ANTONIO NEGRI

La subsunción real del trabajo en el capital y el General Intellect
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Mundialmente conocido desde la publicación de la trilogía formada por “Imperio”, “Multitud” y “Commonwealth” escrita junto a Michael Hardt durante la primera década del siglo XXI, la obra de Antonio Negri se ha convertido en uno de los principales referentes tanto de los movimientos antiglobalización desarrollados a partir de la década de los 90 como de la filosofía política postestructuralista y el deleuzomarxismo.

Defensor junto a Macherey, Matheron, Balibar o Deleuze de un materialismo no dialéctico basado en el inmanentismo de Spinoza, y en clara oposición al trascendentalismo y formalismo de las filosofías políticas de la modernidad desarrolladas por Hobbes, Rousseau, Hegel, Keynes o Rawls, el trabajo intelectual desarrollado por Negri durante las cinco últimas décadas realiza una crítica conjunta al derecho, la economía y la filosofía política de la modernidad, declarando el fin de los Estados-nación, el capitalismo industrial taylorista y el “obrero masa” como formas hegemónicas de la organización productiva, frente al auge de la forma Imperio, el capitalismo cognitivo del “General Intellect” y el proletariado inmaterial como elementos ineludibles a partir de los cuales poder pensar nuevamente las formas de reorganización y subjetivación política en la época de la Tercera Revolución Industrial.

Hijo de padre proveniente de familia obrera comunista y de madre descendiente de pequeños terratenientes fascistas, Antonio Negri nació en Padua el 1 de Agosto de 1933, siendo su mentor político decisivo durante los años de infancia Luciano Dell’Antonio, partisano comunista casado con su hermana Anna María.

Huérfano de padre desde los dos años y orientado al estudio por su madre como único medio para salir de la miseria, cursó los estudios de Filosofía en la Universidad de Padua, licenciándose en 1955 con un trabajo fin de grado sobre el historicismo alemán en Dilthey, Meinecke, Weber y Troeltsch, parcialmente publicado en 1959. Gracias a una beca recibida en 1956 pudo continuar sus estudios en la “École Normale Supérieure” de París junto a Jean Hyppolite, donde desarrolló su tesis doctoral “Estado y Derecho en el joven Hegel: Estudio sobre el origen iluminista de la filosofía jurídica y política de Hegel” publicada en 1958 y completada cuatro años después con su estudio sobre “Los orígenes del formalismo jurídico: Estudio sobre el problema de la forma en Kant y los juristas kantianos entre 1789 y 1802”.

Miembro de la “Giuventù Italiana Azione Cattolica” desde los 18 años (donde conocerá a Umberto Eco o Gianni Vattimo entre otros), realiza una visita a un kibutz israelí entre 1954 y 1955 cuyo estilo de vida comunista siempre opondrá a la excesiva burocracia que se encontró en la Unión Soviética cuando la visitó en 1960 como miembro del Partido Socialista Italiano al que se alistó en 1956, el cual abandonará a su vez en 1963 para fundar el “Movimiento Socialista Independiente”. Catedrático de Filosofía Política en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Padua desde 1967, será director del “Istituto di Dottrina dello Stato” de dicha universidad, el cuál transformará en una infraestructura académica al servicio de la lucha obrera durante la década de los setenta. Bautizado por sus opositores de “cattivo maestro” y por sus seguidores de “barone universitario”, su labor investigadora y docente siempre estuvo acompañada de una praxis política sin la cual resulta prácticamente imposible comprender el desarrollo de la primera.

Acusado en el “proceso 7 de abril” iniciado en 1979 de más de quince cargos entre los que se encontraban el de “insurrección armada contra los poderes del Estado” y la participación en el secuestro y homicidio del presidente del estado italiano por Democracia Cristiana Aldo Moro (acusación esta última posteriormente retirada), fue condenado en 1984 a treinta años de cárcel, posteriormente reducidos a doce, y de los cuáles cumplió diez pese a las denuncias de graves irregularidades en el proceso por parte de Amnistía Internacional.

Elegido diputado parlamentario por el Partido Radical en 1983 salió de la cárcel tras cuatro años de prisión preventiva, si bien la retirada de la inmunidad parlamentaria por parte de la cámara legislativa motivó su exilio a Francia amparado por la “Dottrina Mitterrand”. Si bien en un principio la intención de dicho exilio consistió en su regreso a Italia después de realizar una serie de conferencias por las capitales europeas con el objetivo de promover la atención de los principales países y dirigentes occidentales ante la actuación del Estado italiano, Negri decidió permanecer en Francia motivando con ello las críticas de sus antiguos compañeros de “Autonomia Operaia” y el Partido Radical.

Finalmente, en 1997, tras catorce años de exilio y una vez que la Comisión de Justicia del Parlamento Italiano presidida por Giuliano Pisapia estaba valorando la posibilidad de indultos o amnistías para los presos del 7 de abril, Antonio Negri regresa a Italia para cumplir el resto de su condena en régimen de libertad condicional entre la prisión de Rebibbia y su casa del Trastevere hasta 2003.

