Maldonado o la catástrofe de la grieta

OPINIÓN 15/09/2017 Por
La polarización dentro de cada uno de los grupos hace que unos puedan sostener que un gobierno constitucional y elegido democráticamente es en realidad una dictadura o que el presidente es "una basura"
71

Cass Sunstein es un catedrático en Derecho y Economía Conductual que estuvo a cargo de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios en la administración Obama. En 1999, Sunstein publicó un interesante trabajo denominado "La ley de la polarización de grupos".

Allí sostiene que, frente a la visión optimista de que la deliberación y el intercambio de opiniones producen mejores decisiones, existen dinámicas colectivas que van en la dirección exactamente opuesta. Eso es lo que ocurre dentro de un grupo que se polariza, es decir, cuando la discusión interna lleva a un resultado más extremo que la postura promedio inicial.

Hay dos elementos que actúan como catalizadores de dicha radicalización: el tenor de la información que circula y la preocupación por la propia reputación hacia dentro del grupo. Ante la falta de información, algunos miembros empiezan a basar sus decisiones en la aportada por otros, independientemente de su veracidad. Y cuando el grupo comienza a extremar su postura, ciertos individuos acompañan por temor a ser mal percibidos por sus pares.
¿Qué factores determinan el grado de radicalización al que este proceso conduce? Los más significativos son los siguientes:


-Argumentos por parte de los miembros más extremistas que apelan a la emoción.

-Énfasis y repetición de esos mismos argumentos.

-Elección de los participantes más moderados de retirarse disconformes con la dirección que el grupo va tomando.

-Existencia de un grupo rival externo con una postura contraria.

-Condición de discusión pública.

-Posibilidad del anonimato personal en la discusión con grupos externos, como ocurre en internet.

-Finalmente, persistencia del debate a través del tiempo.

Una vez que un grupo se radicaliza y confronta con otro se torna más fácil enmarcar las preguntas para manipular las opiniones. El experimento que cuenta Eduardo Levy Yeyati en un artículo periodístiico publicado la semana pasada es una muestra de cómo se puede hacer eso fácilmente: "Les preguntamos (a dos grupos) qué tan de acuerdo están con la introducción del ingreso básico universal. Los votantes de Cristina Fernández de Kirchner lo aprueban en un 50%; los de Mauricio Macri, en un 66 por ciento. Repetimos el experimento, pero esta vez preguntamos qué tan de acuerdo están con el ingreso universal propuesto por Cristina: ahora, los votantes de Cristina apoyan en un 92%; los de Mauricio, en un 7 por ciento. Repetimos el experimento, pero preguntamos qué tan de acuerdo están con el ingreso universal propuesto por Mauricio: ahora, los votantes de Cristina apoyan en un 14%; los de Mauricio, en un 84 por ciento".

Nuestra sociedad está inmersa en la perversa lógica de la polarización de los grupos. Eso ocurre en casi todas las discusiones públicas actuales, pero en ninguna de manera tan clara y peligrosa como en el caso de Santiago Maldonado.

El 1º de agosto se denunció un tema de gravedad extrema en nuestra recuperada democracia: la desaparición de un ciudadano en el marco de un operativo llevado adelante por una fuerza de seguridad ordenado por un juez. La reacción inicial del gobierno no tomó nota de la severidad de la situación, cuya exposición mediática era, en plena etapa electoral, acotada.

Una semana después de la denuncia, en la única entrevista radial en la que surgió el tema, dije: "En Argentina tuvimos relatos sobre lo que le había pasado a algún ciudadano que después terminaron no siendo así, cuando se empezó a investigar. Lo que me preocupa es la falta de énfasis del gobierno, que la ministra diga que es inadmisible algo que en verdad ocurrió. Tendrían que investigar. Y buscarlo".

Desde entonces, todo empeoró. En primer lugar, porque Santiago Maldonado sigue sin aparecer. Pero, además, porque se vivió una inusitada radicalización dentro los dos grupos que confrontan. Tanto que hay espacio para sospechar legítimamente de los verdaderos deseos de los más extremistas de cada lado con respecto a lo que podría pasar de aquí en adelante.

Esta trágica situación debería ser una oportunidad para mostrarnos unidos más que divididos. Se pudo hacer cuando estuvo en juego la posición de la Corte Suprema con el 2×1, y no se logró ahora, cuando está en juego no una sentencia sino la vida de una persona. El interrogante clave, en este pero también en otros casos, es acerca de las certezas que nos unen. En todas las democracias que funcionan bien, gobierno y oposición son parte de un mismo equipo que defiende los valores democráticos esenciales y compite en elecciones por visiones y desempeño. Pero no se deslegitiman mutuamente todo el tiempo.

La polarización dentro de cada uno de los grupos hace que unos puedan sostener que un gobierno constitucional y elegido democráticamente es en realidad una dictadura o que el presidente es "una basura". Es lo que lleva a Hebe de Bonafini a levantar su dedo acusador con un "Macri mató a Maldonado". O a Diego Maradona a dirigirse al Presidente para reclamarle que "libere a Maldonado". También es la que lleva a algunos del otro lado a describir a Santiago como un monto-hippie, como un zurdo. A una ministra a emparentar el hoy con el pasado y declarar: "Los demonios no eran tan demonios". O a un periodista a editorializar: "Nos han declarado la guerra". Y a los moderados a decidir no participar de una marcha cuyas formas se desvirtúan, pero cuyo fondo es trascendental para nuestra institucionalidad.

La grieta es una catástrofe. Y la discusión pública sobre Maldonado es la prueba más contundente. Sin ánimos de ser tremendistas, hay abundantes casos en nuestra historia y la de otras sociedades en las que espiralizaciones de estas circunstancias han llevado a crisis de magnitudes imprevistas. Usar la figura de la grieta o la de la polarización no entraña equiparar la actitud o las responsabilidades de uno y otro lado por el humor social imperante. Cerrarla no significa impunidad frente al abuso, la corrupción y el autoritarismo. Señalarla es alertar acerca de lo peligroso que es ese estado de ánimo cuando se contagia.

No sólo porque nos impide discutir la construcción del futuro sino también porque amenaza con romper consensos que nos llevó mucho tiempo y dolor alcanzar. Las lecciones que aprendimos, sean sobre la democracia, los derechos humanos, la economía o tantas otras cosas, han sido tan costosas que es inmoral desaprovecharlas.

El autor es candidato a diputado nacional por Evolución. Fue ministro de Economía y embajador argentino en EE.UU.

Fuente: Infobae

Te puede interesar