LA REPUBLIQUETA LIMONERA

EDITORIAL 10/12/2017 Por
El peligroso camino que transitan las instituciones en la Argentina puede satisfacer mezquinos intereses hoy, pero volverse contra sus actores mañana. En tanto, los verdaderos problemas del país se agravan, y no se podrá distraer de ellos a la población por mucho tiempo más
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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En la prensa oficialista, y hasta en la opoficialista, ya se habla y se escribe sobre Nisman dando por sentado que murió asesinado. Para afirmarlo como un hecho indubitable no hace falta ni que la justicia modifique la carátula. Fue suficiente un montaje burdamente trucho, encargado a la gendarmería, con resultado definido a priori. Como no podía ser de otra manera, el peritaje concluyó con un dictamen que ya todo el país conocía de antemano.

Ahora está pasando algo similar con la historia del famoso memorando. El juez Rafecas y otros varios más desestimaron la disparatada denuncia de Nisman, que no tiene ni pies ni cabeza, por muchas razones. No importa, hay que salir a congratularse por las descabelladas medidas de un juez que habiendo sido separado de una causa relacionada por evidente animosidad, se recicla ahora y conmueve a un país que enfrenta muy serios problemas por la aplicación de políticas apuntadas a facilitar el saqueo de sus riquezas.

Ese es el clima creado para disimular la profundidad y la negrura del pozo creado por la incapacidad -por no decir la intención de ocultar- del gobierno para dar una explicación aceptable de lo sucedido con el submarino ARA San Juan, y una inflación que se alimenta a pesar de que el remedio administrado para detenerla -la suba de las tasas- no mostró eficacia alguna. Más aún, creó otros problemas tanto o más serios.

En medio de este panorama aparece en Infobae un artículo de Dardo Gasparré, en el que, muy suelto de cuerpo se permite decir “Que el Memorándum con Irán fue una patraña urdida por la nación persa para liberar de la captura internacional a sus funcionarios sospechados está fuera de discusión”.

Uno -perplejo- se pregunta si los persas son tan tontos o tan veletas como para armar un esquema semejante, un principio de acuerdo internacional con participación de las legislaturas de ambas naciones y luego desecharlo sin mucho trámite.

Gasparré aprovecha para deslizar que “Tampoco es aconsejable mantener la esperanza de que los montos siderales que supuestamente se han sustraído de las arcas de la nación serán encontrados, incautados y restituidos a la sociedad”.

Pero, qué puede pedirse a un periodista de ultraderecha con un grado de exaltación que hace saltar hasta los gorilómetros de escala aextendida, cuando el largo dictamen del juez Bonadío aclara que si bien no se advierte delito en la causa, sí podría sospecharse de su existencia. O sea que ya no estamos juzgando delitos sino sospechas de presuntos actos ilícitos.

Y las “pruebas” que dan lugar a encarcelar a un montón de gente -y de paso cuestionar a Rafecas por su velocidad en desestimar la denuncia- consisten en un articulo de un periodista llamado Eliaschev, donde cuenta que se habrían producido algunas reuniones entre funcionarios argentinos, sirios e iraníes en las cuales habrían conversado sobre algo que ese periodista ignora porque obviamente no participó. Y además esas reuniones ni siquiera parecen haber existido.

A eso se agregan algunas escuchas ilegales de las que nada puede deducirse.

No menos disparatada es la interpretación necesaria para poder encuadrar la situación en el delito de traición a la patria. Para esto fue necesario asimilar los atentados a la embajada de Israel y la sede de la AMIA a una guerra. Lo singular de este armado es que como nunca los atentados fueron aclarados, la atribución a Iran de haber desatado una guerra es totalmente arbitraria, más allá de la presunción de que algunos ciudadanos y diplomáticos iraníes podrían estar involucrados.

Forzando al extremos los hechos, la acusación llega a imaginar que la Argentina pidió levantar las llamadas alertas rojas -esto es las disposiciones que permitirían a Interpol detener a los acusados- a pesar de que el mismo jefe de esa organización de policía internacional, Ronald Noble, expresó categóricamente que nada de eso ocurrió.

Para el conocido analista Raúl “Tuni” Kollman, Bonadío prácticamente dice en su escrito que Noble encubrió a Timerman, en esa materia, lo cual lleva el dislate a su máxima expresión.

En fin, estamos asistiendo a una verdadera demolición del estado de derecho. Esto puede servir a la venganza que siempre alentaron los enemigos del kirchnerismo, pero puede volverse como un bumerán sobre los actuales funcionarios, llegado el momento.

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