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El "reality show" de la política argentina
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Los legisladores nacionales, electos en los pasados comicios del mes de octubre, acaban de jurar sus cargos la semana pasada en una ceremonia cargada de tanto protocolo que, para hacerse una idea de ello, sólo basta con recordar que el ex Presidente Carlos Saúl Menem, que volvió otra vez a posar su mano sobre los Santos Evangelios, pese a tener sobre su cabeza dos graves condenas judiciales privativas de la libertad, y que penden para su efectivización de un finísimo hilo leguleyo, también fue el encargado de izar en el hemiciclo de la Cámara Alta nuestra enseña patria por ser el legislador que ostenta el “gran honor (?)” de ser el de mayor edad. Como si la longevidad y los años le imprimiera a su cargo un estatus diferente que el que las sentencias procesales le imponen a su persona.

Esto es nada más que una muestra de la hipocresía que campea por todo el amplio abanico de nuestra clase política nacional, sobre todo en esos personajes que, de una forma u otra, siempre consiguen estar en la “cresta de la ola”.

Por supuesto que hay buenos políticos, que también son buenas personas, y que, tanto en la vida pública como en la privada, dan ejemplo con su impecable trayectoria. Pero, lamentablemente, para este mundillo político de hoy, más parecido a los entretelones faranduleros del más escandaloso de los “reality show” que a los nobles fines que su misión debería ocupar, lo sobresaliente es el escandalo y la bajeza.

La política argentina, especialmente en lo que hace al ámbito en el que se desenvuelven quienes consiguen una representación ciudadana en las grandes decisiones que rigen los destinos de millones de personas, se ha convertido en un aquelarre de vanidades mezquinas, que muchas veces llegan a rozar lo cómico y grotesco, si no fuera que se trata de la única manera con que cuenta la población para aspirar a una sociedad más justa e igualitaria.

Como decía al comienzo, los legisladores electos ya pronunciaron su juramento de práctica que, en este tipo de “reality” vendría a hacer las veces de la gran entrada en escena. Ahora llega el momento de comenzar a mostrar las intimidades, los “trapitos sucios” que cada uno de estos protagonistas acarrea. En este sentido, ya se puede vislumbrar que la convivencia entre ellos no estará exenta de ese costado “vedetista” que a muchos les gusta mostrar. Así lo pone de manifiesto una resolución tomada desde la Presidencia de la Cámara de Diputados, conocida en las últimas horas, y que da cuenta que se le aplicarán multas a quienes no entreguen las llaves de sus oficinas.

Ciertamente, cuesta creer hasta qué punto los egos personales pueden tener semejante protagonismo, como para dejar de lado los hechos trascendentales de la función legislativa y trasladarse hacia lugares tan miserables como la puja por ocupar tal o cual lugar físico dentro del Palacio Legislativo.

Esto pone de manifiesto, comparaciones aparte, el bajo vuelo que desde hace bastante tiempo viene evidenciando un importante sector de la dirigencia política argentina, que gasta su tiempo proponiendo una pelea franca por la satisfacción personal de ambiciones particulares, alejadas de todo lo que significa la alta representación con la que la ciudadanía los ha consagrado, y deja de lado los temas importantes que hacen a la elaboración de las normas que deberían suponer el cometido principal por el que ocupan una banca en el Congreso de la Nación.

A veces, solamente basta con poder vislumbrar pequeños episodios, casi sin importancia, banales si se quiere, para entender el por qué de tantos males que aquejan a nuestra sociedad.

Los políticos, especialmente aquellos que ocupan cargo de envergadura en la función pública por que han sido designados para ello por alguna autoridad electa, o los que directamente están en un lugar preponderante de cualquiera de los Poderes del Estado por haber resultado favorecidos por el voto de la ciudadanía, tienen que contemplar, en cada uno de sus actos, tanto públicos como privados, una conducta acorde al lugar y a la responsabilidad que se les confirió.

Resulta absolutamente perjudicial tener que gastar bromas, hacer comentarios o producir análisis sobre hechos que no guardan una relación directa con la vida institucional de la República, pero que demuestran cuán soliviantado se encuentra un gran sector de nuestra sociedad que dice responder a los más altos intereses de los habitantes de la Nación, pero que se comporta de manera totalmente opuesta a esos dichos.

Obviamente que en cualquier ámbito donde se desarrolle alguna tarea que implique una interrelación permanente de actividades y de voluntades van a surgir conflictos entre las personas, y que para ello debe existir un orden estricto a cumplir, sin el cual toda la labor se sumiría en el caos total. Pero, tener que aplicar sanciones por cuestiones tan menores, cuestiones que sólo demuestran, a la vez que confirman, que la mira de estos señores está puesta más en sus mezquinas ambiciones y en los aparentes destellos que un cargo o una función les puede otorgar, y no en los grandes y urgentes temas que la ciudadanía necesita que se resuelvan o, al menos, que se los comience a tratar con la debida seriedad, indica lo distante que muchos legisladores están de esa ciudadanía una vez que obtuvieron el aval de sus voluntades. Distancia que, cíclicamente se acorta, disminuye y se intenta hacer desaparecer cuando se embarcan en una nueva contienda electoral, con un fuerza y una responsabilidad que únicamente demuestran en esas lides, pero que desentona con la labor desempeñada durante el tiempo en que se sintieron “dueños” y no inquilinos” del cargo que ocupan.

Esto, que en cualquier país normal debería ser una lección a aprender para la clase política, en el nuestro configura todo lo contrario. La lección la debemos aprender los ciudadanos, y asumir responsablemente el lugar preponderante que nos toca como los verdaderos “productores” de esa clase política en quienes delegamos el poder deliberativo que tiene, como objetivo principal, encontrar las mejores y más sabias soluciones de nuestros pesares sociales.

Solamente, de esta última forma, vamos a poder consagrar en la cúspide que supone la pirámide del Poder a personas que dejen de pensar en sus “15 minutos de fama”, y se pongan a trabar en serio por la grandeza de los habitantes de este país. Mientras esto suceda, tendremos que seguir sintiendo vergüenza por haber creído, una vez más, en personajes más cercanos al estrellato y al escándalo de la farándula que al bronce que supone el trabajo en beneficio de la sociedad en general.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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