El último renacentista

OPINIÓN 30/09/2017 Por
El feminismo es, en realidad, una religión más moralista, más represora y más pacata que el catolicismo medieval.
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Fuera del Islam, que mantiene una creciente vigencia por razones más políticas que teológicas, los credos tradicionales están viviendo una clara decadencia. Gradualmente, están siendo reemplazados por religiones laicas.

Más que religiones, sectas de fanáticos, con una poderosísima influencia en la sociedad, merced a su dominio de amplios sectores de la política y de los medios de comunicación.
Probablemente el más influyente de esos credos laicos es el feminismo, que predica el ascenso de la mujer y postula que el “machismo” es el enemigo a vencer.
Sin embargo, en los hechos el feminismo asume posturas que parecen delatar que sus líderes odian la femineidad. Y más que la femineidad, odian la belleza femenina. El razonamiento es más o menos así: El modelo de mujer hermosa es una construcción del “heteropatriarcado” que supone la “cosificación” del sexo femenino. En consecuencia, el curso de acción de este movimiento es el cambio, la sustitución de esos “estereotipos” de belleza. Las mujeres que a la mayoría de los hombres nos parecen hermosas y deseables, deben ser reemplazadas, en las fotografías, en las revistas, en la televisión, en el cine, por un nuevo modelo. La mujer “empoderada”, no atractiva. Para decirlo con palabras directas, el feminismo se propone que las mujeres feas sustituyan a las mujeres hermosas. Una mujer bella, para esta ideología, es “cosificada” o “cosificable”.
Por eso han promovido y logrado la autoproscripción de los concursos de belleza y de los festivales de “cola-less”, han prohibido el cabaret (que era el templo del “strip-tease”), propician el “desprincesamiento” de las jóvenes, hacen campañas para que las mujeres no se depilen, pues eso no es ni más ni menos que enfatizar la “cosificación”, etc. etc. etc.
El feminismo es, en realidad, una religión más moralista, más represora y más pacata que el catolicismo medieval.
El medioevo fue derrotado por el Renacimiento. No sólo el pensamiento salió a la luz, sino los cuerpos, sobre todo los cuerpos femeninos, exaltados en todo el esplendor de su desnudez en las diversas manifestaciones del arte.
El apogeo del feminismo actual supone, entre otras cosas, un regreso a la Edad Media, por todo lo que tiene de oscurantista, pero con el agravante de que es un medioevo con tecnología, pues esta ideología hegemónica dispone de un poderoso arsenal de instrumentos de avanzada para imponer su dogma.
En ese contexto, la presencia y la supervivencia de un hombre como Hugh Heffner, el creador de Playboy, era en cierto modo anómala, pero al mismo tiempo tenía el valor simbólico de una fuerte resistencia al movimiento que viene satanizando la exaltación de la belleza femenina.
Que haya superado las nueve décadas rodeado hasta el final de chicas jóvenes y bonitas dispuestas a ufanarse de su compañía, vendría a demostrar dos cosas: Una, que el hedonismo es saludable, y lo más importante, que hay gente que está dispuesta a dar batalla a los que quieren convencer al mundo de que la mirada lujuriosa del hombre es inconveniente, o mala o peligrosa, o propiciadora de violencia.
Que se sepa, Heffner no cometió ningún femicidio, ni hay constancias de que algún hombre haya ejercido violencia de género luego de hojear un ejemplar de Playboy.

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