LA NATURALIZACIÓN DE LA ANOMIA ARGENTINA

Desde la simple contravención hasta el delito más aberrante
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La Argentina es un país donde los temas que ocupan los titulares de los grandes medios de comunicación se reiteran de una manera casi inusitada.


Esto no siempre fue así. Recuerdo, no con poca nostalgia, la época en que para leer las noticias sobre hechos delictivos había que ir a las últimas páginas de los periódicos, en la sección “policiales”.


Robos, estafas, crímenes de todo tipo, asesinatos, y casos de corrupción siempre ha habido y, muy a pesar nuestro, se seguirán produciendo dada la naturaleza del ser humano y los hechos indeseables que la vida en comunidad o sociedad traen consigo.


Pero nunca como en estos últimos años, la cotidianeidad de lo que está fuera de la ley, todo eso que se encuentra un paso más allá de las reglas que los hombres nos damos para hacer más justa, tranquila y equitativa la vida ha ocupado un papel de tanta trascendencia.


Y es que nos hemos acostumbrado a vivir con el delito, hemos naturalizado situaciones que desde siempre han sido el motivo de los más grandes desvelos y de los esfuerzos que entre todos, gobernantes y gobernados, poníamos en combatir todas aquellas prácticas que se sabían fuera de toda norma legal y moral.


Hoy puede que nos sorprenda la crueldad de un hecho de inseguridad, la magnitud de la corrupción, la codicia desmedida de funcionarios y servidores públicos, la impunidad con que se mueven las mafias sindicales, y las cinematográficas y hasta obscenas imágenes de ostentación de representantes de la sociedad que deberían ser los más recatados y configurar con su ejemplo el modelo a seguir por el resto de la ciudadanía.


Y utilizo el verbo “poder” en potencial, ya que estoy convencido que lo que en verdad sorprende es la magnitud del delito que es noticia y no el delito en sí, porque como señalé más arriba, todas estas situaciones se naturalizaron de tal manera en el seno de nuestra sociedad, que hay quienes las llegan a aceptar como parte de la vida misma.


Este es el principal problema que afecta a un país como el nuestro, en el que los hechos que deberían ser excepcionales han pasado a tener una alarmante normalidad.


Ya nadie se pregunta porqué existen los asesinatos, los crímenes, la violencia de género, la corrupción y la impunidad. En Argentina ningún habitante puede decir que no sabe que las mafias sindicales son, desde hace muchísimos años, una constante; ni que hubo funcionarios y magistrados que “hicieron la vista gorda” ante éste y otro tipo de ilícitos, porque si hay algo que nos caracteriza a quienes vivimos en este país es el alto nivel de información que tenemos. Pero lo cierto es que llegamos a tolerar muchísimas prácticas que van a “contramano” de toda legalidad.


Entonces, esos titulares periodísticos que hacía referencia al principio de esta nota, no se centran ya en la ilegalidad en sí misma de los actos delictivos, sino en su enormidad y desproporción, si se me permite el término. Ver la filmación de una “cueva” como “La Rosadita”, en la que se contaban millones de dólares provenientes de los más oscuros negociados del empresariado local con la obra pública, mientras se brindaba con bebidas alcohólicas importadas y se fumaban costosos “puros”, como si se tratara del negocio más común; o encontrarnos con las imágenes de un ex Secretario del Estado Nacional, arrastrando valijas repletas de dinero y de joyas, en mitad de la madrugada, muros adentro de una aparente institución religiosa; o ser testigos, en vivo y en directo, del apresamiento de un simple ciudadano, orden judicial mediante, pero que al tener un alto cargo gremial, ese trámite se tuvo que convertir en un espectacular operativo, que involucró a varios centenares de miembro de distintas fuerzas de seguridad, nos deberían estar llamando a la reflexión en el sentido de que hay algo sumamente grave que ha dejado de funcionar en el país.


La gravedad se encuentra en los valores trastocados, en la habitualidad de situaciones excepcionales, en la desidia y falta de interés de quienes son los encargados de velar por la seguridad y el bienestar de todos los que vivimos en este bendito suelo.


Ayer, durante los acostumbrados almuerzos televisivos de Mirta Legrand, pude escuchar a un Ministro de la Provincia de Buenos Aires, que al opinar sobre la detención del “Pata” Medina y el descubrimiento de la inmensa fortuna que posee el actual Secretario General de la UOCRA, delegación La Plata, se refirió a él como una “emergente” de un sistema perverso que gobernó el Primer Estado Argentino durante casi treinta años. Y es un enorme error calificar a este delincuente de esta manera, porque denota miopía y simplismo. Medina no es un “emergente” del kirchnerismo. Medina es un sujeto que se educó, se preparó y se especializó para delinquir mucho antes de que el “régimen K” fuera gobierno en el país. En todo caso, Medina y tantos otros sindicalistas multimillonarios que hay en la Argentina, aunque no tengamos un exacto balance de sus fortunas, pero sí de sus excentricidades y sus mañas, son el fruto de una sociedad que ha hecho de la “anomia” su modo de vida. Una sociedad que, junto con los altos servidores públicos que ella misma convalidó para que se enquistaran en el Poder, ha cometido uno de los pecados más perniciosos que puedan existir: “dejar hacer”, sin importar nada. Total, el “yo argentino” seguía funcionando de maravilla.


Los ejemplos son tantos y tan variados, que se podrían llenar enciclopedias y tratados. Pero, cuando la “anomia” sienta sus reales entre los habitantes de una Nación como la nuestra, cualquiera es válido como el más cabal de los ejemplos. Y tan sólo a uno me voy a remitir para dar una idea de cómo se comporta este flagelo, en situaciones que resultan, aparentemente, simples transgresiones menores: en varias esquinas de la calle más céntrica de la Ciudad de Santa Fe, esto es la Peatonal San Martín, se colocaron semáforos peatonales para prevenir accidentes y ordenar el tránsito que vehicular que la cruza. Los peatones siguen sin respetar la semaforización, y los automovilistas se preguntan para qué han sido puestos. La presencia de inspectores municipales, que son los que deberían concientizar a los transeúntes, está centrada en la pantalla de sus teléfonos celulares y no en la labor para la que fueron nombrados en sus puestos de trabajo.


Así de simple puede resultar la naturalización de un hecho anómico, que desvirtúa cualquier intento por mantener un orden cotidiano. Y estamos hablando de algo que debería resultar totalmente simple, como el respeto a una señal de tránsito. Pero, si desde los más altos estratos del Poder, el ejemplo es el incumplimiento sistemático y brutal de todas y cada una de las reglas establecidas para vivir en sociedad, cómo vamos a reparar en situaciones mucho menores?


Muy mal va a seguir la vida en la Argentina si continuamos naturalizando lo que debería, y de hecho es, deleznable, inmoral, antiético y delictivo.


Para finalizar, una última reflexión: no está en manos de los ciudadanos comunes elaborar ni aplicar las leyes. Pero lo que si podemos hacer es no legitimar con nuestro silencio toda este estado de cosas, desde la simple transgresión a una norma vial hasta el delito más aberrante. Así, y sólo de esta manera, lograremos desterrarlos para siempre de nuestra sociedad. De otro modo, los titulares de los medios de comunicación seguirán hablando de los mismos hechos, con diferentes nombres de protagonistas y en distintas fechas, pero a la postre todo será igual.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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