¡CUIDADO! ANIMALES HABLANDO

Bonfatti, en una muy malograda intervención, comparó a Hitler con Mauricio Macri, al sostener que el pueblo se equivocó antes con el primero, y ahora se equivoca con el segundo
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Los seres humanos somos la única especie sobre la tierra que hemos logrado desarrollar el más sofisticado y complejo sistema de comunicación, al menos el que hasta ahora se conoce o el que nuestro entendimiento puede llegar a interpretar: el lenguaje.

El hombre, desde hace miles de años, viene comunicándose con sus congéneres a través del habla. Seguramente esta característica, junto con el enorme poder de adaptación, sean el motivo por lo que no nos hemos extinguido, pese a haber sufrido los mismos cataclismo y desastres naturales que hicieron que muchísimas otras especies de animales desaparecieran para siempre.

El lenguaje no sólo le ha servido al hombre para reunirse en comunidades organizadas, sino que también ha sido el eje central sobre el que se baso su supremacía sobre toda otra especie viviente, sus logros y adelantos y, en definitiva, su evolución misma.

El lenguaje, ya sea oral o escrito, fue uno, sino el más importante, de los engranajes para lograr la diversificación y especialización con que los seres humanos hoy contamos, y que nos proporciona la herramienta sin la cual la vida, tal y como hoy la conocemos, no hubiera sido posible.

Los hombres primitivos plasmaron primero sus ideas dentro de la cavernas en dónde se protegían de las inclemencias climáticas, a modo de dibujos sobre piedras. Ese, de seguro, fue la más primitiva manera en que un hombre le comunicó a otro lo que sentía, lo que pensaba.

Luego vinieron las palabras, articuladas en frases cortas, que cada núcleo humano fue desarrollando hasta convertirlas en verdaderos idiomas. Y con los idiomas llegaron formas más avanzadas de comunicación, que quedaron plasmadas en los primeros escritos que se conocen.

Finalmente, el hombre comenzó a escribir sus ideas en libros, y de esta manera, dejaron su huella para el conocimiento de venideras generaciones.

El lenguaje supuso, también, una nueva forma de solución a las disputas lógicas y naturales que se generan cuando dos o más personas se reúnen para conformar una comunidad.

Lo que antes se dirimía sólo con la lucha cuerpo a cuerpo, en dónde un grupo imponía, mediante su fuerza bruta, una idea a otro, con el lenguaje se transformó en discusión mediante la palabra, en la búsqueda de un punto de encuentro entre dos razonamientos opuestos.

Claro que la historia de la humanidad está plagada por sangrientas luchas armadas, las que no pudieron evitarse ni detenerse, aún cuando el lenguaje ya era un factor fundamental de la vida. Sin embargo, hay que pensar en cuántas muertes y cuántas guerras sí se evitaron cuando la inteligencia de las partes involucradas pudo entenderse, para tomar real dimensión del lugar en dónde todavía estaríamos si no hubiéramos sido capaces de usar las palabras como medio de comunicación. De seguro, de no haber sido por la utilización de éstas, aún viviríamos dentro de cuevas o cavernas y esto que hoy estoy escribiendo jamás hubiera sido, no solo posible de hacer, sino que ni siquiera hubiera sido posible de imaginar.

Esta introducción viene a cuento de un hecho que muchos habitantes de este planeta presenciaron ayer, y que debe haber dejado en cada uno una visión o enseñanza diferente, acorde a la sociedad en que le toca vivir. Me estoy refiriendo, de manera concreta, al discurso pronunciado por el Presidente de la Generalidad de Cataluña, Carles Puigdemont, ante el Parlamento, con motivo de la crisis que hoy se vive en esa región de España por el conocido resultado del referendum independentista que triunfó el pasado 1 de octubre.

Y digo que la visión o la enseñanza de sus palabras necesariamente será diferente, de acuerdo al lugar del planeta en dónde cada uno de nosotros nos toque transitar nuestra vida cotidiana, ya que de seguro no es lo mismo escuchar un discurso político, de una envergadura tan transcendental como el de ayer, en el que no hubo una sola palabra de agravio, ningún exabrupto, ni el más mínimo atisbo de incitación a la violencia, ni una sola amenaza, ni un solo insulto, sino todo lo contrario, porque las palabras utilizas por Puigdemont fueron cuidadosamente escogidas para hacer un llamamiento a la pacífica resolución de la cuestión, abriendo puertas para el entendimiento de las partes, poniendo paños fríos a un tema de por sí quemante, sin renunciar en nada a la voluntad popular expresada en las urnas. Entonces, decía que seguramente no es lo mismo para quien escuchó ese discurso y que está acostumbrado a vivir en una sociedad en la que los conflictos se resuelven a través de la búsqueda de consensos, teniendo el más alto y absoluto respeto por aquel que piensa y siente de manera diferente, que para aquel que ha desarrollado su vida en sociedades y en períodos de la historia en el que solo se acepta una única idea como la legítima y verdadera.

En este último sentido, no resulta necesario hacer un gran esfuerzo de memoria e imaginación para posicionarnos en nuestra reciente realidad social y política argentina, en dónde todos y cada uno de los discursos producidos por quien hizo de las “Cadenas Nacionales” el medio propagandístico por excelencia, fueron el más acabado exponente de la negación del “otro”, como idea o como miembro de la sociedad.

Pero tampoco hay que fijar toda la atención en las palabras que supo utilizar y, que aún hoy, utiliza la ex Presidenta de “todos y de todas”, porque exponentes de políticos y dirigentes sociales, que hacen del lenguaje una muy filosa y peligrosa arma, en nuestra actual realidad social hay para “hacer dulce”.

Sin ir muy lejos, en una charla sobre los derechos de los trabajadores, llevada a cabo en el día de ayer en el Teatro del Sindicato de Trabajadores de Comercio de Rosario, el ex Gobernador de la Provincia de Santa Fe y actual presidente del Partido Socialista, Antonio Bonfatti, en una muy malograda intervención, comparó a Hitler con Mauricio Macri, al sostener que el pueblo se equivocó antes con el primero, y ahora se equivoca con el segundo. Esto, además de configurar un gratuito agravio a la gran comunidad judía de la Argentina que vivió en carne propia las bestialidades producidas durante el holocausto Nazi, demuestra con cuanta liviandad o, lo que es peor, con cuánto cálculo se puede hacer un uso temerario de las palabras sin importar a quienes se hiere con ellas.

El señor Bonfatti, ante la evidente pérdida de adhesiones que las elecciones PASO dejaron al descubierto para con el espacio político que él representa, y teniendo muy certeros indicativos de lo mal posicionado que va a quedar ese mismo espacio en la contienda electoral del próximo 22 de octubre, recurre a la “bajeza” de insinuar que, con un mayor porcentaje de miembros de “cambiemos” en el Congreso de la Nación, el Presidente de la República se va a comportar de la misma manera con que lo supo hacer uno de los lunáticos y genocidas más grandes de toda la historia de la humanidad.

Cuánta envidia produce, entonces, poder dimensionar, a través del ejemplo del uso de las palabras del Presidente Catalán, la enorme cantidad de tristezas, desilusiones, ningunéos, vejámenes y conflictos que nos hubiéramos ahorrado, y aún hoy nos ahorraríamos los argentinos, si tan sólo, quienes tenían la responsabilidad de gobernar sobre los que son afines a su mismo ideario político como, también, sobre quienes no lo comparten, y aquellos que actualmente ostentan una cuota de representación política en el país le otorgasen una oportunidad al buen uso del lenguaje para dirimir las diferencias.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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