Hacer la vista gorda se paga con submarinos, trenes y cromañones

OPINIÓN 29/11/2017 Por
Campeones a la hora de señalar los defectos y quejarnos, hasta que algo no explota no actuamos en la cuestión de fondo. El ARA San Juan es otro ejemplo de querer solucionar lo que no hizo en su momento.
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Si los organismos de control no controlan, si quien tiene que fiscalizar hace "la vista gorda", por qué habría de extrañarnos que recién ahora nos desayunemos con el lado oscuro de la Armada y los parches del submarino ARA San Juan, los negociados de la AFA en la era Don Julio o los negocios offshore de encumbrados políticos y empresarios.

A diario, el radar de los medios capta un sentimiento generalizado de frustración por llegar siempre tarde a lo que se podría haber resuelto temprano. ¿Por qué se actúa en el día D y no antes, cuando ya había suficientes señales de alerta? 

Cuántas tragedias se podrían haber evitado, cuántas vidas salvado si por caso ese testigo indolente que vio la puerta clausurada de la disco Cromañón lo hubiera advertido o directamente solucionado. O el accidente de Once, donde la inversión que llegó culposamente tras la muerte de 51 personas hubiera servido para actualizar cuando correspondía y no después un sistema ferroviario que ya estaba al borde del colapso.

Si los reflejos de todos funcionaran en el momento, sin especular,  muchas menos páginas negras tendríamos en este país. 

Ocurre también que cuando se advierte a tiempo el tic tac de la explosión inminente los intereses en juego, generalmente políticos o económicos, echan mano rápidamente al freno de mano. Todo queda en la nada hasta que la bomba estalla y empiezan a aparecer tardíamente los que admiten que algo sabían.

Ante la falta de novedades en la búsqueda del submarino, el periodismo carroñero que ya había agotado la dosis diaria de golpes bajos fue encontrando -sin buscarlo- detalles técnicos de la nave que no habían trascendido, la confirmación de que el equipamiento de Defensa no se actualiza desde hace años, que el presupuesto no es suficiente y así otras tantas versiones de un panorama negro ignorado por la mayoría. 

De a poco, fue tomando forma una radiografía de la crisis de defensa que no estaba en los planes de nadie que se instalara en la agenda mediática.

Volviendo a los organismos de control que deberían ser el ojo del ciudadano en áreas sensibles, muchos de ellos carecen de autonomía política, problemas de diseño y falta de personal capacitado y de probada honestidad, lo cual explicaría su pobrísima performance. La fata de resultados de esos entes tiene consecuencias. Graves.

Leyes de reciente aprobación, como la Ética pública y de Acceso a la información pública, son apenas unas de las tantas herramientas que pueden contribuir a no tener que esperar que el Titanic se hunda para recién empezar a buscar dónde se produjo la filtración.

En este presente hiperconectado, donde hasta la queja más trivial rápidamente toma estado público y se viraliza, cualquier llamado de atención resulta más efectivo que la burocracia de un organismo que sólo se sostiene para contener militantes o justificar cargos políticos, más que para garantizar que se cumpla la ley y velar por la calidad de los servicios. 

Fuente: MDZ

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