"LA VIDA NEGOCIABLE"

Reseña de la novela de Luís Landero
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Gregorio Olías, el protagonista de la deslumbrante y primera novela de Luis Landero, “Juegos de la edad tardía”, le pregunta un atardecer a su abuelo por el afán. “El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas, y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán”, responde el abuelo. En su última y no menos deslumbrante novela, “La vida negociable”, reaparece con fuerza este concepto y se fortalece con un cariz existencial al influir sobre las decisiones vitales que toma el protagonista.

En efecto, la novela narra los afanes de Hugo Bayo, desde que en su adolescencia su madre le cuenta un secreto hasta la página final en que mira absorto el rótulo de una peluquería, oficio al que parece condenado. Hugo es zarandeado por el afán descrito hace casi tres décadas, que Luis Landero recupera ahora: “Porque era el viejo, el incansable, el desaforado, el sucio y querido afán que regresaba una vez más a mí, después de un prolongado letargo en la penumbra acogedora y sedante de la costumbre, y que me invitaba y urgía a abandonar la holganza del presente para ponerme otra vez en marcha y emprender nuevas aventuras, nuevas vidas todavía por inventar y por vivir, nuevos sueños a los que perseguir sin un momento de tregua ni descanso”.

Hugo Bayo pertenece a la misma estirpe de personajes soñadores e inmaduros que pueblan otras novelas del autor, personajes que no terminan de hacer realidad sus sueños, se trate de lo que se trate: ser un gran guitarrista, un pionero de las praderas americanas, un seductor, un actor o un hombre rico. La curiosidad de Luis Landero por todas las profesiones, que suele describir con detalle y agudeza, llega a la fascinación en el caso de las peluquerías. En las peluquerías, “lugares ecuménicos y enciclopédicos”, cohabitan la tertulia y el periodismo, la educación y la democracia, la medicina y el confesionario, y “a priori” parece el lugar adecuado para el triunfo del elocuente Hugo Bayo. Pero ese oficio termina convirtiéndose en una metáfora del afán del protagonista, pues representa su salvación y su condena, su pena y su gloria. Su éxito casual como peluquero de barrio le recuerda que había soñado con otra vida muy diferente en la que él habría impuesto todas sus cláusulas, sin negociar a la baja. Las decepciones y los incumplimientos de los sueños contribuyen a que Hugo vaya convirtiéndose en un pícaro amoral y canalla y tiñe la novela con un tenue velo de melancolía.

Son los personajes y sus andanzas, y no las doctrinas, los que interesan a Landero, que no emite juicios éticos ni convierte al protagonista en un predicador alfa ni en un ideólogo, a pesar de su elocuencia y su capacidad de persuasión. Narrada en primera persona, es el propio Hugo Bayo quien se pregunta por su identidad, quien se interroga sobre sí mismo sin terminar de hallar un marco conclusivo donde verse reflejado con nitidez. No es un psicólogo quien huronea en su alma, y ni siquiera lo es el autor, Landero, que permanece callado, sin expresar simpatías ni antipatías. La primera persona gramatical comporta el riesgo de la rumia, de relegar la narratividad a un segundo plano en beneficio del flujo de conciencia y de una visión solipsista por parte del narrador ensimismado, maniatado por un exceso de introspección. Landero, sin embargo, evita ese peligro al hacer que su protagonista se enfrente a continuos conflictos con su entorno y al implicarnos a los propios lectores como oyentes desde el primer párrafo, en un discurso dialógico que nos alude y al que asistimos con los ojos muy abiertos, unas veces espantados, otras divertidos, pero siempre seducidos por el relato.

Con una profunda lucidez, Landero muestra las contradicciones y la complejidad de la condición humana y mezcla en su protagonista virtudes y defectos (más de estos últimos), valor y cobardía, confianza e incertidumbre, calma y ansiedad. Le hace oscilar entre arrebatos de inspiración y épocas de desaliento: un día ataca al grupo de adolescentes matones que lo acosan, y otro día se hunde en la pereza; sueña con vivir en la naturaleza, pero su vida es urbana y los exteriores que contempla son las calles de la ciudad, que, excepto en el último capítulo, constituye el espacio global de la novela. Hasta físicamente se mezclan y se entrelazan lo sublime y lo grotesco, como la vomitona con que cierra ante Olivia la exposición de sus utópicos proyectos de felicidad. Como afirma Hugo: “Ahora que lo pienso, en mi vida, como en tantas vidas, ha pasado un poco de todo, quiero decir que he cultivado casi todos los géneros y subgéneros literarios y en general artísticos, la comedia, el drama, la farsa, el esperpento, la novela de acción y de suspense, la novela psicológica, la policíaca, la erótica, la realista, la didáctica, el folletín, el sainete, y qué sé yo cuántos más”.

Y aunque esa idea de la existencia como una mezcla de drama y de comedia, de tragedia y de sainete, se repite a menudo en el libro, en esta ocasión Landero es más trágico que festivo, más amargo que complaciente, pues la de Hugo es una vida poco ejemplar, aunque él no sienta vergüenza ni remordimientos por el chantaje a sus padres o el maltrato a su amigo Marco: su relato no es una confesión en la que se revelan los pecados a fin de redimirlos. Incluso cuando aparece alguna imagen en apariencia cómica, como la del protagonista en “el suelo, coronado de espaguetis y salsa de tomate, los lentes colgados de la nariz”, predomina en ella un acento de fracaso y desolación.

Dividida en dos partes, cada una con trece capítulos y con un idéntico número de páginas, la primera es una novela de formación, género que de un modo u otro está muy presente en la obra de Landero, y se cierra al comenzar la segunda parte con la marcha del protagonista al servicio militar, considerada tradicionalmente como el inicio de la edad adulta. Esa adscripción genérica también se evidencia cuando, en un pasaje clave, Hugo reconoce haber aprendido una trascendente lección moral, relacionada con el título “La vida negociable”: que con el paso del tiempo, para eludir la angustia o el remordimiento, aprendemos a convivir con errores y vilezas, apartamos la culpa a un rincón donde no la veamos y terminamos encontrando justificación a nuestros actos más indignos: “Aprendí que, por muy bajo que uno caiga, mal que bien acaba por amoldarse a su situación. Se mueve y se remueve hasta encontrar una postura más o menos cómoda. Eso es todo. Se adapta al medio. Porque en el oscuro trasmundo de cada individuo solo y desabrigado, la ley de la supervivencia puede más que los imperativos éticos”. Hugo Bayo, además de soñador, se ha convertido en un villano, como él mismo reconoce: “Ese soy yo, y eso es todo cuanto puede decirse de mí y de mi paso por el mundo. ¿Hugo? Un inútil, y en voz baja: Y una mala persona”. Y en efecto, hay otros personajes de Landero a los que nos alegraríamos de volver a ver antes que a Hugo Bayo.

La novela brilla en este y en otros párrafos similares en los que Hugo incursiona en su yo, se pregunta quién es y toma conciencia de sí mismo, de su identidad, de su incapacidad para el amor, de lo contradictorio de sus actos y lo volátil de sus ideas, de las tensiones simultáneas con que tiene que lidiar, sin llegar a establecer un desenlace: la novela no tiene un final cerrado, que hubiera sido incoherente con el afán, con los vaivenes perpetuos que dominan el carácter del protagonista.

Autor: Eugenio Fuentes

Fuente: http://www.revistadelibros.com/resenas/la-vida-negociable-luis-landero

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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