EL GRAN "FIASCO" NACIONAL

Cristina Fernández de Kirchner es a la Argentina lo que las decepciones son al alma
CRISTINA

La ex Presidenta de “todos y de todas” lo ha intentado todo desde que su candidato, y por ende su proyecto de entronizarse en el poder, poniendo temporalmente a un “títere” suyo para que le mantuviera caliente el Sillón de Rivadavia, perdiera las elecciones en 2015.

Primero fue el rechazo a entregarle los atributos del Poder a quien la ciudadanía eligió libre y mayoritariamente para ocupar el cargo de Presidente de la Nación, como una forma de mostrar su gran decepción por la decisión de los votantes. Luego se llamó a silencio, algo que seguramente le insumió un esfuerzo extremo dada su costumbre por hacer uso y abuzo de cuanto medio, público y privado, tuvo a su alcance para comunicarse con esos aplaudidores que formaron, durante tantos años, su “hinchada” personal. La decepción también debe de haber campeado en ese momento, porque no hay peor cosa que le pueda pasar a quien necesita de la adulación multitudinaria, del contacto permanente con su séquito de aduladores, que no poder contar con la acostumbrada caricia de esa muchedumbre que ella supo tener atrapada por el sólo mérito de los subsidios y las vanas promesas incumplidas.

Más tarde, forzosamente dejó el ostracismo que su “despechado” resentimiento había elegido y tuvo que presentarse ante los estrados judiciales, a fin de enfrentar la inmensa cantidad de causas en que, hasta estos días está siendo investigada o, directamente, imputada e intentó volver a sentirse acompañada por ese pueblo que la supo venerar e idolatrar como a la deidad en la que ella misma creyó poder convertirse. Pero los falsos profetas, así como quienes brillan en algún momento de la vida con un fulgor que no es propio, sino fruto de “espejitos de colores”, se caen con la misma facilidad y con el mismo vértigo con el que ascendieron, sobre todo cuando se descorre el velo con el que se cubren cuando tienen el poder en sus manos.

Ahora, después de que no obtuviera los resultados electorales que le auguraban, se le ha dado por la comunicación epistolar, llamando, de una manera “sospechosamente” humilde, a todo el arco opositor nacional a cerrar filas en torno a su persona, para “frenar”, según sus propios dichos, las acciones de un gobierno constitucional y legítimamente establecido. Pero esto también debe de representarle otra gran decepción, ya que la respuesta no fue la esperada. Quienes, hasta no hace mucho tiempo, eran sus más serviles colaboradores, hoy se rebelan contra este nuevo intento por instalar su hegemónica figura y le endilgan toda clase de responsabilidades, en su mayoría acertadamente, por el desbande que hoy sufre un peronismo que jamás se acostumbró, y mucho menos aceptó, no ser gobierno.

Y hablando de decepciones, me viene a la mente algo que leí hace poco tiempo. Un dirigente político se lamentaba porque sus seguidores no lo comprendían. Decía, con cierta amargura, que en política había que aprender a vivir con la decepción. Cierto, pero equivocado. Primero, porque cuando alguien no comprende a un político, y no se trata de un caso aislado, sucede algo igual que cuando un profesor se queja de que su clase no le sigue. El problema no se encuentra en los alumnos, sino en el profesor, cuya pedagogía, método, y puede que, hasta los contenidos de sus enseñanzas, no sean los correctos. Poner el dedo en los demás, en vez de asumir la propia responsabilidad, no es, digámoslo así, muy responsable. Y, en segundo lugar, por que es cierto que, en la política, como en la vida, hemos de aprender a vivir con la decepción. Pero equivocado, porque en la vida, como en la política, nunca podremos resignarnos a ella. “Yo me rebelo, luego somos”, palabras de uno de los filósofos, Albert Camus, que más aprendieron de la decepción, que más la sufrió en su propia carne, y que nunca dejó de exigir y exigirnos, que empleáramos cada aliento de nuestra vida por la dignidad propia, que tan sólo puede conjugarse con honestidad en favor de la dignidad ajena, de los que siempre pierden, de aquellos que siempre sufren.

