¿Cómo hemos llegado hasta aquí, Cataluña?

INTERNACIONALES 09/10/2017 Por
Cómo hemos llegado hasta aquí. Si para nosotros es inaudito; imagino el asombro que puede tener cualquier observador internacional
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En octubre de 2004 abandoné Buenos Aires para regresar a casa, Barcelona. Fueron dos años viviendo de cerca la durísima crisis de Argentina e intentando entender las complejidades políticas del país. Nunca aprendí tanto. Hoy, trece años recién cumplidos desde mi regreso, me resulta más complicado entender qué ha pasado en Cataluña.

Cómo hemos llegado hasta aquí. Si para nosotros es inaudito; imagino el asombro que puede tener cualquier observador internacional. Barcelona, una de las ciudades más bellas del mundo; Cataluña, una de las regiones europeas donde mejor se vive, con un bienestar y una geografía envidiable, quiere independizarse de España. ¿Es así realmente? ¿Por qué?

Los números: un 47% votaron por partidos independentistas, entre los que se cuenta una coalición de izquierda revolucionaria, en las últimas elecciones autonómicas, que obtuvieron la mayoría de parlamentarios. El independentismo catalán es una alianza entre clases medias y medias-altas de Barcelona, clases medias de las comarcas del interior de la comunidad, grupos radicales antisistema y varios centenares de monjas y curas.

La evolución: hace siete años, el independentismo en Cataluña representaba menos del 20% de la población. Tras ganar las elecciones regionales en 2010, el gobierno de la coalición nacionalista CiU tuvo que gestionar la profunda crisis económica de España. Su incapacidad para solventar los problemas les llevó a buscar un enemigo externo: Madrid, a quien acusaban de no querer ampliar su autogobierno se excusaban en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre algunos artículos del nuevo estatuto de Cataluña- y de no invertir lo debido en la comunidad. Aumentó el victimismo y aprovecharon el momento de mayor debilidad del gobierno español presidido ya por el PP verano de 2012- para pedir un nuevo pacto fiscal entre Madrid y Barcelona. Mariano Rajoy se lo negó ya que bastante hacía con apagar el incendio y evitar la intervención de la UE. El entonces presidente de Cataluña, Artur Mas, decide subirse al monte, patalea, convoca nuevas elecciones y pide que Cataluña pueda hacer un referéndum de autodeterminación aunque sea necesario saltarse la legalidad vigente. Lo hace el 9 de noviembre de 2014. Madrid mira hacia el otro lado. Mientras sigue la oleada de victimismo, grupos sociales vinculados al nacionalismo empiezan a desarrollar importantes manifestaciones ciudadanas el día de Cataluña, 11-S, y las televisiones autonómicas públicas y medios subvencionados inician una amplia campaña de agitación vendiendo las bondades de lo que sería una Cataluña independiente. La gran burguesía catalana, inicialmente, les ríe las gracias o se apuntan a este movimiento, al que ven como una expresión romántica y festivalera. Por cierto, aprovechando además su influencia en el Barça de Messi, que ha sido prostituido por los intereses políticos. La oposición carece de un liderazgo fuerte en la comunidad, mientras la mayoría silenciosa se vuelve más silenciosa.

Hoy. Tras las nuevas elecciones, los independentistas, con la mayoría parlamentaria, empiezan un proceso determinado y sin posible parada hacia la independencia, caiga quien caiga. Apuestan por volver a retar al Estado en realizar un referéndum que saben que es ilegal según la actual Constitución española. Rompen con todos los procedimientos democráticos necesarios y realizan lo que habitualmente se llama un Golpe de Estado el 6 y 7 de septiembre, emplazando a la consulta y a una posterior declaración de independencia. Desde entonces, el choque entre el Estado y la autonomía cobra un nuevo vigor. Actúa la fiscalía, hay detenciones de funcionarios secesionistas y se mueve a manifestar la calle. Se celebra el referéndum a trancas y barrancas. El exceso y brotes puntuales por parte de la policía española, mientras la catalana miraba por otro lado, acrecienta más los ánimos. Esta semana hemos visto como algunas de las principales empresas y bancos españoles con sede en Cataluña han anunciado su cambio de sede. El pánico se ha apoderado de una parte de la población, incluso de aquellos que apoyaban el movimiento. La sensación de que está en manos de la izquierda revolucionaria y de un presidente, Carles Puigdemont -hacía yo de becario en un diario de Gerona y él era jefe de sección-, que no frenará aumenta. La fractura social en Cataluña es ya una realidad. La sociedad se ha dividido en dos.

Mañana. El independentismo ya ha hecho mucho mal. La economía catalana, que crecía por encima del 3% anual, entrará en crisis, sino ha entrado ya. En Barcelona empiezan a anularse reservas turísticas. La posibilidad de que la Generalitat declare la independencia el martes existe. Si es así, el Estado reaccionará con firmeza para poner orden. Es impredecible pensar en otro escenario mejor. Desgraciadamente, salvo un milagro de última hora, Cataluña entrará en una de las etapas negras de su historia. Puede haber violencia.

Al margen. Quien escribe estas líneas, catalanoparlante, con dieciséis apellidos catalanes, no es independentista. Veo la montaña de Montserrat el gran símbolo orográfico catalán-, desde Manresa, todos los días. Y sí, creo que Cataluña es una gran nación dentro de otra gran nación, una de las mejores del mundo, España. Creo que nunca en la historia de Cataluña y España se había vivido mejor que ahora. Soy consciente de que detrás de este movimiento mal llamado de las sonrisas hay intereses muy diversos: mantener el poder, evitar que salgan a la luz casos de corrupción que involucran a los políticos nacionalistas con empresarios, sentimientos y emociones. Hay también un movimiento romántico y, en bastantes casos, xenófobo, de odio hacia lo que representa España. Un movimiento capaz de saltar desde un edificio de veinte plantas sin paracaídas y pensar que no ocurrirá nada.

Fuente: Cronista

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