¡¡¡ VERGUENZA !!!

Que llegue pronto el día en que "Dios y la Patria se lo demanden"
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Durante horas he estado pensando en qué adjetivo puede reflejar con mejor exactitud el sentimiento que me produjo, en el día de ayer, observar a través de las imágenes televisivas la jura de los nuevos senadores electos en los comicios llevados a cabo en octubre de este año.

Lógicamente, me siento feliz al comprobar que, si bien la democracia no es un sistema perfecto de gobierno sino un sistema perfectible, en la Argentina funciona ininterrumpidamente desde hace ya 34 años, ya que habiendo sido testigo en mi infancia y adolescencia de el último tramo de ese período caracterizado por la ruptura del orden constitucional que se extendió durante 53 años, y que signó la suerte de varias generaciones, hoy podemos los argentinos estar orgullosos de que, al menos en el aspecto que se refiere a la manera en qué durante mucho tiempo se entendió como el único camino para enfrentar una grave crisis, es decir el de ir a golpear a los cuarteles para que se hagan cargo de los problemas, hemos aprendido la lección, aunque haya sido muy duro y su aprendizaje se pagó con un precio demasiado alto.

También, en la jura de los nuevos senadores, estuvo presente en mi el sentimiento de enojo y bronca. Un enojo producido por comprobar que aún, en pleno siglo XXI, sigue existiendo en el país el “caudillismo” que sumió a la sociedad en períodos de oscurantismo político, y que significó la sumisión de grandes masas de la población nacional al capricho de unos pocos poderosos que siempre usufructuaron las carencias de la gente y mantuvieron ese estado de cosas como único medio para seguir en una posición de privilegio por sobre los demás ciudadanos, violando de manera artera el principio constitucional de “igualdad ante la ley”. Y digo que aún existen “caudillismos” en la argentina, ya que es la única explicación que encuentro para justificar que ciertos personajes, aunque a ellos les guste llamarse a sí mismo políticos, puedan acceder a un cargo de la enorme jerarquía y responsabilidad que configura el de ser erigido como “Senador de la Nación”, cuando son delincuentes absolutamente probados por la justicia, con condenas dictadas, pero que por artilugios leguleyos aún no pueden llegar a ser efectivizadas. El caso más notorio es el del ex Presidente de la Nación por dos períodos consecutivos, reforma constitucional mediante, y miembro de la Cámara Alta desde que le entregó el mando a otro Presidente constitucional, Carlos Saúl Menem, que habiendo sido inhabilitado para participar en las elecciones PASO, encontró la manera, el vericueto, el hueco o vació legal que le permitió competir en la contienda legislativa, y hoy ya es un miembro más que va a poder alzar su mano y tener una decisiva participación en los temas más trascendentales que a su función le competen, afectando la vida y los bienes de millones de ciudadanos honrados, decentes, que concurren todos los días de su vida a sus trabajos para llevar el sustento a la mesa familiar. De qué manera se le puede explicar a un hijo, a un joven que hasta hace poco jugaba a ser hombre y recién está comenzando a transitar por los intrincados caminos de la vida, que hay sujetos que la justicia y la sociedad han condenado por la comisión de diversos delitos, que no han llegado a cumplir sus condenas, y que hoy tienen un lugar en el sagrado recinto dónde se elaboran las leyes que deben hacer más justa, equitativa y placentera la vida en sociedad?

Quizá, esa explicación se la podría dar desde el ángulo de que todos los ciudadanos somos inocentes hasta que la ley, de conformidad a lo estipulado en el artículo 18 de la Constitución Nacional, declare lo contrario, previo a ser sometidos a un proceso con todas las garantías que la Carta Magna asegura. Pero, a Carlos Saúl Menem se lo sometió a ese proceso, y fue encontrado culpable de los delitos por los que se lo acusaba. Y Aún más, el ex Presidente gozó de todas las garantía del denominado “debido proceso” y pudo, también, gozar de libertad mientras se ventilaba su juicio ante los estrados jurisdiccionales, algo que, debiendo ser la regla, en este país se ha convertido en una excepción. Así y todo, la condena que recayó sobre él no le impidió encontrar, en base al enorme poder que mantiene en un amplio sector societario y en ámbitos claves del Poder Judicial, la coma mal puesta, el error de tipografía o vaya uno a saber qué rebuscado recurso para haber estado ayer en el solemne acto de jura de su cargo.

Entonces, afloró en mi otro sentimiento con respecto a la ceremonia de ayer: el de vergüenza. Por que sentí que cualquiera sea la explicación que buscara, la única que cuadraba con lo que estaba viendo era la impunidad que todavía sigue siendo una de las aristas más tristes y salientes de la democracia argentina. Como ciudadano común que cumplo con todas las obligaciones que la ética, la moral y la ley me imprimen, me siento avergonzado de tener en el Congreso de la Nación a un condenado que no ha pagado por sus delitos. Como profesional del derecho, que he hecho un juramento sagrado, de no apartarme jamás del camino que el ordenamiento jurídico me impone, siento una gran vergüenza al comprobar, de la manera más cabal posible, la existencia de colegas que se burlan sin prejuicios y sin tapujos de todo lo que significa el haber abrazado una profesión tan noble. Siento vergüenza como hombre al que le apasiona la política, porque me veo en la obligación de señalar, cada vez que alguien dice que la política es “sucia”, que eso es un grave error de apreciación: la política es maravillosa, pero en el ella encuentran cobijo muchos individuos “sucios”, como los hay y también se cobijan en cualquier área del quehacer humano.

Por supuesto que los sentimientos a los que me he referido no solamente afloraron por la jura del “patilludo” riojano, también fueron fruto del juramento de la ex Presidenta de “todos y de todas”, pero esta señora merece consideraciones de una severidad mucho más extensas, por lo que las dejaré para otra oportunidad.

Para finalizar, una última reflexión que no es de mi autoría, sino que se debe al ingenio popular: “Argentina es el país del revés. Si se tiene una multa no se puede sacar el carnet de conductor, pero si se tienen causas o condenas judiciales se puede jurar y ser legislador”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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