REINA VICTORIA

“Creo que la gente realmente se casa demasiado; el matrimonio es, al fin y al cabo, una lotería y, para una mujer pobre, una felicidad muy dudosa” (Reina Victoria)
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Reina de Inglaterra e Irlanda y emperatriz de la India, nacida en el palacio de Kensington, el año 1819, y muerta en el castillo de Osborne, el 22 de enero de 1901. Su nombre era Alejandrina Victoria. Su largo reinado, que abarcó desde el año 1837 hasta 1901, coincidió con la máxima grandeza de Gran Bretaña, flanqueada por el ascenso político y económico de la burguesía en el marco de la revolución industrial, la consolidación de las instituciones democráticas y la creación de un inmenso imperio colonial. Fue llamada la abuela de Europa, porque sus descendientes ocuparon los tronos de casi todas las cortes europeas. En el año 1877, como culmen de su reinado y popularidad entre su pueblo, fue coronada emperatriz de la India.

Hija única, su padre fue el cuarto hijo de Jorge III, el duque de Kent Eduardo, y su madre la princesa alemana Victoria de Sajonia-Coburgo. Fue educada por su madre, mujer extremadamente estricta y por una institutriz, la baronesa de Lehzen. Ambas damas constriñeron a la princesa en palacio bajo una severa vigilancia y protocolo. De hecho, nada más acceder al trono, el distanciamiento con su madre se hizo evidente. La reina manifestó desde el primer día su deseo de reinar sola, libre de la asfixiante vigilancia materna.

Antes de subir al trono inglés, la monarquía inglesa llevaba un tiempo prolongado embarcada en una grave crisis institucional; concretamente desde el reinado de Jorge III (1760-1820), de larga y desgraciada vida a causa de sus periódicas crisis de locura. La mayoría de sus seis hijos no hizo nada por reforzar la institución monárquica, sobre todo Jorge IV (1820-1830), quien dañó aún más si cabe, con sus continuos escándalos, el prestigio de la Corona, que sólo pudo reparar en parte Guillermo IV (1830-1837). Al morir este último sin descendencia el trono recayó en su sobrina Victoria, que contaba por entonces dieciocho años de edad. La tarea que tenía ante sí la joven reina era ardua y complicada, más teniendo en cuenta su escasa preparación para los asuntos de gobierno ya que no estaba pensado que ella pudiera acceder un día al trono. La falta de descendencia de sus tíos le abriría el paso.

Su primer consejero y primer ministro fue el Vizconde de Melbourne, hombre prudente que militaba en el partido de los whig (liberales) y en quien la soberana proyectó un gran cariño. Fue tal su confianza en él que, llegado el momento de sustituir al gabinete, en el año 1839, maniobró de tal manera que fue prolongado su gobierno hasta el año 1841. El nuevo primer ministro elegido fue sir Robert Peel, del partido de los tories (conservadores). Otra muestra de lo reacia que era la reina a la hora de cambiar políticamente se produjo cuando mantuvo a su séquito personal de damas de compañía, de filiación liberal, negándose a renovarlas por nuevas damas afines al partido en el poder, como era la costumbre. Esta actitud motivó un escándalo que fue conocido como la crisis de la recámara. Lo cierto es que la reina Victoria nunca ocultó sus preferencias o simpatías por la causa liberal, quizás como respuesta a la opresiva educación conservadora que sufrió en su niñez.

En el año 1840 se casó con su primo, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, que destacaba por su inteligencia y su sobriedad, gesto este último que le hizo ganarse la confianza de sus súbditos recelosos en un principio ante el príncipe alemán. La unión se desarrolló con armonía y entendimiento poco común para lo que era habitual en la época. Tuvieron nueve hijos (cuatro varones y cinco mujeres), con cuyos enlaces matrimoniales ligaron a la familia real inglesa con las monarquías más importantes de Europa. Los reyes de Inglaterra pronto constituyeron un modelo de integridad moral para el pueblo británico. El príncipe Alberto gozó del status de príncipe consorte, figura ésta que a partir de él adquirió sus específicas dimensiones. La pareja real actuó de mutuo acuerdo y consenso en las directrices del gobierno. Alberto se encargó de manejar la mayoría de los asuntos de Estado, y la reina aprobaba o rechazaba las políticas de sus ministros, auspiciada siempre por el consejo de su marido.

