LIBERALISMO EXITOSO = FRACASO ASEGURADO

EDITORIAL 11/12/2017 Por
Endeudados hasta el tuétano los argentinos siguen esperanzados en un futuro bienestar. La izquierda advierte que vamos mal, y ahora la derecha también. Para estos últimos los ajustes macristas son una gota en el océano
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Hay veces en que el crédito ayuda a emerger económicamente. La compra de la vivienda mediante un préstamo es uno de los mejores ejemplos, porque -según las condiciones en que se lo tome- nos librará de la gravosa carga del alquiler una vez que terminemos con la deuda.

Pero no siempre es así de virtuosa la ecuación costo-beneficio porque a las deudas hay que pagarlas, y esto nos condiciona. En la Argentina tuvimos el ejemplo de la famosa circular 1050 del Banco Central, que habilitaba operaciones hipotecarios que se tornaron confiscatorias.

Ahora mucha gente se lanzó con avidez a la toma de los nuevos préstamos para la vivienda, cuyos montos son ajustables y crean un futuro incierto. Muchas familias se entusiasmaron con la posibilidad del techo propio, y no le dieron mayor importancia a las cláusulas de ajuste, principalmente porque se les aseguraba que se iba a terminar con la inflación, y por lo tanto la cuota se mantendría poco menos que invariable. La realidad se

impuso y hoy los prestatarios se enfrentan a aumentos importantes de la cuota y/o al crecimiento indefinido del número de mensualidades.

La moraleja es que aunque la deuda nos permite llevar adelante proyectos que serían imposibles de otro modo, nos condiciona en mayor o menor medida. Y ese condicionamiento pone un límite a nuestra autonomía.

En el caso de la deuda externa Argentina hay pérdida de decisión en cuanto a la marcha de la economía, necesidad de acceder a requerimientos de los prestamistas extranjeros y un sufrimiento de los sectores sociales menos favorecidos.

Y esto se puede expresar en términos muy conocidos: se agravia la independencia económica y la soberanía política, a la vez que se atenta contra la justicia social.

Y esas no son otras que las tres banderas que constituyen la médula de la doctrina peronista.

Al liberalismo,que es internacionalista, no le preocupan casi nada las dos primeras. Y sus concepciones respecto de la tercera pasan muy lejos de la necesidad de una fuerte acción social para lograr esa justicia. No es de extrañar entonces que nada se haya resaltado en los medios adictos al gobierno, que son casi todos, acerca de este costado de los compromisos contraídos.

Quienes bucean en las cuentas públicas no pueden menos de advertir que la Argentina se encuentra en un estado de insolvencia total. Que no tiene con qué pagar el desbalance entre las importaciones y las exportaciones y que menos tiene para hacer frente a los compromisos que impone la deuda en cuanto a los intereses.

Para colmo, a diferencia de lo que ocurre con la vivienda, a la que se puede aplicar lo que se ahorra en alquiler, estos préstamos externos en los que continúa incurriendo el estado nacional, los provinciales y hasta los municipales, se diluyen en los sueldos y otros gastos corrientes. Y entonces el dinero prestado se evapora: la casa que imaginábamos tener no era más que una quimera, una ilusión que desaparece, en tanto las obligaciones son reales y asfixiantes.

Esto irrita a los liberales, porque a nadie que estudie los datos puede escapársele que la nación está subida a un tren que marcha rumbo al desastre. Su propuesta se resume en que en vez de pagar con dinero que no se tiene, se supriman los gastos.

La concepción liberal es que el Estado es innecesario, y por lo tanto sus empleados también. No importa qué hacen; seguramente se trata de algo que muy bien puede asumir la actividad privada si se le dan las condiciones apropiadas. Entonces despidámoslos sin detenernos

demasiado en el proyecto en el que se desempeña cada uno. Total en el imaginario popular el empleado público es el burócrata vago que nos atiende de mala gana cuando llegamos a su ventanilla o su escritorio. La única protesta a escucharse será la de los afectados.

El sistema previsional es otra enorme fuente de ahorro a la que le echan el ojo quienes procuran un ajuste que ponga en caja el pretendido dispendio. Que las familias se hagan cargo de sus ancianos, y a otra cosa. Y en defensa de tal iniquidad aparece el argumento de aquellos que lograron el beneficio a través de las moratorias, y que nunca aportaron al sistema.

Esta lógica encuentra eco en una buena porción de la sociedad. Pero las medidas drásticas de recorte que propugna el sector ultraliberal para ejecutar de un solo golpe no son vistas como inocuas por el gobierno, que teme que pueden perjudicarlo en materia electoral. Y entonces, sin disentir en el fondo de la cuestión considera más pertinente ir de a poco.

Por lo tanto desarrolló una fórmula para recortar el salario real de los jubilados en un diez por ciento, inicialmente, y en deshacerse de una masa de aproximadamente 20 mil empleados públicos.

Ya se sabe, por las contundentes lecciones que nos da la historia, que este tipo de ajustes no resuelve el déficit

fiscal, se haga todo de una vez o de a poco. Simplemente porque produce recesión y con ella la baja de la recaudación fiscal. Pero siempre hay quienes desde el gobierno ven la situación actual como diferente de las anteriores e intentan aplicar con éxito la misma receta que fracasó tantas veces.

Y todo indica que la historia volverá a repetirse.

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