VÍCTOR HIPÓLITO MARTINEZ

El adios a uno de los refundadores de la democracia argentina
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Víctor Hipólito Martinez, tal su nombre completo. Vaya a saber si lo de Hipólito fue en nombre del gran caudillo de la Unión Cívica Radical, pero, aunque no lo fuese, hizo honor a ese nombre a lo largo de su extensa vida pública y privada.

Cuán paradojal pueden parecer los hechos históricos, cuando se los juzga bajo la luz de acontecimientos recientes. Sería imposible para mi, rendir desde está página el sincero homenaje a este gran demócrata nacional, desaparecido en el día de ayer, si no lo hiciera desde la perspectiva que hoy mismo está sacudiendo las más sagradas instituciones de la República.

En momentos en que el último ex Vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, se encuentra detenido judicialmente por la supuesta comisión de delitos en los que se valió de la alta investidura con que el pueblo argentino supo erigirlo, cobra más dimensión la figura de este otro ex Vicepresidente de la Nación, al que jamás lo rozó siquiera la más pequeña sospecha en cuanto a su buen desempeño por cualquier de los cargo públicos que a lo largo de su larga vida política supo transitar.

La historia lo recordará, desde hoy, como el hombre que no escatimo empeño en cuidar la espalda del Dr. Raúl Alfonsín, a quien el propio Víctor Martinez califico, al momento del fallecimiento del primer Presidente de la restaurada vida institucional en 1983, como al “padre de la democracia”. Es que este incansable hombre de nuestra más auténtica y limpia historia republicana, fue quien tuvo la enorme tarea de presidir una Cámara de Senadores con una mayoría peronista, y lo hizo sin claudicar a ninguna de las bandera que abrazó desde su juventud.

En ese rol, comandó la sanción de leyes de fundamental importancia para la Nación, siendo el oficialismo al que representaba una minoría dentro del recinto parlamentario.

Igualmente, representó a su compañero de fórmula en viajes y visitas a países extranjeros, suscribiendo convenios internacionales que volvían a posicionar al país como actor principal dentro del concierto de naciones.

Su inquebrantable sensibilidad republicana y democrática lo llevó a enfrentarse con aquellos que, valiéndose de la Ley de Acefalía, pedían la renuncia del Dr. Raúl Alfonsín a la Presidencia de la Nación, en momentos de graves crisis económicas del país, pero que también alentaban a que el Vicepresidente accediera de esa manera a la Primera Magistratura de la Nación. El Dr. Víctor Martinez se negó a ello de manera rotunda, sentenciando que si el Presidente renunciaba, él también lo haría porque “eso hace un compañero de fórmula”.

Con su desaparición física desaparece también, valga la redundancia, una estirpe política argentina: aquella del simple ciudadano para el que, al igual que Illia y Alfonsín, la función pública era sólo una parte más de su vida y no su cometido final.

Hombre austero, representante de una época de grandes convulsiones y cambios en el país y en el mundo, jamás usufructuó cargos en beneficio propio. Su norte siempre estuvo orientado a servir y honrar los más altos valores humanos. Y la política fue el instrumento desde donde canalizó esa gran vocación.

Es bastante probable que las nuevas generaciones no conozcan su prosapia, porque su luz siempre resplandeció detrás del ideario que circulaba por sus venas. Su figura no está inscripta en hechos históricos concretos que le impongan un sello con su nombre, porque esa no era su misión en este mundo. Al contrario, su figura apuntaló la trayectoria de dos de los más grandes demócratas que la ciudadanía argentina reconoce sin distinción de banderías: Arturo Illia y Raúl Alfonsín.

Decía más arriba, la paradojal representación que proyecta el largo trajinar de Víctor Hipólito Martinez, en el transitar de esta realidad argentina que día a día nos devela un acto de corrupción más, el descubrimiento de un nuevo negociado, la miserable cobardía de tantos personajes que utilizan hasta la última “coma” de una ley para no dar cuenta ante la justicia de sus actos.

Lamentablemente, muchas veces hay que sufrir los sinsabores de grandes fracasos, de enormes decepciones, para valorar en su justa medida a aquellos que sólo hicieron lo que debían hacer.

La última aparición pública de el ex Vicepresidente de Raúl Alfonsín no fue, justamente, en los titulares de los medios de comunicación y ante los Tribunales de Comodoro Py. No, nada que ver. Fue en un documental en donde se hacía una reseña histórica y, si se quiere, la reivindicación más merecida a Arturo Illía. En él, Martinez cuenta, de manera emotiva, la relación que los supo unir, y, por sobre todo, la vocación de servicio que en ambos supuso el amor y el apego a un ideario político y a un estilo de vida desaparecido para siempre.

Los tiempos políticos de hoy son muy distintos a los que le tocó vivir a Víctor Martinez. Pero la consolidación democrática de la que actualmente goza nuestra sociedad jamás hubiera podido ser lograda sin la entrega y el sacrificio de hombres como él, que creyeron y que fueron fieles a los más sagrados preceptos que emanan de nuestra Constitución Nacional. Ese era el camino que había que seguir, y ese será inscripto como el más grande legado de quien ayer pasó a formar parte de un altar ciudadano en dónde sólo caben aquellos que han dejado su imborrable huella por el engrandecimiento de la Patria.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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