BÁRBARA McCLINTOCK

Grandes Mujeres
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Bárbara McClintock Recibió el premio Nobel de medicina por su descubrimiento de los transposones o “genes saltarines”, material genético que puede cambiar de lugar dentro del genoma. Sea por lo revolucionario de la teoría (implicaba que el dogma central de la genética no era inmutable) o por la complejidad de la misma, sus hallazgos solo fueron reconocidos años después, cuando otros investigadores publicaron conclusiones semejantes en organismos más simples.

El 16 de junio de 1902 nacía Bárbara McClintock en Connecticut. Debido a la situación económica familiar vivió parte de su infancia con sus tíos en Brooklyn, NY, hasta que su familia también se mudó a esa ciudad. Una vez terminada la educación secundaria, Bárbara quería continuar sus estudios en la Universidad Cornell. Su madre, sin embargo, se oponía a que recibiera una educación superior, ya que opinaba que esto perjudicaba sus opciones de contraer matrimonio. Aceptó un trabajo en una agencia de empleo, mientras seguía estudiando y leyendo en bibliotecas, hasta que su padre intervino y en 1919 ingresó a estudiar a Cornell. Allí se dedicó al estudio del genoma de plantas de maíz.

En el campo de la genética, una de las ideas dominantes de la época era que los genes se encontraban ubicados en las estructuras celulares llamadas cromosomas. Hacia la década del 30, Bárbara junto con Harriet Creigton demostrarían empíricamente esta hipótesis, aportando un trabajo revelador, en el que se relacionaban rasgos hereditarios en las mazorcas de maíz con segmentos cromosómicos. Mediante la utilización de microscopía óptica y la nueva tecnología de rayos-X lograrían la descripción de la morfología de cromosomas, la identificación de los telómero y centrómero, y la descripción del fenómeno llamado entrecruzamiento, denominaciones que hoy resultan familiares en la biología molecular. Así y todo, su investigación aportaría resultados incluso más impresionantes.

A pesar de su fama como científica, Bárbara tenía dificultades para encontrar una posición permanente. Stadler le ofreció una plaza de profesor asistente de vuelta en la universidad de Misuri, donde había hecho una beca años antes. Pero Bárbara estaba frustrada con su situación. Decía que no la invitaban a las reuniones de profesores, no le enviaban las publicaciones de vacantes que podrían interesarle y ganaba poco. Al no ver posibilidades de crecimiento en la institución, dejó la universidad de Misuri. Se trasladó al laboratorio de Cold Spring Harbor, donde le ofrecieron una posición como investigadora a tiempo completo. Fue en la década del 40, tras años de trabajo incesante, cuando llegó al resultado que generaría controversia en la comunidad científica. El descubrimiento consistía en porciones de material genéticos que no tenían una posición fija y podían “saltar” de un lugar a otro del ADN, insertándose en otros puntos y regulando la expresión de los genes. Bárbara explicaba que ésta podría ser la respuesta a por qué en los organismos multicelulares existen diferencias entre las células que forman los distintos tejidos, siendo que todas heredan el mismo material genético. Estos elementos móviles o “genes saltarines” se denominan actualmente transposones.

El fenómeno de la transposición fue una concepción difícil de aceptar para la época, en parte porque el trabajo de Bárbara no era comprendido enteramente, pero también porque implicaba que el material genético era una estructura más dinámica en contraposición a la visión estática y lineal de los procesos de transcripción que ilustraba el dogma central de la genética. La misma Bárbara describió la respuesta a su trabajo como de “perplejidad o incluso hostilidad”; ella había identificado elementos génicos en un organismo complejo (plantas de maíz) veinte años antes que sus pares, quienes los redescubrirían en organismos mucho más simples.

Con la evidencia abrumadora llegarían también algunos reconocimientos. El premio Nobel que se le otorgó en 1983 a la edad de 81 años tuvo rasgos excepcionales: era la segunda vez que el Comité se tomaba tanto tiempo para laurear a un investigador; se le otorgaba en soledad cuando en general el premio de Medicina o Fisiología se concede a dos o tres personas; era la séptima mujer que recibía el premio en ciencias; y se premiaba a estudios realizados en plantas, algo poco frecuente, aunque para ese entonces ya estaba claro que su trabajo tenía implicancias más allá de la botánica.


Existen diferencias de percepción entre los biógrafos de McClintock respecto al grado de influencia que tuvo su género en la reticencia e incluso hostilidad de sus colegas a aceptar algunos de sus trabajos. Lo cierto es que Bárbara fue un genio imprescindible en el campo de la genética y de la biología en general. Su inigualable aporte como investigadora es suficiente para destacarla como científica, pero cabe aquí preguntarnos ¿cuántas científicas destacadas son popularmente conocidas en la actualidad? Dejando de lado a Marie Curie y su merecido pero excepcional reconocimiento, no son muchos los que pueden nombrar siquiera una sola científica más, y sin embargo son muchas las que podrían estar a la altura del mismísimo Einstein. Es por eso que no está demás hacer énfasis en ellas, las desconocidas, como Lise Meitner, Emmy Noether, Ada Lovelace, (solo por nombrar algunas de las emblemáticas), porque no se trata de auto-segregarse como pretende esgrimir algún supuesto vocero de la ciencia, sino reivindicar el lugar que se ganan las mujeres día a día muy a pesar de la opresión manifiesta también en el ámbito científico.

El ejemplo de Barbara McClintock nos ayuda a ver cómo a veces debemos remar “a contracorriente” y esperar al momento perfecto para lograr que lo que deseamos se cumpla. Las cosas no son fáciles, y más en un momento de crisis económica como el que vivimos, pero sin duda, sus revolucionarios trabajos con el maíz y el reconocimiento del Premio Nobel demuestran que, una vez más, el éxito y el buen trabajo terminan por abrirse camino a través de las dificultades.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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