LA TRASCENDENCIA DE UN 30 DE OCTUBRE DE 1983

A 34 años del nacimiento de la nueva democracia argentina
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Para quienes concurrimos por primera vez a las urnas en 1983, la fecha de hoy no puede pasar inadvertida, como un día más en nuestras vidas. Ese tan lejano 30 de octubre nos hizo entrar de lleno en la adultez. Con nuestro sufragio estábamos decidiendo la organización del país en el que queríamos vivir.


Los ideales juveniles los teníamos muy vivos y las utopías no existían para una generación que había nacido en los años 60, años de grandes cambios en el mundo, y a la que había asistido como un “convidado de piedra” en discordias, desencuentros, disputas y represiones que venían desde mucho tiempo atrás, pero que se manifestaron con toda su brutalidad durante los sangrientas luchas de los 70.


No fuimos nunca esa “juventud maravillosa” que rompió con cánones establecidos, ni los revolucionarios que soñaban con imponer sus ideas con la tinta de su propia sangre. Pero siempre creímos que vivir en una sociedad más justa, en una nación respetuosa de las instituciones democráticas, en una república libre y soberana era una meta alcanzable.


Por eso, cuando pudimos vislumbrar que el amanecer de la larga noche de plomo y totalitarismo que cayó sobre el país luego el golpe militar de 1976 estaba próximo, la algarabía de ser, ahora sí, partícipes necesarios e indispensables de ese momento histórico, renovó nuestras esperanzas y redoblamos la apuesta.


Fuimos testigos de discursos memorables; de genuinas y multitudinarias manifestaciones, convocadas sin el uso de las Nuevas Tecnologías, no sólo porque en aquel entonces no existían, sino porque, de haber contado con ellas, no habrían hecho falta. No nos movilizábamos por un interés dinerario, ni por la promesa de un plan social o un subsidio. Nos movilizábamos por nuestros sueños, que eran los sueños de todo un pueblo, de comenzar, de una vez por todas, a vivir en un país normal, con instituciones del Estado que cumplieran sus altas funciones, con gobernantes que representaran los interese de todos, con una Constitución que se impusiera a cualquier dificultad y, por sobre todas las cosas, que nos garantizara el libre goce de todos nuestros derechos.


Nos emocionó hasta las lágrimas, en este momento, y lo sigue haciendo ahora, a la distancia de estos 34 años que nos separan de aquellos días, el recitado del Preámbulo de nuestra Carta Magna, hecha por el Dr. Raúl Alfonsí, quien resultaría electo ese 30 de octubre de 1983 como Presidente de la Nación. Y nos emocionó, porque desconocíamos en ese entonces lo que significaba vivir en democracia. Y si nos sigue emocionando ahora, es también porque añoramos volver a ser una democracia en serio, una democracia material y no la democracia formal que se sucedió luego de la entrega anticipada del Poder al segundo Presidente electo de la nueva era, Carlos Saúl Ménen.



La presidencia del Dr. Alfonsín no llegó a los 6 años estipulados por esa Constitución, que fue el único instrumento jurídico con el que se valió para gobernar un país desvastado por el dolor de las atrocidades cometidas por la genocida última dictadura militar, un país cruzado por la miseria y el hambre, por las dificultades que se le presentaron cuando los nostálgicos de 50 años de interrupciones democráticas pensaron que podían volver a imponer la voluntad de sus botas y uniformes. Contra todo eso se enfrentó Alfonsín, y su figura se agigantó en nuestras conciencias cuando pudimos comprender que no sólo fue capaz de consolidar el sistema en el que hoy vivimos, sino que, además, tuvo la valentía y la humildad de producir un renunciamiento que muy pocos serían capaces de hacer.


Lo que vino después de ese período, es algo que se pudo palpar hasta los primeros días de diciembre de 2015. Poderes del Estado viciados, gobernantes mezquinos y con una cuota de ambición personal rayana con los más deleznables antivalores éticos, morales e institucionales.


Muestras de lo antedicho sobran: durante los 90, una Corte a la que se la calificó como “de mayoría automática”, con el menoscabo al valor de la justicia que ello implicó; dos presidencias menemistas con escandalosos negociados y con atentados terroristas que aún hoy están sin resolver. Luego, esa “coalición” de gobierno que significó la experiencia de la “Alianza” en el Poder, que vino con la promesa de desterrar la corrupción para siempre del seno de nuestra sociedad, pero que careció de fuerza para ello y de imaginación para implementar cualquier tipo de medida novedosa, a tal punto que, ya sin ningún tipo de apoyo, tuvo que regresar a las viejas recetas y recurrir a nombres que significaron todo lo que se pensaba que no iba a tener más cabida en el país. Fue cuestión de tiempo esperar que el “polvorín” que el neoliberalismo menemista había dejado encendido explotara. Sucedió de la peor manera, con la clase media volcada a la calle haciendo oír su protesta con el ruido de sus cacerolas y con los más humildes, “arriados” por los desestabilizadores de siempre, saqueando supermercados y quemando todo lo que encontraban a su paso. Los argentinos estuvimos a pocos centímetros de caer en la más total de las anarquías. Sin embargo, hubo algo que detuvo el desastre. Una semilla había germinado y se mostraba en el momento en que más la necesitábamos. Esa semilla nos estaba diciendo que el período inaugurado, hace hoy 34 años, no podía derrumbarse por la negligencia de unos y la codicia de otros. Esta vez no se perdió la república, como tantas veces había ocurrido en parecidas circunstancias. Se buscó un camino, una salida institucional a la enorme crisis.


Eduardo Duhalde, que no le había podido ganar la presidencia a Fernando de La Rúa, en elecciones legítimas, era finalmente consagrado Presidente por la Asamblea Legislativa, aún con todas las sospechas que lo sindicaban como el artífice directo de la revuelta popular que le dio la estocada final al gobierno de la “Alianza”.


El orden constitucional había librado una batalla enorme, y salía de ella con las marcas visibles en la mayoría de los miembros de la sociedad argentina, pero consolidándose como la mejor, la única salida posible a todas las crisis.


Pero todavía faltaba librar una última batalla, mucho más larga que la anterior. Una batalla silenciosa, pero no por ello menos cruel y dura. Esa batalla duró 12 años. Fue la batalla del Preámbulo de esa Constitución que Raúl Alfonsín estableció como la base insoslayable de la nueva democracia argentina contra el relato “Nac & Pop” que, disfrazado de un falso populismo se instaló en el país para avasallar con todo el andamiaje sobre el que se sustenta el sistema republicano de gobierno, y que, valiéndose de las necesidades más acuciantes de vastos sectores de la sociedad, pergeñó el sistemático plan de apropiación de los dineros públicos en beneficio de una asociación de delincuentes que creyeron que la impunidad era un derecho adquirido de manera vitalicia.


Y esa lucha, la de una sociedad que finalmente comprendió el significado de aquello que sucedió el 30 de octubre de 1983, fue la que, finalmente, le dijo “no”. Un “no” que se expresó a finales de 2015 y que se renovó el pasado domingo 22. Un “no” que, contrariamente a como suena, es una afirmación rotunda a las esperanzas y los sueños que tuvimos quienes fuimos testigos de ese mojón que dejó para la historia institucional de la República el Presidente Raúl Alfonsín, y que también es el sueño y la esperanza que anida en la generación que nos sucede, y que no se conformó con vivir de la dádiva estatal, sino que se decidió, literalmente, por cambiar el presente y ser artífice de su propio destino.


Todo lo relatado, y mucho más que sería imposible de reflejar en una simple reseña histórica de los hechos, configura la enorme trascendencia de una fecha como la de hoy.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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