DE MITO A DESPRECIABLE CARICATURA

"Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda" (Groucho Marx)
Cristina+Fern%C3%A1ndez+de+Kirchner

No soy economista ni pretendo serlo. Soy un simple ciudadano como cualquier otro que vive en este país, que transita sus calles, que se interesa por la realidad socio política, que se informa, que trabaja y hace sus compras cotidianas, que se queja por el aumento de los precios y que se conduele ante situaciones de injusticia social como la pobreza y la indigencia, que está preocupado por la inseguridad que no disminuye; en definitiva, me siento tan capacitado, como cualquier otro, sin ser especialista en materias tan técnicas y exactas como las financieras para reconocer y opinar sobre situaciones que, por más dolorosas que sean, no dejan de ser comunes.

No es anormal que un político en campaña se vaya de lengua, tampoco lo es que lo haga quien ocupa un alto cargo, porque, a la larga, es un acto proselitista aceptado por la sociedad. Pero cuando se dicen “giladas”, y cuando esas “giladas” provienen de quien se auto proclamó como la Presidenta de “todos y de todas”, la cosa cambia.

En su momento, la afirmación hecha por Cristina Fernández de Kirchner, en el sentido de que en Argentina había menos pobres que en Alemania me exasperó, aunque, partiendo esos dichos de una persona que sostenía un “relato” indispensable para apuntalar el andamiaje en que se basó el “Régimen K” que dominó la escena nacional durante doce años, sinceramente no me sorprendió en lo más mínimo. No era de esperar otra cosa, cuando en Argentina nos manejábamos con índices macro y micro económicos dibujados, cuando se sostenía en lo formal una institucionalidad democrática a ultranza y se violaba, en lo material, el contrapeso y hasta la más elemental independencia de los Poderes del Estado, cuando las masas, sobre todo en los sectores de más bajos recursos, eran arriadas como ganado para servir de aplaudidores en ceremoniosos actos de apuradas inauguraciones de la obra pública que jamás pasaron de la colación de la “piedra fundamental”, aunque los adjudicatarios de sus construcción ya hubieran cobrado, sino en su totalidad sí en gran parte, los certificados de las mismas, cuando se expoliaban los ánimos ciudadanos a través del enorme aparato propagandístico oficial, cuando se metía miedo a la población con el seguro abismo en que caerían todos aquellos que recibían planes y subsidios del Estado si cambiaba el signo político del gobierno, mientras se mantenía el más ofensivo, grosero y aberrante clientelismo partidario a través de ellos, más propio de los caudillismos del siglo XIX que de la moderna democracia que se decía reinar en la Nación. En fin, aunque exasperado por tamaña mentira, la sorpresa no cundió en mi, ya que todo lo relatado indicaba, clara y cabalmente, que estaba en presencia de un populismo totalitarista que había sentados sus reales en estas latitudes, con el fin de pergeniar y llevar a cabo el sistemático plan delictivo que, a la postre, era su única meta.

Si bien la exasperación es irritante, la falta de sorpresa aplaca los ánimos, por que lo que está avisado, para quien puede y se precie de mirar dos centímetros más allá de sus narices, hace que también pueda vislumbrar el anunciado final.

Ahora, la sensación es diferente, porque la candidata a primera Senadora de la Provincia de Buenos Aires por “Unidad Ciudadana”, el espacio creado por la “abogada exitosa” para volver a intentar hacerse nuevamente de una cuota de poder que la catapulte en las elecciones presidenciales de 2019, despegándose del descrédito que todo lo relacionado con el “kirchnerismo” genera en el votante argentino, se le ha dado por tirar frases “efectistas” pero carentes de cualquier tipo de sustento fáctico. Entonces, cuando esta desdibujada caricatura de estadista lanza expresiones tales como que “de cada 3 argentinos 2,8 son pobres”, quedan dos caminos: la risa o la compasión.

Risa porque, desde cualquier punto que se quiera analizar ese número, resulta materialmente imposible que, en un país que, según los dichos de la propia ex Presidenta, hasta hace tan solo dos años había apenas un aceptable cinco por ciento de pobres, ahora esa cifra se haya elevado al noventa y tres como treinta tres por ciento del total de los habitantes. La ridiculez evidente y manifiesta es tal, que ni las peores crisis mundiales que afectaron a los distintos países del planeta arrojaron semejante índice, y, por lo que se puede apreciar, si bien la Argentina no está en su mejor momento, la situación actual dista muchísimo de aquellas que configuraron los más grandes descalabros económicos que tan bien conocemos.

La compasión, para quien quiera sentirla, ya que no es mi caso, puesto que no puedo tener ese sentimiento para con quien se mofó de “todos y de todas”, haciendo de su gobierno una verdadera “asociación ilícita”, con ella misma como “jefa”, desperdiciando una de las épocas de mayor crecimiento económico mundial y con el más favorable viento de cola para el país, acrecentando su fortuna personal, la de sus familiares, allegados y socios de la manera más obscena posible. Entonces, para quien pueda obviar todo esto, y para aquel que la mencionada expresión no le cause risa, la compasión es el segundo camino, puesto que este sentimiento puede anidar en quien se apiade de una mujer que, estando desesperada, casi en estado de pánico, por los sondeos e indicios que a tan sólo 10 días de las elecciones legislativas le arrojan una intención de voto aún más baja que en las PASO, y habiendo contado otrora con un histórico 54%, que la hizo soñar y decir eso de “ahora vamos por todo”, hoy esté dando el triste espectáculo de quien tira “manotazos de ahogado”, en el desquiciado intento por salvar lo poco que le queda de ese enorme caudal electoral que supo controlar y administrar de manera tan displicente como irresponsable.

En el mundo entero y en nuestro país sobran los ejemplos de personas, hombres y mujeres, que se convirtieron en mitos: Hipólito Hirigoyen, Carlos Gardel, Juan Perón, Evita, Arturo Illía, sólo por nombrar unos pocos. Pero también hay demasiados que de mitos se transformaron en hombres y mujeres decepcionantes y caricaturescos, dignos de lastimeros, compasibles o despreciables sentimientos. El ejemplo más cabal de estos últimos aún lo podemos ver deambulando por cualquier señal televisiva de cuarta que le quiera brindar unos minutos o por espacios y tribunas pagadas con los dineros que tan bien supo robarle a todos los argentinos. Cada quien escoja el sentimiento que más le guste para con la hacedora de la “década ganada”. Por mi parte, como no puedo sentir ni lástima ni compasión, escojo el desprecio.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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