Inflación: David no puede pelear solo contra Goliat

ECONOMÍA 04/12/2017 Por
Una premisa básica en la formulación de políticas macroeconómicas es tener al menos un instrumento de control por cada objetivo planteado
3d1.jpg_258117318

La misma está fundamentada en la necesidad de evaluar la efectividad de la herramienta elegida frente al objetivo de política propuesto. El problema deviene cuando existen externalidades tanto en la postulación de las metas como en la efectividad del artefacto elegido. En otros términos, qué pasa cuando Goliat es más fuerte de lo previsto, o cuando David, abandonado a su suerte y encarnizado en derrotarlo, está acogotando a todos con la gomera.

La inflación es el impuesto más injusto. La base imponible del mismo son los salarios y las utilidades nominales. Las alícuotas aplicadas son inversamente proporcionales al poder de negociación de mercado de los agentes económicos.

En ese sentido, los asalariados en negro están entre los que más pagan, seguidos por las pymes y las economías regionales. Las grandes empresas con posiciones dominantes tributan una alícuota más baja. No es casual que la diferencia entre lo recibido por los productores y lo pagado por los consumidores se amplíe en épocas de inflación. Tampoco que los balances de las firmas empeoren de manera inversa a su tamaño. Los pobres son quienes más sufren su flagelo aunque no son los únicos. La dominancia fiscal sobre la política monetaria tiende a cobrar el tributo inflacionario de manera dispar. Por ese motivo esta opción de financiamiento del gasto público ha sido abandonada en la mayoría de los países.

Por otra parte, la persistencia de este flagelo induce a una reforma tributaria endógena inflando la base imponible de otros tributos. Al no aumentar los mínimos no imponibles o al mantener las deducciones por debajo del nivel de precios, además de la suba de los valores nominales de los activos, propiedades y automóviles, aumenta la recaudación real de otros tributos. Lo mismo ocurre con las subas salariales brutas y la firma de contratos, las negociaciones tienden a dilatarse por la carga de los tributos involucrados. En ese contexto, la situación se complica aún más dada la poca profundidad de los mercados de crédito, el limitado acceso y las condiciones financieras hostiles, demorando el surgimiento de nuevos empresarios con proyectos de largo plazo.

En una economía con políticas fiscales consistentes, abierta al comercio internacional y con mercados competitivos, los precios domésticos tienden a nivelarse con los del resto del mundo. La dinámica del comportamiento de los mismos es la resultante agregada de lo que ocurre en los mercados de bienes y servicios. Cuando los aumentos son generalizados persiste la decisión de los oferentes y/o de los intermediarios en la cadena comercial de subir los valores de las mercancías frente a la demanda adicional en lugar de invertir para aumentar las cantidades ofertadas. En la mayoría de los países esto generalmente ocurre cuando el output gap es muy limitado. Es decir cuando no existe capacidad instalada ociosa o el mercado laboral pone presión sobre los salarios. En ese sentido, el control de la inflación no resulta hoy un problema para los países desarrollados y es un tema resuelto en las economías en desarrollo.

Combatir la pobreza y derrotar la inflación son dos objetivos ineludibles de nuestra sociedad. La construcción de un país con más oportunidades, especialmente para los más humildes y los jóvenes, requiere de un gran esfuerzo compartido. Israel dejó en manos de un joven el combate contra sus enemigos. David tuvo la capacidad de derrotar a Goliat sin arriesgar a su pueblo. Sin embargo, en un país con una fuerte tradición e inercia inflacionaria, esta batalla no puede ser encarada sólo por un organismo gubernamental y la única forma de reducir los efectos no deseados del combate "Goliatiano" es la coordinación de políticas macroeconómicas.

La inversión y la creación de empleo privado de calidad son el único antídoto contra la pobreza. El crecimiento económico requiere de un nivel de solvencia fiscal que permita a las familias y las empresas desarrollar plenamente sus capacidades aumentando de manera sostenida la productividad. La persistencia de la dinámica inflacionaria crea fricciones y distrae la atención de las empresas. La planificación de los gastos de capital y la contratación de empleo adicional por parte de las firmas requiere de un compromiso mayúsculo. No se puede abandonar a David jugado a la suerte de tamaña empresa.

Víctor Peirone, Doctor en Economía (UBA)

Fuente: Cronista

Te puede interesar