"LA ECONOMÍA DEL BIEN COMÚN"

Reseña del libro de Jean Tirole, premio Nóbel de Economía 2014
poltada-i6n15459601

La economía del bien común” podría contener varios libros en uno, pues abarca temas tan diversos como las orientaciones más actuales en la investigación económica, el papel de un Estado moderno, los fallos del mercado, el cambio climático, el mercado laboral o la economía digital.

¿De qué trata este libro? Podríamos decir que responde básicamente a una percepción generalmente admitida y, segundo, a una situación social determinada. La percepción es que, aunque la economía es la ciencia de la asignación eficiente de recursos escasos, el mercado no siempre logra ese objetivo y, en consecuencia, se hace necesaria la intervención del Estado. La novedad estriba en el enfoque de esa intervención, que debe preservar o mejorar la competencia y actuar a través de reguladores independientes. La situación social es la de ansiedad en una sociedad golpeada por la crisis reciente, que genera un malestar con impulsos crecientes hacia recetas simplistas, populistas, que pueden poner en peligro la organización político-social de la misma tal como hoy la conocemos, sin solucionar sus problemas. Jean Tirole conjuga, pues, el rigor del experto en organización industrial, en teoría de juegos y en teoría de la información con la visión más amplia conectada con ciencias sociales como la psicología o la sociología.

El libro puede dividirse en tres partes. La primera, del primer al quinto capítulo, está dedicada a los objetivos y limitaciones de la economía y, por tanto, se habla de los fallos del mercado. Se completa esta parte introductoria con dos capítulos dedicados a lo que podríamos llamar las fronteras del conocimiento económico, al menos en el ámbito micro: la teoría de juegos y la teoría de la información, campos que, junto a la organización industrial, son la principal especialidad académica de Jean Tirole.

Básicamente, tanto la teoría de juegos como la teoría de la información son enfoques matemáticos y, al menos en el segundo caso, interdisciplinares, surgidos a partir de los años cincuenta y que vienen a responder a la cuestión de la toma de decisiones con información fragmentaria o incompleta e incertidumbre. Dominan lo que podríamos llamar teoría de precios y mercados pos-Stigler, tomando a este famoso economista como el último clásico del enfoque micro tradicional. Problemas de elección, problemas de asignación, microeconomía moderna, sin que pretenda negarse la utilidad heurística de la teoría tradicional, bien el enfoque marshalliano, bien el walrasiano o de equilibrio general. No hay mercado sin costes de transacción. De aquí surgen dos ideas: por un lado, la posibilidad de una producción y planificación internas; por otro, la ausencia de recetas universales. Cada empresa debe adaptarse a su mercado, lo cual también tiene implicaciones sobre la regulación de los poderes públicos, esto es, en las políticas sectoriales a las que Jean Tirole dedica la tercera parte del libro y en las que se muestra partidario de un enfoque caso a caso guiado por unas pocas directrices generales.

El corolario de esta sección es claro: el paradigma de homo economicus” es ineficiente para entender los problemas actuales. Las demandas de las sociedades modernas van más allá de los predicados de la teoría tradicional, en parte porque ya existen pocos mercados tradicionales. Esto exige una revisión de nuestros conocimientos, pues el objetivo no es sustituir al mercado sino generar más competencia vía regulación óptima.

La segunda parte está dedicada al marco institucional y a algunos temas de carácter más general y, por consiguiente, menos sectoriales, como el cambio climático, el desempleo, la construcción europea o la crisis financiera de 2008. Aunque también el problema del calentamiento global y la emisión de gases de efecto invernadero, así como el mercado laboral, asociado al desempleo estructural, podrían calificarse como desarrollos sectoriales.

Desde un punto de vista sociopolítico, el sexto capítulo, “Por un Estado moderno”, es el más interesante del libro. Pues no hay “economía del bien común” sin regulación pública, y ésta precisa de un marco institucional apropiado. El punto de partida es la cohesión social, un valor sin el cual no funciona el entramado económico. Pero la clave es lograr esa cohesión social que implica grados diversos de protección sin perjudicar la eficiencia económica. Y aquí entra la política, pero también, como sostiene Jean Tirole, la racionalidad económica. Su aportación en este tema es doble. Primero, la defensa de la competencia y la complementariedad del mercado y del Estado. Esferas aparentemente excluyentes con predominio del primero (liberalismo) o del segundo (socialismo). La función primordial del Estado debe ser la regulación de los mercados en favor del consumidor, no su sustitución por monopolios públicos. La liberalización debe ser un asunto compartido entre los agentes del mercado y sus reguladores.

En conclusión, un libro muy notable, valiente, quizás excesivamente prolijo en algunos temas y no tanto en otros ‒la fiscalidad, por ejemplo‒, que tiene el mérito de abordar los problemas del papel del Estado en el mundo actual, descendiendo a los detalles, sin caer en fórmulas simplistas. El papel del Estado es mejorar la competencia, ayudar al ciudadano, no nacionalizar o aumentar el gasto público corriente. Los recursos son escasos, el mercado no es perfecto, precisa en muchos casos de una regulación inteligente, pero el mercado, es decir, la competencia, no tiene alternativa. El Estado debe ser más eficaz, más próximo al ciudadano, menos dependiente del proceso político, aunque los objetivos sean siempre políticos. Este mensaje quizá no sea muy original, pero escrito en Francia, país de una tradición estatista enorme, tiene, en tiempos turbulentos como los actuales, un gran valor. Aunque Jean Tirole elude conscientemente cualquier calificación política, el mensaje de contenido liberal moderado entronca perfectamente con el debate político francés del momento y, por extensión, con el europeo. La reforma del Estado de bienestar deberá afrontarse desde un análisis racional ‒este es el papel del economista‒ y teniendo siempre en cuenta los efectos colaterales de toda intervención pública. La Economía del bien común” contribuye decisivamente a este debate.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar