LA NECESIDAD DE CAMBIO EN NUESTRAS FUERZAS ARMADAS

La desaparición del ARA San Juan ha dejado al descubierto la precariedad en que está inmersa el área militar argentina
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Si tiene cuatro patas, ladra y mueve la cola ¿qué otra cosa puede ser más que un perro? Con idéntico criterio, si existe un informe, emanado de las fuentes más confiables del planeta, que cuentan con los sistemas de la más alta tecnología existente hoy en día, que da cuenta del registro indubitable de una explosión, y que la ubica en el mismo lugar en que todos los indicios hacen suponer que se encontraba en ese preciso momento el submarino ARA San Juan, ¿qué otro suceso puede estar indicando esto, que no sea un siniestro ocurrido dentro de la nave de guerra de nuestra Armada?

Es cuestión de simple lógica. Pero, tal parece que la lógica del hombre común, es decir, la lógica más elemental, no es la misma que utilizan aquellos que tienen un conocimiento mucho más específico, en base a años de estudio, que no son gratis, ya que se solventan con recursos del Estado, ósea con recursos de todos los argentinos que pagamos impuestos para que funcionen los organismos estatales de la mejor manera posible.

Es cierto que las partidas presupuestarias destinadas a las Fuerzas Armadas sufrieron un deterioro espectacular en virtud de los enormes prejuicios suscitados en todo el arco social con motivo del triste protagonismo que tuvieron dentro de la última y genocida dictadura militar en el país. Y, que este deterioro fue exponencialmente incrementado desde la llegada el régimen kirchnerista al Poder.

Pero, esto último sólo estaría justificando el mal mantenimiento de la maquinaria de guerra que la Argentina posee, la precariedad en el adiestramiento del personal de cada Fuerza, los insuficientes cursos de capacitación para la utilización de las tecnologías actuales, la utilización de naves de tierra, aire y mar que ya cumplieron con la vida útil para el cometido que fueron fabricadas, más cerca de su desguace que de comportarse como elementos operativos.

Sin embargo, esa discrecional y mal intencionada desinversión en una institución de tanta sensibilidad dentro del enorme aparato estatal, no justifica, bajo ningún concepto, la testarudez de una cúpula militar, puntualmente en la cúpula de la Armada Nacional, que es el caso que hoy nos convoca, como para ceñirse al cumplimiento de protocolos inflexibles, que, más allá de hacer perder un valiosísimo tiempo, hicieron las veces de una venda puesta de manera ex profesa para no ver lo que estaba delante de sus propias narices.

Toda persona, con dos dedos de frente, tiene plena conciencia que, cuando de accidentes se trata, el tiempo es oro. El tiempo, en la mayoría de estas ocasiones, es lo que determina la vida o la muerte de las personas.

Entonces, retomando el informe que mencionada al principio de estas líneas, resulta inconcebible que teniendo pleno conocimiento del mismo, y de las gravedad que de él se podía inferir, se haya seguido trabajando con los parámetros duros, lentos y elaborados en un pasado en el que no existían los recursos que se disponen hoy en día.

La población sabe muy bien cómo se desarrolla la vida militar en la Argentina. No debe existir una sola familia que no tenga o haya tenido algún pariente dentro de alguna de las Fuerzas. El argentino medio conoce la dureza de los hombres de armas, su apego a los reglamentos y las costumbres, su indocilidad manifiesta para absorber los cambios, del tipo que estos sean. Pero, de igual manera, también sabe de la enorme camaradería que reina entre ellos, de su espíritu de cuerpo, del amor y la entrega por la labor que realizan.

Y es, justamente, lo señalado en último término lo que lleva a que cueste tanto comprender por qué se perdieron ocho valiosos días en reconocer, de manera pública, lo que en el seno de la Armada y dentro de su más alta jerarquía se conocía a solo tres horas de la última comunicación mantenida con el submarino ARA San Juan.

Y así como cualquier acontecimiento importante en la vida de las personas, sobre todo aquellos más trágicos, nos dejan una lección, que jamás sirve de consuelo cuando de pérdida de vidas humanas se trata, este caso deberá operar de idéntica manera y con alcances de una magnitud superior, por tratarse de una de las instituciones fundamentales del Estado. En otras palabras, si solamente estaríamos hablando de un accidente callejero, de esos que se producen a diario en cualquier calle o ruta del país, protagonizado por particulares, la lección sería la misma, pero su alcance podría estar condicionado por el grado de particularidad que el mismo tiene. En cambio, si nos encontramos ante el caso de la desaparición y, lamentablemente todo nos direcciona a una explosión, en una nave de guerra, con cuarenta y cuatro tripulantes a bordo, tripulantes no civiles sino militares, en cumplimiento de tareas asignadas que, según lo manifestado por la autoridad jurisdiccional, se circunscriben dentro de un área definida como “Secreto de Estado”, su consecuencias revisten una magnitud medida por la tutela del bien jurídico protegido.

Toda la población argentina se encuentra hoy abocada y con su pensamiento puesto en los grupos de salvamento destinados, primero a ubicar el submarino desaparecido, y después al rescate de su tripulación, en el caso de que hubiere sobrevivientes, o de sus cuerpos en la peor y más triste de las hipótesis. Pero, también se están levantando voces muy importantes que reclaman por el establecimiento de las responsabilidades que a cada actor le tocan, y por los necesarios cambios que se deberán realizar a partir de este hecho que ha dejado al desnudo un enorme “hueco negro” dentro de la institución militar.

Por mucho que nos resistamos a pensar en ello, el mar es inmenso, y la conclusión de este hecho puede llevar mucho tiempo. Lo que no debe llevar más tiempo es la inmediata intervención del poder político de la Nación, responsable hoy de la suerte de los habitantes argentinos, para que se pongan en marcha todos los mecanismos con que cuenta en procura de arbitrar los medios necesarios para que no vuelvan a ocurrir este tipo de accidentes, o para que, si ocurren nuevamente, ya que si se trata de un accidente significa que no se pudo evitar, se activen, de manera inmediata, los protocolos más avanzados para las hipótesis de máxima, aunque después se verifique que se trató de un simple desperfecto mecánico y que todo está bien.

Más vale actuar con prontitud, gastando lo que hay que gastar en recursos humanos y dinero, que tener luego que estar lamentando la pérdida de vidas y la duda permanente de qué hubiera pasado si la cosas se hubieran encarado de otra manera.

Las Fuerzas Armadas, como he venido diciendo durante estos días, son una más de entre las instituciones fundamentales de nuestro Estado. Y del mismo modo que sostengo desde hace tiempo que la propuesta de la actual administración nacional se impuso a las demás propuestas políticas, entre otras cosas, porque traía consigo la promesa de un cambio en el país, este cambio debe implementarse en todas las áreas del quehacer nacional, y el área militar no debe ser, ahora mucho menos que antes, la excepción.

Las consecuencias del enorme desinterés político en todo lo que atañe a lo militar, por parte de los gobiernos que precedieron a la actual conducción del país, están a la vista y sobre la mesa. El momento de pensar e implementar los cambios es ahora. La administración de “Cambiemos” está transitando el período de mayor fortaleza, con un respaldo ciudadano casi inédito para un gobierno no peronista. Es de esperar, entonces, que actúe en consecuencia, acorde a la confianza depositada, y con la firmeza necesaria para beneficio de todos los argentinos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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