Tras su salida de prisión, la gran notoriedad internacional recibida desde la publicación de su obra “Imperio” le propició distintos reconocimientos y polémicas dentro del mundo académico y político de la última década. Entre ellos destacan la defensa en 2003 de Silvio Berlusconi ante el “desproporcionado” poder político ejercido por la acusación de la magistratura italiana, su inclusión en 2005 por “Le Nouvel Observateur” entre los veinticinco grandes pensadores del mundo entero, la anulación (también en 2005) de su conferencia en la Universidad de Sidney una vez que los “mass media” propiedad de Robert Murdoch lo presentaron como “apologista del terrorismo” y atacaran a la universidad por haberlo invitado, o su participación en el gobierno venezolano como consultor de Hugo Chávez y sus posteriores críticas al mismo por frenar el camino hacia la autonomía obrera promovida por Lula, Nestor Kirchner o Michelle Bachelet.

Las más de seis décadas de trabajo intelectual desarrollado por Antonio Negri deben enmarcarse dentro de un proceso general de análisis y reconceptualización sobre los modos de organización productiva del capital y, siempre de forma antagónica, los propios de la reproducción de la subjetividad social y política. El principio guía de dichos análisis, ya presente desde sus años de colaboración con Mario Tronti y tomado de éste, radica en la ruptura de la relación determinista entre la estructura económica y la superestructura sociopolítica establecida por la ortodoxia marxista entonces vigente. Según dicha relación, la superestructura sociopolítica dependía unívoca y linealmente de la estructura económica, de modo que el capitalismo terminaba siendo concebido como un movimiento autopropulsor dependiente únicamente de su propia lógica de funcionamiento económico y en el que la posibilidad del paso a una nueva lógica productiva dependía únicamente del despliegue de sus propias contradicciones internas y su carácter auto-destructor.

Frente a dicha lógica economicista, la gran apuesta de Tronti y Negri durante los años sesenta consistió en una relectura del leninismo que, prescindiendo de los dogmas implantados por el “socialismo científico” de la Tercera Internacional, reinstituyera la lógica política de clase como una fuerza no jerárquicamente dependiente de la estructura económica, sino en una relación dual y antagónica con ella, de modo que se parta siempre del hecho de que “con cada transformación de la composición técnica del trabajo, los trabajadores utilizan los medios a su disposición para inventar nuevas formas de revuelta y de autonomía respecto al capital y, en respuesta a esto, el capital se ve forzado a reestructurar las bases de producción, explotación y control, transformando de nuevo la composición técnica”.

Con dicho principio en mente, Negri distingue cuatro grandes fases en la relación entre obreros y capital: El obrero indiferenciado (1848-1870), el obrero profesional (1870-1917), el obrero masa (1917-1968) y el obrero social multinacional (1968 y siguientes). En las dos primeras, el “trabajador es gestionado por primera vez en el interior del sistema de dominio definido por la maquinaria, convirtiéndose en un apéndice de la misma […] El Estado tiende hacia niveles cada vez más rígidos de integración institucional definidos por la construcción del capital financiero, la consolidación de los monopolios y el desarrollo imperialista” mientras que la formación subjetiva del proletariado queda organizada dualmente por un polo sindicalista y un polo político definidos a través de un “programa de gestión obrera de la producción industrial y de la organización social, de acuerdo con un proyecto de emancipación socialista de las masas”. La diferencia existente entre la fase de 1848-1879 y la de 1870-1917 radicaría únicamente en una cuestión de clase. Mientras que en la primera, “la gestión directa del poder por parte obrera es simplemente interrupción de la continuidad del poder de los patrones, revuelta, motín”, en la segunda “la gestión directa del poder se concibe como alternativa al poder de mando de los patrones”.

Por su parte, en la tercera fase, caracterizada históricamente por el keynesianismo instaurado tras el crack financiero internacional de 1929, “el Estado anticipa a los obreros en el terreno del socialismo” con la intención de instaurar un “un modelo de intervencionismo estatal concebido para sostener la actividad productiva mediante el mantenimiento del pleno empleo y la garantía de la asistencia social”, produciéndose de este modo una transición a una fase superior de abstracción del trabajo en la que fordismo y taylorismo generan un tipo de trabajador descualificado, también denominado “obrero masa”, que pierde su conocimiento del ciclo productivo. Las nuevas formas de lucha obrera en esta fase ya no consistirán tanto en la toma del poder estatal para la reorganización del ciclo productivo como en el “rechazo al trabajo” y/o la “igualdad salarial”.

Por último, la fase posterior a 1968 se caracteriza por un progresivo incremento en la “automatización de las fábricas y por la informatización de la sociedad”, de modo que el intervencionismo estatal pierde su capacidad de mediación y organización de la producción debido a los nuevos procesos internacionales de circulación del capital y regulación financiera. Dentro de esta fase, la fábrica y el obrero masa pierden su centralidad como ámbito paradigmático de producción para dar paso a la metrópoli y el “obrero social” en tanto que “General Intellect” abstracto e inmaterial en el que, por primera vez en la historia, “la cooperación se sitúa antes que la máquina capitalista, como condición independiente de la capacidad productiva”. Según Negri el paso de la tercera a la cuarta fase supone el paso definitivo de la subsunción formal a la subsunción real en el capital, estableciendo un paralelo con el paso de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control que Gilles Deleuze comenta a partir de la obra de Michel Foucault.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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