"YO SOY EL ARA SAN JUAN"

Insensibilidad social por tratarse de un grupo de argentinos pertenecientes a las Fuerzas Armadas. Las consecuenicas de una distorsionada militancia política
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En Argentina hemos tenido, hasta hace muy poco tiempo, convocatorias a marchas en apoyo de causas nobles, como las organizadas en repudio y reclamo por mayor seguridad; contra las violencia de género; a favor del la ley de “matrimonio igualitario”; por la lucha contra el cáncer de mama; a favor de la lactancia materna; y un largo etcétera, y, también, por hechos puntuales que sirvieron para fines absolutamente oportunistas, políticos del momento, de enorme impacto en la ciudadanía, pero que escondían un mensaje perfectamente estudiado y dimensionado, como las que se organizaron en torno al llamado “Caso Maldonado”, u otras que se valieron de algún acontecimiento menor, pero que tomó estado público por la manera en que lo trataron los diferentes medios de comunicación, y que se usaron como excusa para generar protestas de grupos vandálicos que sembraron incertidumbre en la población, como lo ocurrido en derredor del tema de una mujer que intentó tomar sol en una playa bonaerense con el torso desnudo.

Sin embargo, hoy, justo en el preciso momento en que estoy escribiendo estas líneas, el país atraviesa por una situación que podría terminar en tragedia o convertirse en un verdadero milagro, pero nadie, de manera particular o a través de alguna organización no gubernamental, partido político u organismo social ha convocado a la ciudadanía para reunirse y pedir por los cuarenta y cuatro tripulantes del submarino ARA San Juan, que hace exactamente siete días se encuentra perdido en las profundidades del Océano Atlántico.

Resulta muy llamativa esta inmovilización de la sociedad argentina, cuando se trata de personal de nuestra Armada, de militares de carrera, pero, por sobre todo, de habitantes de nuestro país, de esposos, de novios, de padres, de hijos, de hermanos, de tíos, de sobrinos, de amigos, ni más ni menos que de seres humanos que optaron por una profesión tan digna como la de un abogado, médico, carpintero, obrero de la construcción o cualquiera que se realice de manera lícita.

Es casi incomprensible pensar hasta dónde ha calado hondo la “grieta” abierta por el kirchnerismo a lo largo de los doce años en que administró los destinos de la Nación, que cuesta imaginar que llegue al punto de que a buena parte de la población del país no le interese la vida y la suerte de los tripulantes de este submarino, por el simple hecho de pertenecer a una de las tres Fuerzas Armadas existentes hoy en día, y en virtud de un pasado en el que la mayoría de los que se encuentran atrapados dentro de ese tubo de acero ni siquiera habían nacido o tuvieron protagonismo alguno.

La editorial de hoy no es un alegato en favor o en contra de una de las instituciones de la República que, dicho sea de paso, se encuentra consagrada dentro de nuestra Constitución Nacional. No, para nada. La de hoy es para tratar de dimensionar el inmenso daño que la locura del revisionismo setentista, implementada de manera sistemática por la administración del régimen “Nac & Pop”, produjo en el seno de la sociedad argentina.

Fue tanto el machaque, la manipulación de datos, la distorsión de hechos, la discrecionalidad manifestada en discursos, actos, reunión de “pensadores”, adoctrinamiento de las generaciones más jóvenes, y, en general, la institente y penetrante letanía cargada de odio y resentimiento, que una gran mayoría de los habitantes del país llegaron al convencimiento que la institución militar era sinónimo del mismísimo mal, cuando, en realidad, fueron un grupo de personas, que en un determinado momento de nuestra historia no tan lejana, coparon a las Fuerzas Armadas y las pusieron en contra de la ciudadanía a la que debían defender. Fueron unos cuantos jerarcas con poder de mando, en definitiva simples hombres, los que cometieron los delitos de lesa humanidad, y por los cuales muchos han cumplido penas dictadas por la justicia o se encuentran, aún hoy, con procesos abiertos. Pero la institución militar está muy por encima de esos delincuentes.