Daniel Innerarity, en un recomendable ensayo titulado “la transformación de la política”, señala que ésta ha de ser un aprendizaje de la decepción. Que hemos de aprender a convivir con el fracaso o con el éxito parcial, pues en política no hay éxitos absolutos. Y cuando explica esta afirmación, que al examinarla a fondo dista mucho de la resignación a la decepción, nos dice que una de las principales características de la política es la “contingencia”, es decir los asuntos propios de la “cosa pública” han de ser por su propia naturaleza de carácter abierto, decibles, imprevisibles, opinables, controvertidos, revisables. Existe un grave peligro de dejación de funciones, por parte de aquellos que dicen ser nuestros representantes, en pretender que la política no pertenezca a los ciudadanos y pase a ser cosa propia de tecnócratas, fanáticos o profetas iluminados.

Innerarity señala una segunda característica de la política: el “diálogo”, que tiene sus riesgos, cómo no, porque si este es sincero, los resultados nunca habrán de estar garantizados, puede que el otro me convenza a mí en parte o en todo, o al revés, por qué no puedo convencer al otro en parte o en todo, siempre que sea un diálogo abierto y sincero y no se recurra a maquiavélicos atajos. Un tercer elemento asoma en el ejercicio de la política: el “riesgo”, ya que los resultados nunca están garantizados, pero no por ello debemos dejar de asumirlo, si en algún momento queremos dejar de comportarnos como meros gestores de una realidad que no nos gusta. La política es transformación, ilusión, nunca resignación, nunca rendirse a la decepción. Entre la política entendida como técnica para gestionar realidades, y la política entendida como arte para gestionar sueños, la diferencia es tan simple como vivir en el miedo atrapado en un presente al que nos resignamos, o atreverse a vivir el presente creando un futuro que nos ilusione.

Es necesario aceptar que en la política hay límites, porque hay diálogo, porque hay que convivir con diferentes perspectivas, porque hay que “negociar” con quienes piensan diferente, en aras al bien común. La buena política tiene que ver siempre con el arte de lo posible, pero tan sólo hace falta estar atentos a las enseñanzas de la historia para aprender que lo posible fue alcanzado porque nunca nos rendimos a la decepción, nunca nos resignamos, siempre apuntando a aquello que nos parecía imposible. Una cosa es denunciar el engañoso juego de manos de populismos más interesados en llegar al poder, que en verdad transformar la sociedad, y la otra renunciar a través del empuje de la ilusión por lo imposible, a lograr lo posible. Todas las conquistas sociales, se lograron gracias a colectivos que entendieron la política conjugada de esta manera.

A la política le sucede como en el amor, que a veces se llena de excusas, gestadas en el vientre de ese miedo a la incertidumbre, tan propio de la naturaleza humana. Pero ésta, es parte ineludible de un sano ejercicio de la democracia. Y entre las excusas más utilizadas, en el amor o la política, se encuentra aquella de “no es el momento oportuno”. Siempre resignándonos a que ya tocará aquello a lo que aspiramos. Es el suspiro del pragmático, deja para mañana lo que pueda resultar costoso hoy. El problema es que, si no tuviéramos de vez en cuando las voces de esos locos soñadores que nunca se rindieron a la decepción, y que se negaron a dejar para mañana los sueños del presente, nunca hubiéramos logrado nada como sociedad, y menos los avances democráticos que nos definen como sociedades libres, y con un estado social digno, justo e igualitario. Si en el amor siempre dejamos las cosas importantes para luego, éste se morirá. Cómo no creer que, en lo colectivo, en la política, eso habría de ser diferente.

Finalmente, y volviendo a la centrar el tema en la ex Presidenta, se podría decir, como hace muy poco tiempo me señaló alguien que “Cristina Fernández de Kirchner fue para la Argentina lo que las decepciones son al alma”, y con esto último invirtió el rol del decepcionado, trasladándolo de la persona que se irrogó el poder de tener la “única verdad”, a la inmensa mayoría del pueblo argentino que creyó en un proyecto político y luego se dio cuenta que solamente existió un proyecto mafioso.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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