gobierno nacional para instalar el terror o el temor. Miedo de ser golpeado. De ir preso y quedar procesado. Miedo de sufrir un allanamiento de madrugada. 

Tal como se informa aparte, el profesor de Química Sandoval fue uno de los blancos de la Operación. Con 34 años cumplidos, egresado del Instituto Joaquín V. González, el lunes 18 de diciembre se le ocurrió ir a una manifestación contra la poda en las jubilaciones. Llevó consigo un líquido peligroso: tereré.

O el Ministerio de Seguridad eligió a los docentes como víctimas o los docentes de movilizan mucho. Lo cierto es que fueron grandes víctimas el 18 y, antes, el jueves 14, el día en que la Gendarmería estuvo a punto de agotar la existencia de balas de goma. El otro gran grupo de víctimas es de los militantes de organizaciones sociales. Ni unos ni otros utilizan la acción violenta directa pero sufrieron detenciones y un nivel de agresión física que alcanzó a seis personas con pérdida de ojos. 

“Las fuerzas de seguridad son verticalistas”, es una de las frases con que el humor negro de estos días intenta derrotar a la amargura de los que perdieron ojos a manos de la policía. “Dicen que disparan a las piernas pero todas las balas llegan a la cabeza.”

Leandro Teysseire

Maestros y profesores no solo fueron gaseados y baleados. Las policías requisaron sus micros como si fueran barrabravas.

Francisco Escobar es profesor de Historia. El lunes era responsable de un micro que iba a Congreso cargado de docentes. La caravana estaba formada por once micros. Contó que les habían recomendado ir todos sentados porque la Bonaerense estaba haciendo retenes. Cuando andaban por Avellaneda, cerca del Puente Pueyrredón, los pararon. Subieron tres policías. Francisco reconoció a uno. Un chico. 

–Pibe, ¿qué haces?

El profesor relató a este diario que el policía “se puso colorado hasta la punta del último pelo”. 

–Somos docentes. Y yo soy el profe Escobar, ¿te acordás? Vos fuiste alumno mío. 

El muchacho no le respondió. Bajó rápido del colectivo con sus dos acompañantes y los dejó ir. 

“Había sido alumno mío, pero no sé si en la Escuela Normal Antonio Mentruyt de Lomas de Zamora o en la 378 de Banfield Este, cerca del límite con Lanús”, contó el profesor. “Para vivir doy clase en tantas escuelas que a veces ni me acuerdo de dónde es cada alumno.” Escobar terminó la escuela secundaria y se fue a vender café a la feria de La Salada. Quiso estudiar Ciencia Política pero no le daba el tiempo. Después de La Salada trabajó en una fábrica textil gracias a un amigo, Emanuel Ríos, dirigente del Suteba, el Sindicato Único de Trabajadores de la Educación de Buenos Aires. 

“En el fondo me dio pena el pibe policía”, dijo. “Se sonrojó y se fue a los saltitos.”

El micro paró en la Nueve de Julio y Belgrano y los docentes caminaron hacia el Congreso. “Estaba raro todo. Parecía una pelea entre agrupaciones, pero peleas ficticias. Somos todos profes, docentes. Las compañeras se asustaban. Cada pelea formaba una estampida y la gente corría y se empujaba. Para muchos era la primera marcha. Una chica, pobre, se puso a un costadito, llorando. Pensó que venían a tirarnos tiros. Un compañero nuestro, Guillermo Ayala, que se quedó ayudando a una alumna del Profesorado 103, fue detenido.”

Historia Antigua en primer año. Latinoamericana en segundo. Argentina del siglo XIX en tercero. En quinto, Historia Mundial Contemporánea. En sexto, Historia argentina de los últimos años. Esos son los cursos que da Escobar, de 38 años y 12 de docente. Con las marchas de diciembre de 2017 y el chico policía ganó una historia más para la Historia. Pero él, como otros profesores y maestros, quedó con una obsesión: ¿qué pasó de verdad en la calle? 

