EL ÚLTIMO MENSAJE DEL ARA SAN JUAN

Comprender la magnitud de esta tragedia y encarar los cambios necesarios para que no vuelva a ocurrir algo similar es el más grande homenaje a los 44 héroes del submarino
MENSAJE EN BOTELLA

El país y la comunidad internacional estuvieron en vilo durante 15 días, pero, lo más doloroso es lo que les tocó a los familiares de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, ya que el capítulo que se inició en sus vidas el 15 de noviembre pasado no culmina con el anuncio realizado ayer por el vocero de la Armada Argentina, Capitán de navío Enrique Balbi, sino que ahora deberán comenzar a elaborar su duelo, un duelo al que se le podría haber ahorrado estas dos semanas de agonía, puesto que, si bien todo el incidente con el navío de guerra y la dotación de hombres que en el iban está inmerso en una gran nebulosa denominada “Secreto de Estado”, a la opinión pública no se le escapa que lo que ayer se anunció era algo que se sabía desde el mismo momento en que el submarino perdió contacto con su base.

La aceptación de la ayuda internacional, el mantenimiento del hermetismo, la divulgación de datos de manera fragmentada y a cuenta gotas, fue sólo la justificación para la puesta en marcha del llamado “Protocolo SAR”, que no buscaba encontrar sobrevivientes, sino, muy por el contrario, guardar las formas y cuidar las responsabilidades que de seguro se le van a reclamar a las jerarquías de esa Fuerza Naval.

Resulta inexplicable, a todas luces, el trabajo que se realizó en el barco de bandera noruega Sophie Siem durante más de una semana, a los fines de adaptarlo para transportar al mini submarino estadounidense, trabajos que requirieron de un enorme esfuerzo, laborando a destajo, casi sin descanso y al coste de una inmensa erogación de dinero, para que este buque zarpe y pegue la vuelta dos días después, teniendo en cuenta que tan solo llegar hasta la zona donde se presume que el ARA San Juan podría estar hundido insume más de 24 horas de navegación.

Lamentablemente, como en tantas otras oportunidades, todo indica que en vez de dedicar toda la logística necesaria para minimizar el riesgo de que accidentes de esta naturaleza vuelvan a ocurrir, la Armada Argentina montó, en este caso particular, una espectacular puesta en escena a los fines de que la potencias marítimas mundiales pudieran experimentar en un caso real aquello que durante años vienen haciendo sólo en sus laboratorios.

Con esa manera tan particular y rígida que caracteriza a los hombres de armas, esa especie de élite de la sociedad que se niega a adaptarse a los requerimientos de un mundo informatizado y globalizado, en el que no existen noticias que se puedan guardar por demasiado tiempo en el más absoluto de los secretos, los altos mandos de nuestra Armada Nacional no tuvieron en cuenta, para nada, los sentimientos de los familiares que jamás van a poder llorar del todo la pérdida de sus seres queridos. Y lo que es peor aún, mantuvieron en esas familias una llama de esperanza que sabían, desde el mismo momento en que se produjo el siniestro, que se había extinguido inmediatamente.

Si bien todo este análisis es meramente especulativo, es sólo cuestión de atar cabos para llegar a una conclusión similar: informaciones oficiales que se dan a medias, usando palabras que, en la mayoría de los casos fueron un “ni”, nunca una afirmación o una negación rotunda; partes dados de manera diaria, en los que, a medida que se sucedían las jornadas, se iba agregando un nuevo dato, resultando que ese dato no se había producido en el transcurso de un parte y otro, sino que se trataba, solamente, de la divulgación de precisiones conocidas desde el mismo momento de la activación de los protocolos navales de búsqueda, salvamento y rescate; filtraciones de fuentes “off the record”, que adelantaban el triste comunicado hecho ayer por la noche. Es más, para ponerle un poco más de seriedad y enfatizar de forma profunda y concienzuda todo el análisis que estoy realizando, me remito a un dato por demás concreto y concluyente: ni bien el vocero oficial de la Armada comunicó que se daba por concluida la etapa de recate de la tripulación del ARA San Juan, nos enterábamos que el equipo enviado por los Estados Unidos “pegaba la vuelta” y se retiraba del operativo. Toda una señal, si se quiere leer entre líneas, de que ya habían finalizado con el trabajo que los hizo llegar primero a Puerto Madryn y después hasta el límite del talud continental, es decir, probar todos sus adelantos tecnológicos en materia de salvamento de embarcaciones siniestradas y hundidas, toda la organización y la enorme logística que se requiere para afrontar una emergencia como esta, confrontar los tiempos que lleva montar una operación de esta naturaleza en un caso real o, como a estos expertos les gusta llamar, un “caso de campo”, con los resultados obtenidos en simuladores teóricos.

Si bien las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando en ellas existe la pérdida de vidas humanas, no puedo abstraerme de que me vengan a la memoria dos hechos puntuales de la historia mundial, en los que las grandes potencias aprovecharon conflictos suscitados allende sus fronteras para poder experimentar sus nuevas tecnologías: el primero es el de la Guerra Civil Española, en la que la Alemania Nazi probó el poderío de su Fuerza Aérea; y el segundo, que es el que nos toca tan de lleno a los argentinos como el accidente del ARA San Juan, es el de la Guerra de Malvinas, que nacida de los “efluvios del alcohol” de la enfermiza mente de la última dictadura militar, se valieron de uno de los temas más caros y dolorosos compartidos por toda la ciudadanía argentina, y creyeron en una ayuda “prometida” por los Estados Unidos, para la recuperación de ese territorio a la soberanía nacional, y que en realidad lo único que se pretendió fue poner a prueba novísimas armas, como los misiles “Exocet”, en lo que significó la última contienda bélica convencional de la historia de la humanidad.

El dolor que embarga hoy a toda la sociedad argentina es inmenso, y nada podrá servir de consuelo para los que perdieron a sus seres queridos en esta tragedia. Sin embargo, y aunque parezca una ironía de la vida, hasta las heridas más terribles dejan un mensaje. Así, el último mensaje del ARA San Juan no fue el emitido el 15 de Noviembre a las 7,31 de la mañana. No, el último mensaje lo va a recibir toda la sociedad argentina cuando se encare un serio y responsable cambio en todo el andamiaje que soporta la estructura que hoy tenemos como nación, y, más particularmente, cuando áreas como las de Defensa dejen de jugar con la vida de sus hombres, embarcándolos en viejos “cascajos” que están más cerca de su desguace que de su operatividad real.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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