SALVADORA MEDINA ONRUBIA

"Brasita de fuego" o "La Venus Roja", la mujer que le "cruzó la cara" al General Uriburu
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Salvadora Medina Onrubia nació en La Plata en 1894, en una familia de origen judío, hija de una ecuyere de circo a la que llamaban “Brasita de fuego” por el color de su pelo.

Jovencita, a los 15 años, se hizo anarquista impactada como puede acontecer a esa edad por el impresionante ejemplo de otro joven, el inmigrante ucraniano Simón Radowitzky, que mató con una bomba casera en 1909 al jefe de policía ejecutor de la masacre contra anarquistas en Buenos Aires el primero de mayo de ese año, conocida como “la semana roja” durante la presidencia de Figueroa Alcorta.

Salvadora, con sus pocos años y su condición femenina a cuestas, porque entonces era una carga, le pidió al presidente en una entrevista personal en la Casa Rosada por la libertad de Simón, pero no la consiguió. Figueroa Alcorta sabía quién era esa niña, y dicen que la respetaba tanto que su respeto lindaba con el temor.

Entonces ella ayudó a fugarse a Simón, pero el anarquista fue apresado nuevamente y confinado en la cárcel de Ushuaia durante 21 años. Cuando fue indultado, a la primera que recordó fue a Salvadora.

Salvadora comenzó a colaborar en La Nación, El Hogar, Caras y Caretas con piezas dramáticas y de teatro para niños.

En 1915 se casó con Natalio Botana, empresario uruguayo fundador del diario Crítica, que introdujo modificaciones fundamentales y muy creativas en la prensa argentina. El diario era sensacionalista y de tendencia conservadora, pero muy innovador gracias a Botana, que era aventurero y bohemio, y dio lugar a figuras como Roberto Arlt y Jorge Luis Borges, entre otros, abrió el camino a las grandes coberturas deportivas y fue el primer multimedio argentino.

Salvadora dirigió el diario después de morir su esposo en un accidente teñido de sospechas.

La historia la recordó como la mujer de Natalio Botana, en algunos casos como “La Venus Roja”. Los miembros de la oligarquía porteña la consideraban una oveja descarriada que no merecía respeto, entre otras cosas porque fue madre soltera, un pecado imperdonable entonces.

Pero además era anarquista, revolucionaria y muy inteligente y creadora. Nunca tuvo dudas de dónde estaba su lugar en la política, tomó parte activa en las luchas callejeras entre el ejército y los obreros durante la Semana Trágica y fue oradora en las manifestaciones.

Fue la primera mujer argentina encarcelada por motivos políticos, con el prontuario 21.849 de la policía federal.

Pasó su primera juventud en Gualeguay, en la zona rural donde fue maestra de campo y se inició en el periodismo en “El Diario”. Allí la conoció Juan L. Ortiz, que era unos años menor que ella y vivía en aquella ciudad tras su niñez en Puerto Ruiz y una breve estancia con sus padres en Villaguay.

Salvadora parece contradictoria, pero siempre se ve la unidad que la movía y la claridad central a la que remitían sus contradicciones. Era apasionada hasta la violencia, vehemente, generosa, atrevida, audaz y transgresora mucho más de lo que se toleraba en una mujer en esos años.

Cuando creyó que sus tendencias no podían ser contenidas en Gualeguay se fue a Rosario, donde conoció a Alfonsina Storni, madre soltera y poeta como ella. Fue su amiga hasta el suicidio de Alfonsina, que enferma de cáncer se internó en el mar en la costa marplatense hasta desaparecer.

De Rosario se fue a Buenos Aires con su hijo Carlos, una aventura para la época, después de decirle a su madre, para tranquilizarla, que un compañero anarquista le había conseguido trabajo y pensión.

Redactora de La Protesta, pronunció su primer discurso desde los balcones del colegio Otto Krause. En una entrevista poco antes de su muerte, recordó aquellos años: “Vine a Buenos Aires porque quería vivir como una artista, y eso significaba para mí la libertad, la humanidad universal, todas las experiencias sexuales, y, por supuesto, la revolución, el fin del mundo de oprimidos y opresores, de pobres seres degradados como bestias…”

Crítica la mencionó como caso novedoso de inclusión de una mujer en una redacción periodística en una nota titulada “El caso de la señorita Onrubia”.

Botana se había cruzado alguna vez con la espléndida pelirroja y como Crítica se imprimía en los mismos talleres de La Protesta solía visitar a los linotipistas solo para verla. Si bien la nota que le consagró Crítica decía que “había traspasado las puertas de La Protesta sin advertir el peligro que corría”, Botana traspasó también algunas puertas y no resistió el encanto de Salvadora, una mujer de gran belleza, que sostenía cosas que él no entendía muy bien, como la liberación femenina del dominio patriarcal y los ideales ácratas.

La gran depresión mundial de 1929 tuvo, desde sus comienzos, efectos catastróficos para las economías latinoamericanas. La demanda internacional de azúcar, café, metales y carne cayó, y no se encontraron salidas alternativas para esos productos. En la Argentina, a comienzos de 1930, los salarios reales comenzaron a decaer y se multiplicó el desempleo. Pese a que la crisis arribó paulatinamente, las clases dirigentes, que habían conspirado contra el yrigoyenismo en épocas mejores, no dejaron de advertir que se avecinaban tiempos de privación y malestar social.