El príncipe Alberto murió el año 1861, atacado de tifus. El acontecimiento afectó profundamente a la reina, que nunca pudo superarlo por completo. Fue fiel al recuerdo de su marido, y se envolvió en una vestimenta de luto para el resto de sus días. Cada noche mandaba disponer ropa limpia del príncipe difunto y conservó siempre una foto de él, de la que nunca se separaba allá donde estuviese. Mientras tanto, la reina con su comportamiento iba consumando la indisoluble unión de la monarquía, del pueblo y del Estado en un conjunto único. Otro éxito importante fue la consecución de la integración de la nobleza en los valores morales de la burguesía, auténtico motor del país, puesto que ésta llevaba sobre sus espaldas el éxito y apogeo de la revolución industrial. La propia reina fue la que extremó las pautas más rígidas de esa moral, imprimiendo su sello personal, algo pacato y estrecho de miras y que no en balde se denominó modelo victoriano.

Con el gobierno del conservador Benjamín Disraeli (1874-1880) se produjo el único paréntesis a su perpetuo estado de viudez. Disraeli fue el político que mejor supo penetrar en el carácter de la reina, alegrarla e incluso halagarla, desviando un tanto su predilección de siempre por los liberales. En el año 1877, la reina fue proclamada emperatriz de la India, una vez que ésta fue totalmente dominada por las fuerzas coloniales inglesas. El broche de oro se produjo con la adquisición y control del importante canal de Suez. El imperio inglés llegó a comprender el 24% de todas las tierras emergidas y a dominar un conjunto de 420 millones de personas. Londres se convirtió, durante mucho tiempo, en el primer centro financiero y de intercambio comercial en el mundo. La presión colonial hizo que el gobierno de Inglaterra llegara hasta los últimos confines de Asia, Oceanía y África. Dicho liderazgo lo perdería Inglaterra ya con la entrada del nuevo siglo a causa de la presencia de dos nuevos países: Estados Unidos y un renovado Japón.

En Inglaterra, el pacto político constitucional, nacido con la Revolución Industrial, había relegado a los monarcas a un papel puramente subsidiario. Inglaterra, a comienzos del siglo XIX, había sido la vencedora moral de la Francia napoleónica, además de ser dueña de los mares y por ende del comercio. Estas circunstancias la hacían estar mejor preparada para acometer definitivamente el despegue industrial y técnico que la llevaría a ostentar la primacía mundial. Aunque los monarcas reinaban pero no gobernaban, el constitucionalismo de la época victoriana todavía distaba mucho de las actuales acepciones que hoy tiene tal término. La monarquía inglesa, en realidad, era la correa de transmisión entre las facciones sociales más importantes del reino: la oligarquía de notables, la nobleza derrotada por la Revolución Industrial, la burguesía poderosa y emprendedora, los grandes comerciantes e industriales. El reparto de poder, en principio, se efectuaba mediante sufragio censitario.

En el año 1832 se procedió a una reforma política trascendental que permitió ampliar sensiblemente el cuerpo de electores. Con la reina Victoria en el trono, ese proceso se continuó en diferentes fases, hasta que en el año 1874 una amplia capa de las clases populares pudo participar en el gobierno. En ese proceso de democratización participaron todos los partidos políticos: desde los más radicales hasta aquellos que se turnaban en el poder con una alternancia más o menos regular. Las diversas corrientes del radicalismo nunca llegaron al poder político, pero sí provocaron concesiones parciales por parte de los gobernantes de turno, a la vez que iban limando los aspectos más conflictivos de sus exigencias. De este grupo heterogéneo saldría un fuerte movimiento obrero, muy reivindicativo en el reinado de Victoria y que se consumó, después de violentos enfrentamientos, con el reconocimiento, en el año 1868, de las Trade Unions (los sindicatos).

