"COREA DEL CENTRO" NO EXISTE

Invento de un periodismo argentino mediocre
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Casi 24 años de impunidad; 85 muertos; cientos de familias argentinas destrozadas; un Fiscal Especial fallecido en circunstancias que lo colocan casi en el primer caso de verdadero “magnicidio” en la historia nacional; un acuerdo de entendimiento con el sello más categórico de la corrupción del sistema que reinó durante los 12 años de administración kirchnerista.

Los números son fríos, no reflejan absolutamente nada por sí mismos. Sin embargo, si se los coloca en el contexto adecuado, son lanzas que perforan todo nuestro andamiaje social y jurídico.

Estos números hablan de sufrimientos, de injusticias, de una sociedad con muchas más preguntas que respuestas.

Argentina es un país demasiado característico en muchos más aspectos negativos de los que nos gustaría admitir, pero, como dice Joan Manuel Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Hago esta cita, porque los argentinos solemos vanagloriarnos por conquistas insignificantes, logros deportivos que, a la larga, sólo suponen el esfuerzo de unos pocos y que, no reflejan una realidad que nos duele y mucho, sino que mitigan, por un rato, las angustias cotidianas. Sin embargo, esa caracterización del país también se ve reflejada en aspectos que nunca son motivo de alegría, más bien suponen un pesada carga con la que debemos transitar a lo largo de toda nuestra existencia.

Ser argentino muchas veces duele. Y duele porque comprobamos que las cosas no son como deberían ser. Que hay demasiadas injusticias, que hay mucho abuso en la interpretación de los derechos, que ante un hecho real se contraponen cientos de opiniones que critican hasta los detalles más mínimos e intrascendentes.

Si queremos obtener una muestra, lo más acabada posible, de todo esto a lo que me estoy refiriendo, nada mejor que hacerlo con las ordenes emanadas del juez federal Claudio Bonadio, que terminaron en las detenciones, procesamientos y pedidos de desafuero para con los supuestos responsables de uno de los delitos más aberrantes que contiene nuestro ordenamiento jurídico: el de “traición a la Patria”, y, concidentemente, teniendo como motivo el encubrimiento del atentado terrorista más sanguinario que se haya perpetrado en los 200 años de historia institucional del país. Y es que, ante el cumplimiento de los actos procesales ordenados por la justicia, son más las voces que intentan buscarle y encontrarle el “pelo al huevo”, que hablan de una desmedida acción jurisdiccional, de apresuramientos, de atropello a derechos particulares sujetados con la “saliva” de interpretaciones legales de juristas de “medio pelo” o, directamente, de neófitos comunicadores sociales sin ningún asesoramiento y con nula preparación para el comentario, que aquellas que reflejan el regocijo por una institución judicial que, finalmente, ha dado un paso importantísimo que podría revelar hasta dónde es capaz de llegar un grupo de personas cuando se conjuga en ellas un enorme poder político con una cuota de inmoralidad tan despreciable de todo aquello que tenga que ver con la legalidad como grande es su inclinación para la comisión de cualquier tipo de ilícito que les asegure una jugosa entrada de dinero.

Así, los medios de comunicación más prestigiosos del país, como también aquellos que hoy se encuentran con el peligro de ver sus fuentes de trabajo en “bancarrota” por obra y acción de empresarios ajenos a las Ciencias de las Comunicaciones Sociales, pero muy cercanos a todo lo que tiene demasiado olor a corrupción “K”, centran criticas en las formas sin hacer un juicio de valor sobre el fondo de la cuestión que, en definitiva, es lo que más debería importar.

Con esto no quiero significar que “los fines justifican los medios”, por que eso iría en contra de todas mis convicciones; pero tampoco quiero pecar de un falsa y distorsionadora visión de la realidad argentina, pensando que acá, para que se produzca un hecho trascendente, puntualmente en lo que a una causa judicial de esta naturaleza se refiere, debe ser hecho con la pulcritud que se puede apreciar en sociedades que llevan muchísimo más tiempo que la nuestra en la senda de la más absoluta e inmaculada formalidad jurídica.

Y, como si esto fuera poco, también tenemos esa rara especie de periodismo vernáculo, tan en línea con esa característica a la que hacía mención en los párrafos iniciales de esta nota, que ahora se da en llamarse “Corea del Centro”, en clara alusión a una postura de opinión, tan intermedia como ilusoria e inexistente en la realidad. Se trata de comunicadores sociales que intentan quedar bien con “Dios y con el diablo”. Y en periodismo esto configura uno de los más gruesos errores. Resulta inadmisible intentar pararse en una posición intermedia, cuando sólo existen extremos. Y, en lo que a derecho se refiere, un delito, un acto ilícito, puede contener atenuantes o agravantes, pero nunca deja de ser un acto que va en contra del ordenamiento jurídico establecido. Por eso no cuadra ubicarse en un punto dónde se considere que algo es decididamente delictuoso pero no tanto como para configurar un hecho antijurídico. O es delito o no lo es. O encaja perfectamente dentro de la tipificación o, directamente, no está contemplado como tal. Así de simple, así de claro.

En este país son demasiados los problemas que aquejan a la sociedad en general, como para que, por añadidura, haya que soportar la mediocridad de la critica destructiva que realizan los inescrupulosos de siempre, con el indudable afán de obtener sus “5 minutos de fama”.

Es hora de que la sociedad toda, desde los estamentos más altos del poder hasta las bases más simples y humildes, comiencen a transitar por el camino de un verdadero sinceramiento. Ya es tiempo de que todos los sectores del quehacer nacional realicen un giro fundamental en la manera de ver y tratar los grandes y urgentes problemas que nos aquejan a todos, en mayor o menor medida, y que va a ser la única manera de encontrar un punto de partida, firme y estable, para enfrentar el desafío del “cambio” que tanto necesitamos.

El atentado a la AMIA es un hecho incuestionable y real; los 85 muertos son argentinos que ya no están más entre nosotros; el dolor de sus familias es también una realidad; la perplejidad de la sociedad argentina ante tamaña tragedia no es un engaño de los sentidos; el “magnicidio” del fiscal Alberto Nisman cobra cada día más fuerza; el acuerdo de entendimiento con la República Islámica de Irán existió y su finalidad fue el encubrimiento de los autores materiales e intelectuales de una masacre que enlutó a todo el país; el clamor de justicia es un grito desgarrador que se viene sintiendo desde hace más casi 24 años. “Corea del Centro” no existe, no es real. Es, en todo caso, la ficción de unos pocos con una muy sesgada y particular forma de analizar los hechos más brutales de un país que intenta ponerse de pié.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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