Algunos sectores de la dirigencia política y militar argentina comenzaron a pensar que las democracias liberales no garantizaban una cuota mínima de orden para una época de alta conflictividad social. Por eso pusieron en marcha el primer golpe de Estado del siglo XX, encabezado por el general José Félix Uriburu, el 6 de septiembre de 1930. El primer decreto del general ordenaba disolver el Congreso Nacional. El argumento utilizado fue insólito: “las razones (son) demasiado notorias para que sea necesario explicarlas”.

El gabinete de Uriburu estaba compuesto por lo más rancio de nuestra oligarquía, que recuperaba feliz el aparato del Estado, base fundamental de sus negocios.

Por supuesto, como siempre ocurre en estos casos donde la “reserva moral de la Nación” se hace cargo del Estado, la corrupción afincó en la Casa Rosada y Uriburu dictó un decreto confidencial y sumamente ingenioso, estableciendo que el gobierno se haría cargo de todas las deudas privadas de los oficiales del Ejército. Todo lo que los oficiales tenían que hacer era informar a su coronel que tenían una deuda; no se requerían detalles ni se formulaban preguntas. Parece que los oficiales supieron aprovechar la ocasión, porque mucho tiempo después los diarios informaban que el decreto le había costado al país más de 7 millones de pesos. Un buen sueldo rondaba por entonces los 150 pesos.

La obra de gobierno de tan “notable” general incluyó un intento de reforma de la Constitución, la creación de la Legión Cívica (un cuerpo paramilitar que llegó a contar con miles de hombres, imitando a las camisas negras de Mussolini) y el desarrollo de una política represiva en lo político y sindical. El general “Von Pepe”, como lo llamaban por sus simpatías por los militares alemanes, creó una “sección especial” en la policía destinada a perseguir a los dirigentes gremiales y a los opositores en general. El comisario Leopoldo Lugones, mucho menos poético que su padre, introdujo el uso de la picana eléctrica en los interrogatorios. Un invento argentino de alcance internacional.

Von Pepe decretó la pena de muerte y hubo varios fusilados. Entre ellos, se destacó la figura del anarquista italiano Severino Di Giovanni, autor de varios atentados y asaltos con fines políticos, que fue ejecutado en febrero de 1931.

En medio de tanta ignominia, hubo una mujer que se atrevió a “cruzarle la cara” al general. Esta mujer no fue otra que Salvadora Medina Onrubia. Cuando la dictadura clausuró el diario, en mayo de 1931, fue a dar con sus huesos a la cárcel por orden del infame Uriburu. Un grupo de notables intelectuales le envió una carta al presidente de facto para pedir por su libertad. Lo que sigue es la respuesta de Salvadora:

Gral. Uriburu, acabo de enterarme del petitorio presentado al gobierno provisional pidiendo magnanimidad para mí. Agradezco a mis compañeros de letras su leal y humanitario gesto; reconozco el valor moral que han demostrado en este momento de cobardía colectiva al atreverse por mi piedad a desafiar sus tonantes iras de Júpiter doméstico. Pero no autorizo el piadoso pedido… Magnanimidad implica perdón de una falta. Y yo ni recuerdo faltas ni necesito magnanimidades.

Señor general Uriburu, yo sé sufrir. Sé sufrir con serenidad y con inteligencia. Y desde ya lo autorizo que se ensañe conmigo si eso le hace sentirse más general y más presidente. Entre todas esas cosas defectuosas y subversivas en que yo creo, hay una que se llama karma, no es un explosivo, es una ley cíclica. Esta creencia me hace ver el momento por que pasa mi país como una cosa inevitable, fatal, pero necesaria para despertar en los argentinos un sentido de moral cívica dormido en ellos. Y en cuanto a mi encierro: es una prueba espiritual más y no la más dura de las que mi destino es una larga cadena. Soporto con todo mi valor la mayor injuria y la mayor vergüenza con que puede azotarse a una mujer pura y me siento por ello como ennoblecida y dignificada. Soy, en este momento, como un símbolo de mi Patria. Soy en mi carne la Argentina misma, y los pueblos no piden magnanimidad.

En este innoble rincón donde su fantasía conspiradora me ha encerrado, me siento más grande y más fuerte que Ud., que desde la silla donde los grandes hombres gestaron la Nación, dedica sus heroicas energías de militar argentino a asolar hogares respetables y a denigrar e infamar una mujer ante los ojos de sus hijos y eso que tengo la vaga sospecha de que Ud. debió salir de algún hogar y debió también tener una madre.

Pero yo sé bien que ante los verdaderos hombres y ante todos los seres dignos de mi país y del mundo, en este inverosímil asunto de los dos, el degradado y envilecido es Ud. y que usted, por enceguecido que esté, debe saber eso tan bien como yo.

General Uriburu, guárdese sus magnanimidades junto a sus iras y sienta cómo, desde este rincón de miseria, le cruzo la cara con todo mi desprecio”.

Salvadora falleció en Buenos Aires, el 20 de Julio de 1972.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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