Los esplendores de la era victoriana hallaron sus grandes agentes en una pléyade de eminentes y flexibles estadistas que posibilitaron el avance sin prisas pero sostenido hacia la total democratización del sistema. De los veinte gabinetes que se formaron a lo largo de su dilatado reinado, los más sobresalientes fueron los comandados por: el mVizconde Palmerston(1859-1865) y Wiliam Eward Gladstone (1868-1874) por los liberales; y Robert Peel (1841-1846) y Benjamín Disraeli (1868 y 1874-1880) por los conservadores. Paradójicamente, los dos ministros conservadores fueron los que impulsaron las reformas más profundas y de claro tinte social.

El papel de la reina fue esencial para el resurgimiento del sentimiento monárquico en el pueblo, aproximando la Corona a todas las capas sociales, borrando el recuerdo nefasto de sus antecesores e inculcando sólidamente la institución en la psicología colectiva de sus súbditos. Esta tarea la llevó a cabo gracias al asesoramiento y valía de estos ministros.

Entre los años 1829 y 1842, Inglaterra sostuvo con China las llamadas Guerras del Opio, motivada por las restricciones del gobierno chino al comercio inglés y particularmente por haber prohibido que los británicos llevaran opio a territorio chino. Con el tratado de Nanhin, el comercio inglés fue restituido a la vez que Nueva Zelanda pasaba a formar parte del Imperio.

En 1854, Inglaterra participó, junto con Francia y Turquía, en la Guerra de Crimea para frenar la cada vez más peligrosa expansión territorial de Rusia. Por otra parte, en Irlanda tuvo que enfrentarse a constantes rebeliones, como la de los años 1843, 1848 y 1867; todas ellas buscaban la independencia del pueblo irlandés. Las peticiones irlandesas se concretaron en el Home Rule (gobierno local autónomo). Con la gran hambruna que sacudió a Irlanda en el año 1850 y que diezmó a la mitad a la población de la isla (debido a muertes o a una fuerte emigración), los irlandeses pidieron ayuda a Inglaterra, quien no sólo no mandó alimentos, sino que siguió explotando los campos irlandeses y enviando los productos a la metrópoli. La presión irlandesa creció hasta tal punto que, bajo el gobierno de Gladstone, se promovió un proyecto de ley para estudiar la posible autonomía irlandesa.

Gracias a la influencia que ejercía sobre la reina, el primer ministro Benjamín Disraeli se embarcó en una política exterior expansionista. En 1875 se bombardeó Alejandría, consiguiendo así el control sobre el canal de Suez, que permitía el paso del Mediterráneo al Mar Índico, sin tener que bordear el continente africano. En 1876 la reina fue proclamada emperatriz de la India. En 1878 la Corona estableció un protectorado sobre Alejandría y se adueñó de la isla de Chipre. Todos estos éxitos territoriales fueron acompañados por la gran ocupación que los británicos acometieron sobre suelo africano en la última década el siglo: en 1890 se conquistó Zambeze, en 1902 Zanzíbar, Nigeria y la zona del Transvaal. En el año 1899 se consumó totalmente la colonización sobre Australia y se formó el Commonwealth australiano.

La reina Victoria representó toda una época y una forma de vida, no sólo para Inglaterra sino también para gran parte del mundo europeo. Encarnó los ideales ambiciosos de expansión postulados tiempo atrás y retomados luego por la potencia que sustituyó a Inglaterra: Estados Unidos. Personalmente fue una mujer afable y con una risa expresiva, propensa a la gordura, que disimulaba con las holgadas ropas que vestía. Su habilidad política consiguió sacar partido hasta de su viudez, explotando la imagen prestigiada de la reina viuda de Europa. No obstante, se dejó llevar muchas veces por una limitación política y de estrechez de miras que pudo ser superada gracias a la habilidad de sus ministros.

A pocos días de su muerte, en Osborne, el cortejo fúnebre de Victoria, reina de Gran Bretaña e Irlanda y de los dominios de ultramar, emperatriz de la India y defensora de la Fe, congregó a cuatro reyes, diecisiete príncipes y al presidente de los Estados Unidos, que escoltaron a caballo la cureña que condujo sus restos hasta el mausoleo de Frogmore, donde yacían los de su bienamado Alberto desde hacía cuarenta años. Con su desaparición se cierra un singular capítulo de la vida inglesa.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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