EL PROYECTO DE "CAMBIEMOS" NO SE DETIENE

La elección de la Provinica de Corrientes: un mensaje para toda la Argentina
59d625dd7f996_645x429

Poco a poco la sombra del regreso se va diluyendo. Poco a poco el país va dejando atrás uno de los períodos más nefastos, crueles e inmorales de su reciente historia.

Las señales de cambio comenzaron el mismo día en que la ex Presidenta de “todos y de todas” anunció, a viva voz, que “ahora vamos por todo” y en la Argentina se alzaron voces de alarma que hasta ese momento habían callado y se mantenían en un estado de inmovilización propio de quienes saben que el rumbo no es el correcto pero no tienen cómo hacerlo ver.

Se dice que por “la boca muere el pez”, y el régimen kirchnerista es uno de los más acabados exponentes de la enorme sabiduría que esa frase encierra.

Cuando creyeron que un 54% de los votos era la suscripción de un cheque en blanco, cuando se persuadieron que teniendo a media ciudadanía “atada” a la catarata de subsidios que desperdició la época de más grande crecimiento de los últimos cien años, cuando quedaron atrapados en las redes de sus propias contradicciones, cuando intentaron violentar las instituciones y la república, el cambio empezó a tomar forma y a ser la única salida posible que quedaba para detener la alocada e irracional carrera hacia un abismo lamentable y conocido.

Es verdad, los cambios pueden darse de dos maneras: abruptos o graduales. Nuestro país ha sabido lo que significa cambiar de la noche a la mañana, y ha experimentado, de la peor manera, ese tipo de situación. Hemos recurrido, en más oportunidades de las que quisiéramos recordar, al mesianismo de las soluciones rápidas, a los “iluminados” que decían tener la “receta mágica”, y así nos fue. Sería ocioso hacer el detalle de cada una de esas situaciones y de cuales fueron, a la larga o a la corta, sus resultados finales.

Pero, de las peores situaciones y de los momentos más trágicos es, justamente, de dónde se pueden sacar las mejores enseñanzas. Me animo a decir que todo lo que hemos padecido en el país, para llegar a dónde estamos, fue, aunque parezca cruel e injusto, absolutamente necesario. Y digo que me animo a asegurar esto, porque, como suele decir una persona a quien admiro profundamente “¿cómo te explico que lo peor que te sucedió es lo mejor que te pudo haber pasado?.

La idiosincrasia de una nación es la suma de la esencia de sus habitantes. Nuestra idiosincrasia ha hecho que, desde siempre, busquemos la solución a los grandes males que siempre nos aquejaron recorriendo el camino más corto. No supimos o no pudimos ver en los ejemplos de otras naciones, que habían atravesado antes por problemas parecidos, cuál era la mejor manera de enfrentarlos.

Pretendimos ser innovadores. Nos dejamos seducir, demasiado fácilmente, con la idea de que eramos capaces de encontrar o de inventar nuevos modelos dentro de los contextos políticos internacionales. Por eso nos creímos lo de la “tercera posición”. No eramos ni “blanco ni negro”, ni “bueno ni malo”. Eramos Argentina. Eramos el país de todos los climas y de todos los paisajes. Pensamos que con “una buena cosecha” estábamos salvados. Y por eso no fuimos capaces de ver que el mundo cambiaba mucho más rápidamente de lo que podíamos hacerlo nosotros. Entonces, quedamos fuera de ese mundo, no porque los demás nos hubiesen excluido, sino porque no pudimos estar en condiciones para adaptarnos a ese nuevo mundo que se abría paso de la mano de nuevas formas de ver la política, de la mano de nuevas maneras de encarar los problemas sociales y económicos. Un mundo que se globalizó con la aparición de las Nuevas Tecnologías, pero que supo aprender de los errores cometidos en el pasado.

Podremos criticar los conflictos que afectan a las grandes potencias internacionales, a los países del denominado “primer mundo”, pero sus habitantes no padecen hambre; la desocupación está siempre en niveles aceptables; la pobreza y la indigencia son mínimas y la inseguridad está directamente relacionada con la actividad terrorista. Es decir, sus problemas, su manera de vida, esa en la que solemos compararnos, y en la que en un alarde de falso nacionalismo pensamos que salimos gananciosos, son una nimiedad si nos fijamos seriamente en lo que pasa por estas latitudes.

Como decía más arriba, siempre apostamos por el “mesianismo” y por los “magos de la política”, y tuvimos que padecer los fuertes golpes que se producen cuando se rompe la “ilusión” para entender que la única manera posible de concebir un cambio es haciéndolo de manera gradual.

Sobran los ejemplos en la Historia Universal. Desde los cuarenta años en los que el pueblo judío tuvo que deambular por el desierto, para acostumbrar a su gente a ser hombres libres, habiendo sido esclavos por siglos en el antiguo Egipto; pasando por esa frase tantas veces dicha de que “Roma no se hizo en un sólo día”, y hasta llegar al camino que depositó un hombre en la luna, el gradualismo ha sido la constante para coronar con éxito cualquier proyecto que la humanidad se propuso consolidar.

Quien piense que el cambio comenzó en nuestro país en diciembre de 2015, con la asunción de Mauricio Macri a la Presidencia de la Nación, está en un error. El cambio comenzó, como señalé al comienzo de esta nota, cuando pudimos darnos cuenta que el kirchnerismo representaba toda una filosofía política que iba a contramano de la modernidad, de la evolución natural de las sociedades y del mundo en general. Hasta que no mostraron cuáles eran sus verdaderas intenciones, no estuvimos en condiciones de descifrar todos los indicios que teníamos sobre la gran estafa que se había pergeñado con su mentiroso “relato”. Y desde ese momento, hasta hoy, han pasado ya varios años y muchas cosas en la Argentina.

Fundamentalmente, los argentinos hemos comprendido que debemos darnos tiempo a nosotros mismos y a aquellos que nos proponen nuevas formas de encarar los asuntos públicos. Ese aprendizaje ha sido duro, muy cruel en la mayoría de los casos, pero absolutamente necesario.

Hoy, con un país que ha comenzado a levantarse, con índices macro y micro económicos alentadores, aunque todavía exista una muy justificada preocupación, con instituciones del Estado que funcionan de manera normal, con logros demostrables en materias tan sensibles como la lucha contra el narcotráfico, contra las mafias sindicales, contra la delincuencia enquistada en los más altos estratos de las fuerzas de seguridad, la ciudadanía le renueva al actual proyecto político su cuota de confianza.

Reforzando lo dicho en el párrafo anterior, y para no pecar de un falso exitismo, hay que señalar que todavía falta mucho por hacer; recién estamos en el comienzo de una nueva era para el país. Pero el argentino a esto ya lo sabe, y, de seguro, el triunfo de “cambiemos” en la elección para gobernador de la Provincia de Corrientes, llevada a cabo en el día de ayer, es uno de los mejores muestreos de que se pueda disponer para augurar un resultado similar en los próximos comicios legislativos del día 22.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

Te puede interesar