Los hechos

Decenas de relatos obtenidos por PáginaI12 entre participantes de las manifestaciones, sobre todo de la última, permitieron sacar conclusiones y diseñar conjeturas. La tarea recién se inicia. Serán bienvenidos relatos precisos de lectores y lectoras, y naturalmente videos con indicación de día, hora y lugar. Entretanto, aquí van los puntos para un primer examen: 

  • Las entidades más importantes, como los gremios docentes, las organizaciones sociales con referencia en la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular, las dos vertientes de la Central de Trabajadores Argentinos o los sindicatos de la CGT, terminaron cerca de las vallas levantadas por la Policía de la Ciudad. Pero no estuvieron solas en la zona. 
  • El sitio fue ocupado por manifestantes que muy pronto se pusieron violentos. Forcejearon con las fuerzas de seguridad para tumbar las vallas o arrojaron piedras y cascotes. 
  • La identidad de esos grupos todavía no fue esclarecida. “No sabemos si son imbéciles que arruinan los actos masivos o miembros de servicios de inteligencia infiltrados como en la segunda marcha por Santiago Maldonado”, dijo uno de los presentes. Otro ofreció una visión distinta: “Había pequeños grupitos anarquistas o trotskistas que creen en la acción violenta directa, hubo algunos que se desprendieron de las columnas grandes. También llegaron a formar parte de los que tiraban piedras chicos de los barrios que fueron sueltos o con amigos a buscar bardo o a descargar la bronca”.
  • Hubo dos etapas en la actitud de las fuerzas de seguridad. En la primera la Policía de la Ciudad aguantó los piedrazos y cuando repelió la agresión lo hizo con agua de presión baja y postas de goma que molestaban pero no dañaban. En un segundo momento o apareció otro cuerpo de la policía porteña o empezó a funcionar la Policía Federal de manera feroz. Puede ser que hayan sucedido ambas cosas a la vez. Aumentó la presión de los chorros de agua. Aumentó la potencia de las balas de goma. Motos de los grupos de élite de la Federal embistieron atropellando.
  • Es incierto el origen de una parte de los gases. Algunos manifestantes dicen haber visto que venían de arriba, como disparados desde edificios. Otros afirman haber detectado granadas especiales, que explotan con una fuerza mayor que un cartucho normal de gas lacrimógeno. 
  • El grueso de los detenidos no salió de los grupos violentos, fuesen profesionales o aficionados, anarquistas o embroncados. Las fuerzas de seguridad lograron su botín de arrestados recién luego de avanzar desde las vallas rumbo a Plaza de Mayo o a las calles laterales. Lo hicieron en forma de cacería, buscando atrapar más bien a los sueltos o a los que se habían quedado ayudando a otros. Es el caso de Sandoval. También el de Ayala. O el de Eva Luna, la chica de 26 años que narró lo que ayer publicó PáginaI12. “Yegua, ahora vas a ver lo que es el rigor”, le dijo un policía mientras la tiraba al piso, le pisaba las dos piernas y le doblaba los brazos para precintarla como a una encomienda.
  • Por simple ejercicio previo, los que tiran piedras se escapan más rápido. Así fue. El resto fue carne de arresto. 
  • En el discurso oficial, los militantes de organizaciones sociales y sindicales y los manifestantes políticos sin máscaras ni cascotes quedaron mezclados con los de máscara y cascote. Todos son los que cometieron “un atentado”, según dijo Mauricio Macri. O los que no deberían ser liberados, de acuerdo con la recomendación del fiscal Germán Moldes. 

Pinzas

Los manifestantes quedaron en medio de una maniobra de pinzas de las fuerzas de seguridad. A las cuatro de la tarde gases y escaramuzas llegaron hasta lejos del Congreso, en el monumento al Quijote de Nueve de Julio e Hipólito Yrigoyen donde dos horas antes la mayor molestia para las columnas sindicales de bancarios, obreros de la alimentación y encargados de edificios eran el sol blanco y los 33 grados de temperatura. 

La maniobra de pinzas terminó siendo política. Pareció invertirse la carga de la prueba. Como si las organizaciones que manifestaron contra el recorte a trabajadores en actividad, a receptores de pensiones y Asignación Universal por Hijo y a jubilados tuvieran que demostrar que no ejercen la acción directa violenta. 

En el fondo sobrevuela una novedad que los dirigentes sociales detectaron en los últimos meses. Textualmente: “Hay una actitud antipobre de las fuerzas de seguridad en los barrios del sur de la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano, y esta hostilidad está generando mucho odio”. 

