LA GRAN "MITÓMANA" NACIONAL

Se descorre el velo de la finalidad última que contenía el Acuerdo de Entendimiento con Irán
cristinabanda

Cuando un niño miente, primero se le enseña que mentir está mal, que lo correcto es decir siempre la verdad. Cuando un niño miente reiteradamente, pese a que se lo educó en la verdad, se le impone algún tipo de castigo que no configure una agresión física, pero que sea un castigo que lo invite a reflexionar sobre la conveniencia de actuar de manera correcta. Ahora bien, cuando la mentira se vuelve patológica, cuando afecta su conducta y la de quienes lo rodean, es hora de pensar en que ese niño está cursando algún tipo de conflicto que supera a los padres y educadores y entonces se debe sopesar la posibilidad de recurrir a la ayuda de un especialista, preferentemente de un psicólogo o de un psicopedagogo que son quienes están mejor preparados para obtener un diagnostico preciso sobre los por qué de ese tipo de conducta, desentrañar las razones y aconsejar los caminos más idóneos a tomar.

Pero, ¿qué pasa cuando la mentira proviene de una persona adulta?, ¿qué sucede cuando el mentiroso es un individuo que ha desarrollado la mitomanía como conducta durante toda su vida?, y, finalmente, ¿cómo posicionarse frente a la mentira proveniente de personas con una amplia llegada popular, con sujetos que ostentan altos cargos dentro de la función pública o son los referentes políticos más encumbrados de una Nación?

Acá, los medios a seguir cambian drásticamente, por que un adulto, cuando miente, está evidenciando un aspecto de su personalidad que se encuentra demasiado arraigado como para corregirlo. Si además, esa conducta se muestra en quien ha tenido, tiene o aspira a tener una posición social que conlleve un cierto grado de responsabilidad que traspase los límites de lo privado y de lo familiar, para insertarse dentro de la vida pública de una sociedad, la terapéutica convencional no dará ningún resultado, puesto que la falsedad que supone la mentira forma parte, al menos en política, de la estrategia que se traza conductualmente para lograr un determinado resultado.

Siendo así, sólo el escarnio social, el señalamiento, la puesta en evidencia del dirigente o del político, y, por sobre todo, la quita de adhesiones configuran, en el mejor de los casos, el único correctivo posible a aplicar, cuando no la única manera de quitarle efectividad en el plano público, ya que puede seguir mintiendo todo lo que quiera, pero esa mentira no va a causar daño alguno si no cuenta con poder para hacerlo.

Hay personas, que por más que se dan perfecta cuenta que todo su discurso, tanto público como privado, está basado en una gran mentira o en la concatenación de una serie de ellas, no son capaces de operar un cambio positivo que se encamine a mejorar ese aspecto. También, y es necesario puntualizarlo, existen individuos a los que la mentira se les hace “carne”, es decir que no pueden diferenciar cuándo, en qué momento, o los por qué comenzaron a mentir, y hasta están aquellos a los que les resulta absolutamente imposible apartarse de su discurso mitómano.

Lamentablemente para toda la sociedad argentina, la larga experiencia de doce años en el Poder de administración kirchnerista estuvo encabezado por una una cúpula de políticos mentirosos, algunos por temor a las represalias que poner la verdad en evidencia les podría acarrear, otros por el simple hecho de que la mentira les resultaba muy beneficiosa para sus bolsillos, y por último, y acá radicó la más grande desgracia de ese período, se ubican quienes creyeron en sus propias mentiras que, como una burla del destino de los habitantes del país, fueron los que ostentaron los cargos más altos y de mayor responsabilidad política y social.

De esta manera, a los argentinos se nos mintió con los índices de desocupación, de pobreza, de indigencia. Se nos mintió también en cuanto a los nobles propósitos que el relato “Nac & Pop” tenía para el proyecto de país que intentaron desarrollar. La mentira llegó a límites de grotesco, cuando nos pudimos dar cuenta que la única y última finalidad de la cúpula kirchnerista era el sistemático plan de apropiación de los fondos provenientes de las arcas públicas, lo que significó, para decirlo de la manera más clara posible, quedarse con el dinero de todos los ciudadanos.

Asimismo, para agregarle un poco más de dramatismo a esa etapa de nuestra historia reciente, todo lleva a pensar en que la persona que ostentaba la Primera Magistratura de la Nación, quien se hacía anunciar como la Presidenta “de todos y de todas”, también cumplía el rol de “jefa” de una asociación ilícita que tenía como finalidad la puesta en funcionamiento y concreción efectiva de ese plan sistemático señalado en el párrafo anterior.

Pero no existe mentira que dure demasiado tiempo, y muchos menos en política. Con cada investigación abierta en la justicia, con cada causa iniciada en contra de los ex funcionarios del régimen “K”, con cada detención de empresarios y políticos que se beneficiaron en grande durante los tres períodos de gobiernos kirchneristas, la ciudadanía pensante corrobora todo aquello que muy pocos se animaban a ventilar públicamente.

Día a día se van sumando nuevas pruebas en contra de la mentira mayor que hubo en el país desde 2003 y hasta diciembre de 2015. Esa mentira mayor se llamo “Cristina Fernández de Kirchner”.

Y si sostengo que la ex Presidenta configuró la más grande mentira de todo un régimen que estuvo doce años en el Poder, no puedo dejar de señalar que hoy se conoció un nuevo capítulo de toda esa falacia que representó el “Acuerdo de Entendimiento”, suscripto entre la Argentina y la República Islámica de Irán. Finalmente, en carta firmada por el ministro de Relaciones Exteriores iraní dirigida a su par argentino, el funcionario reconoce que el citado acuerdo llevaba una cláusula por la que la entonces administración kirchnerista se comprometía a solicitar a Interpol el levantamiento de las “Cédulas Rojas” que pesaban sobre altos funcionarios de aquél país por considerarlos intelectual y materialmente responsables del atentado terrorista a la AMIA. Vale decir, a esta altura, que la actual Senadora Nacional por la Provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández de Kirchner, sostuvo siempre que esa cláusula era inexistente, así como también decir que ese compromiso fue la base por la que el fallecido fiscal Alberto Nisman la denunció junto con otros ex funcionarios de su gobierno, que hoy se encuentran detenidos con prisión preventiva o procesados, como que sobre ella misma pende la solicitud hecha por el Juez Claudio Bonadio para su desafuero y posterior detención.

Es muy saludable que todas estas mentiras vayan saliendo a la luz pública, ya que será de esta manera como se podrá conocer los arteros objetivos que el kirchnerismo tuvo siempre en su mira, por una parte, y, por la otra, para que sirvan como ejemplo de hasta qué punto la corrupción del poder puede llegar, teniendo muy en claro que la confirmación de esa cláusula es el elemento fundamental para la probanza de uno de los ilícitos más aberrantes y vergonzantes que se pueden cometer desde la función pública: “la traición a la Patria”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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