Si se midiera con la misma vara, hoy debería sentirse y expresarse idéntico odio por cualquiera de los tres Poderes del Estado que, a no dudarlo, estuvieron también cooptados por demasiados delincuentes durante gran parte de la mal llamada “década ganada” y que, de manera directa o indirecta, causó tantas muertes y penurias al pueblo de la Nación, como lo ocurrido con la última dictadura militar en el país.

Sin embargo, a nadie, en su sano juicio, se le ocurriría despreocuparse o, quizá, alegrarse, si llegara a acontecer algún tipo de desgraciado accidente en la Casa Rosada, el Congreso Nacional o el en el Palacio de Justicia. Esto es porque no identificamos a la institución Ejecutiva, Legislativa o Judicial con los aberrantes hechos de corrupción producidos dentro y al amparo de su seno y que signaron la suerte, cuando no la vida y la muerte, de millones de compatriotas en un momento de nuestra historia que será recordado como la “experiencia kirchnerista” o con algún otro mote que pueda pintar ese período de la manera más explicativa y abarcativa posible, en base a lo que fue su característica más saliente: la comisión de delitos contra el erario público, comisión que puede traducir, perfectamente, como el plan sistemático de una banda de delincuentes que se instaló en la cúspide del poder político de la Nación.

Entonces, si se pudiera pensar de la manera expresada en el párrafo anterior, ¿qué diferencia habría entre los miles de muertos causados por la genocida dictadura militar del Proceso de Reorganización Nacional y una cifra igual o mayor de ciudadanos de este país que murieron por desnutrición, por accidentes en rutas y calles debidos al descuido oficial o al desvío de fondos para inversión en obra pública, en hechos de inseguridad ciudadana ocurridos por la mala administración, desinterés e inoperancia de quienes tenían la sagrada misión de ser garantía de todos y cada uno de los derechos que nos asisten como habitantes de este suelo durante los años en que el kirchnerismo fue gobierno?

Si esa fuera la línea de pensamiento, no habría ninguna diferencia entre los “Consejos de Guerra” que actuaban en oscuros sótanos y decidían sobre la vida y la muerte de las personas, durante los “años de plomo”, y los jueces que a lo largo de doce años se desentendieron de las graves denuncias que a diario recibían por delitos cometidos desde la función pública; o aquellos que en la actualidad dejan libres a confesos violadores y homicidas, que ni bien recuperan su libertad vuelven a cometer los mismos delitos.

Lo que el setentismo nostálgico, retrógrado y cargado de odio que el kirchnerismo representó desde el Poder no quiso decir y puso un empeño que hubiera resultado beneficiosos para el grueso de la sociedad en general en otras áreas, pero no en el área de la confrontación entre hermanos, es algo muy simple: las instituciones están conformados por hombres, que actúan bien o mal, conforme a derecho o en contra de la ley, y que son responsables por sus actos de manera personal, pero que de ninguna manera comprometen la honorabilidad que las circunscribe a todas, en tanto y en cuanto emanen del imperio irrestricto de nuestra Carta Magna.

Confundir al las Fuerzas Armadas, a los Poderes del Estado o a cualquiera de las instituciones erigidas por la Ley, que tienen el cometido de lograr su fin último, que no es otro que el bienestar general de la población, con los individuos o las personas que en ellas se desempeñan, configura un gravísimo error, cuando no un delito si se trata de un plan diseñado para llevar desprestigio y crear odios entre los habitantes de la Nación.

Más allá que desde estás páginas abogo por una feliz resolución en cuanto al hallazgo del submarino ARA San Juan y al bienestar de todos los integrantes de su tripulación, me espanto al comprobar los alcances nefastos y las impensadas consecuencias que puede producir en todo un pueblo la “afiebrada” retórica de una muy distorsionada militancia política cuando se hace del Poder de una Nación.

En los anales de la humanidad hay miles de ejemplos de este tipo de regímenes y con secuelas que han perdurado por largo tiempo, pero en este caso nos toco a los argentinos padecer, en carne propia, lo que siempre ocurría muy lejos de nuestras fronteras. Quiera que esto sirva de lección, y que nunca jamas volvamos a ser inmóviles espectadores de nuestra propia destrucción.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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