LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL ESLOGAN

EDITORIAL 20/12/2017 Por
El estilo de vida de hoy no da tiempo para el discurso detallado y la información meticulosa. Por tanto el eslogan se impuso y presta su función
REVOLUCION

Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Los medios de prensa manipulan los datos y los comentarios en función de sus intereses -como siempre- pero también están afectados por tecnologías que permiten la comunicación instantánea.

Y a todo esto se suma un público conformado casi sin posbilidades de reversión a una forma de recibir breve y selectiva. Al punto tal que acepta de muy buen grado que su emisora de radio o canal de TV le dedique diez minutos al problema de selección del técnico de un equipo europeo de fútbol y 5 segundos a un golpe de estado en África o un tifón en el sudeste asiático que dejan saldos de miles de muertos.

Unos de los primeros que necesitan actuar dentro de semejante panorama son los políticos. Sean aquellos que tienen la posibilidad de modificarlos y lo hacen o los que no saben, no pueden, o se resisten a subirse a la ola.

El eslogan es lo que hay, entonces, y se impone, nos guste o no. Pero, como a los medicamentos, hay que usarlos con la debida prudencia. Porque tienen acción tanto inmediata como retardada y efectos secundarios.

“Pobreza cero”, “No vas a perder nada de lo que lograste”, “La revolución de la alegría”, “Sí, se puede”, “El problema de la inflación es el más fácil”, “Lluvia de inversiones”, ”Segundo semestre”, “Todos juntos”, Abrirse al mundo”....

Éstas fueron algunas de las expresiones que le permitieron a Mauricio Macri calzarse la banda presidencial y comenzar a transitar su mandato. Y a dos años de su asunción, parecen dispuestas a pasarle la factura.

La pobreza no se redujo y la indigencia creció, la lluvia de inversiones quedó en seco, la apertura al mundo tropezó con el cierre de mercados para el biodiesel argentino y una ola de importaciones de productos en muchos casos superfluos que destruyó la balanza comercial que para colmo no estaba en sus mejores momentos; a las conquistas logradas -jubilación universal, paritarias libres, leyes laborales diversas, se necesita tornarlas irreales e imposibles, para poder avasallarlas. La inflación -después de una disparada terrorífica hacia el cielo, mal se puede contener en los valores a los que antes se los consideraba un estallido. En suma el capital político del gobierno comenzó a desgastarse, y el proceso se acelera.

Como en toda presidencia, con el tiempo le suceden acontecimientos que están fuera de control. Y aunque los perjuicios que puedan causar a la sociedad no se pueden achacar a las autoridades, igual deterioran el humor social.

Otras cosas salen mal, y si en ellas hubo imprevisión o fallas en la visión estratégica del gobierno, todo empeora.

Las presuntas inversiones extranjeras, uno de los pilares en que se asentaba el optimismo del equipo económico, -bastante irresponsablemente digamos, porque pareciera haber sido la bala de plata, el único cartucho- brillan por su ausencia; la apertura al mundo se reveló como un bluff, porque los autos importados llegan y los limones apenas se pueden vender, produciéndose uno de los déficit más grandes del comercio exterior de que se tenga memoria. La reunión de la Organización Mundial de Comercio culminó sin haberse podido redactar siquiera un documento conjunto.

El segundo semestre no llegó nunca, y el tema se convirtió en un chiste; los efectivos de las fuerzas de seguridad aparecen por decenas o cientos para arrojarle gas pimienta en la cara a una diputada nacional; oscuros secretos militares dan lugar a las peores sospechas de manipulación en el drama de un submarino desaparecido sin rastros. Y surgen versiones de un posible ataque extranjero que se pretende disimular, sl mismo tiempo en que se trata ridículamente de asignar el armado de un complot extranacional a un desesperado intento de un pueblo originario de encontrar un lugar donde sobrevivir. Un pueblo que llora el asesinato por la espalda de uno de los suyos, además de la muerte -dudosa por decir lo menos- de otro argentino que tuvo compasión por ellos.

En resumen, el efecto publicitario de los eslóganes se está disipando y parece haber llegado la hora de la verdad. Y es difícil afrontarla sin conflictos.

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