Los docentes del conurbano consultados acordaron con esa interpretación. Marcharon contra los ataques generales y contra lo que en la jerga administrativa bonaerense los funcionarios llaman “armonización”. La palabra es amable. El objetivo no: consiste en poner en línea el funcionamiento del Instituto de Previsión Social por el sistema del Anses. Eso reduciría las jubilaciones docentes, que hoy son mayores a las de otros trabajadores. Sin embargo hay una diferencia de aportes. A los docentes les descuentan el 16 por ciento, no el 11 por ciento de su salario.  

“Además de perjudicarnos con lo sueldos quieren meternos miedo pero no lo van a conseguir”, dijo Anahí Ponce, profesora y a la vez estudiante de Ciencias de la Educación. 

El martes, ya con la noticia de la poda jubilatoria y de asignaciones aprobada horas antes, Anahí se subió a un micro que iba a La Plata a reclamar por los derechos jubilatorios. Lo frenaron después del peaje de Hudson y los hicieron bajar. Dos docentes se quedaron arriba “para que no nos plantaran nada”. La policía los puso contra el micro, en una línea, con bolsos y mochilas. Lo mismo a los pasajeros de otros dos micros. Cantaron el himno.

–¿Qué es? –le preguntaron a Anahí mientras le revisaban la mochila.

–Una campanita para tocar cumbia –contestó.

Mientras, al chofer le sacaron herramientas y el tenedor y el cuchillo que usaría para almorzar. 

–A la vuelta te lo devolvemos. 

Anahí, de 29 años, contó que de regreso el chofer pasó por el retén y no hubo devolución. También dijo que cantar el himno fue una forma de “canalizar la impotencia, porque no solo quieren desmovilizarnos sino que hace rato que vienen lastimando nuestros sentimientos, porque uno sale con el sindicato por los derechos de los docentes pero también por los chicos hostigados por la policía todos los días, y por Santiago Maldonado y Rafael Nahuel”.

Gonzalo Martinez

Eduardo López, dirigente de la Unión de Trabajadores de la Educación, dijo que el ánimo sigue “altísimo en los delegados, incluso entre los menores de 30 que no tienen experiencia de represión contra ellos”. Señaló: “Me dicen que luchar tiene sentido, y que si antes la Argentina salió de peores también va a salir de ésta”. 

Gustavo Muñoz, del MTL, Movimiento de Trabajadores para la Liberación, contó que su micro también fue parado camino a La Plata. 

–Estos elementos contundentes quedan acá –dijo un policía.

Tiró sobre el asfalto un martillo, un cuchillo para cortar hielo, un serruchito y tres tenedores.

–Comemos sandwiches. Usamos hielo para el jugo. Y los tenedores son del chofer. 

Los policías trajeron una bolsa con un candado adentro.

–En los colectivos suele haber algún candado. Y quizás llaves francesas. A lo mejor no las conocen. 

–Me estás tomando el pelo –dijo el oficial a cargo.

–No, vos a mí –respondió Muñoz.

Cuando llegaron a La Plata se enteraron de que en algunos medios de comunicación ya habían aparecido como “agresores”, el mismo adjetivo que América 24 prodigó a varios de los detenidos del lunes. 

No era la primera requisa. En Gaona habían pasado por otra junto a otros 19 colectivos que salieron de Merlo y Moreno, donde según Muñoz, secretario adjunto de la CTA de la zona, “hay un trabajo muy fuerte de todos, más allá de las diferencias, con el kirchnerismo, el Evita, la Ctep, las CTA y sectores de la CGT, una cosa que no se ve en todos lados”.

En el oeste siguieron marchando el viernes 22. Pero ya no por las jubilaciones sino pidiendo justicia por Zulema Soto, la vecina de localidad de Francisco Álvarez que el 16 de noviembre sufrió la invasión de uniformados que le robaron, la violaron, la torturaron y la dejaron inconsciente tras creer que la habían matado. La mujer descubrió que dos de los uniformados son policías de la comisaría primera de Moreno. 

“El mecanismo de meter miedo cada vez es más agresivo pero, a diferencia de otros momentos, la gente sale”, dijo Escobar, el profesor de Historia. “El lunes salió gente que nunca en su vida se había movilizado. Salieron los que tenían bronca por la represión de Gendarmería del jueves anterior. Aunque a veces nos tiremos abajo a nosotros mismos, la veo distinta. Hubo manifestaciones y en la noche del lunes las calles se llenaron de pibes con cacerolas. Capaz que soy muy positivo, ¿no? Pero es lo que veo y lo que pienso.”

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