Maldonado, Nisman y Cristina: agenda de una campaña volátil

OPINIÓN 17/09/2017 Por
Con la economía estabilizada y al margen de la discusión, los medios "militan" temas en favor o en contra del gobierno. La ex presidenta corre de atrás y aumenta su exposición pública.
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Las dos características centrales de la campaña son la polarización y la volatilidad. La polarización se da entre el gobierno y Cristina Kirchner. La volatilidad impacta sobre la agenda. El mejor ejemplo de esto último es el tratamiento mediático de la desaparición de Santiago Maldonado.

El kirchnerismo tomó la delantera lanzando una fuerte ofensiva que descolocó al gobierno. Lo acusó de desaparición forzada y propagó la hipótesis de que al artesano se lo había llevado la gendarmería. Los mapuches generaron confusión haciendo denuncias incomprobables y en algunos casos ridículas.

Pero con el correr de los días la presunta culpabilidad de la Gendarmería fue diluyéndose. No se encontraron pruebas para acreditar que Maldonado había sido detenido por esa fuerza y la posibilidad de la desaparición forzada se derrumbó.

Sin embargo, los que querían implicar a los gendarmes no se quedaron quietos. Primero descubrieron que un hombre de la fuerza había arrojado una piedra. Después que otro había hecho un disparo de bala de goma contra el suelo. Después consideraron "clave" las llamadas de celulares. Después removieron tierra y rastrillaron el río. Todas las hipótesis prometían una revelación, pero terminaron en fiascos porque formaban parte de una representación. Eran parte de la lucha por fijar la agenda.

Maldonado obviamente siguió sin aparecer, el tratamiento de su caso pasó de la espectacularidad a la banalidad y el interés público, que nunca había sido ni siquiera moderado, se diluyó. La construcción mediática también comenzó a languidecer y las encuestas demostraron que su peso en la intención de voto es computable en cero.

Pero los medios que trataron con nula seriedad un asunto serio decidieron contraatacar. En este caso cargaron contra el kirchnerismo por el caso Nisman. Más de dos años y medio después de su muerte revelaron que la Gendarmería (siempre en el medio de la tormenta) había comprobado su asesinato. Más banalidad, más manipulación, más escepticismo.

En este marco inestable decidió irrumpir Cristina Kirchner. Al revés de lo que había ocurrido en las PASO, las encuestas para las generales la muestran detrás de Esteban Bullrich por un margen pequeño que oscila de acuerdo con quien cuente la historia. Los "K" hablan de un punto, los anti "K", de cinco.

Frente a este cuadro la ex presidenta hizo dos cosas. La primera, pedir el voto a los peronistas; la segunda, dar una entrevista a un medio neutral. Fue criticada por ambas, pero en realidad no tenía margen de maniobra. Crece muy poco por encima del 34% de las PASO, mientras que Bullrich podría crecer cuatro o cinco puntos gracias a votos de Sergio Massa y de nuevos votantes. CFK está en lo que en ajedrez se llama posición "zugzwang": todas las jugadas son malas. Unas peores que las otras, pero todas malas.

Pedir el voto peronista después de haberle tirado el partido peronista por la cabeza a Florencio Randazzo puede sonar poco coherente, pero también es inevitable. No tiene otro lugar de donde sacar votos. Algo similar le ocurre con la exposición pública. Tiene un voto incondicional que sigue religiosamente a los periodistas que le son funcionales. Para ganar un voto más debía exponerse a otros interrogadores, porque necesitaba convencer a los que no la votaron. Pero la tarea claramente la excedió.

¿Por qué? Porque no puede dejar de ser ella. Apenas abre la boca vuelve la cadena nacional, el autoelogio, la realidad paralela, la impavidez para decir los mayores bolazos, la contradicción. Acusa a Macri de tener un déficit fiscal superior al que ella tenía, pero al mismo tiempo lo acusa de "ajustar". No se rebaja a la lógica. En su universo la verdad emana de su voluntad.

Dijo también que el pacto de impunidad con Irán no era obra de ella, sino del ex canciller Timerman. Pero esa torpe exculpación fue peor que la admisión de la responsabilidad, porque implicó reconocer que estaba en Babia o que actuó negligentemente ante una importantísima cuestión de estado. En suma, el kirchnerismo tuvo su oportunidad de manejar la agenda, pero lo hizo torpemente. El "mejor cuadro político" de los últimos 50 años, anda perdido y no consigue hacerle mella a un gobierno de CEOS.

Fuente: La Prensa

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