EL HURACAN IRMA YA PASÓ....QUE SIGA EL PRÓXIMO

El "escapismo" argentino de cada día
Jose-Bianco

Ya pasó el Hurucán Irma por la Ciudad de Miami, que tal y como se ha podido apreciar durante estos últimos días pareciera ser para los argentinos más preciada que cualquier otra de las tantas ciudades turísticas que están dentro de nuestro territorio nacional, y, a Dios gracias, también ya pasó ese cuasi “reality show” montado por las cadenas televisivas del país para mostrar, en vivo y en directo, como si se tratara de una versión moderna del llamado “cine de catástrofe” de las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado, las intimidades más vulgares y los padecimientos de una sociedad americana que tiene casi todo bajo control antes este tipo de calamidades de la naturaleza, salvo, claro está, el insaciable apetito de la televisión argentina por tener un punto más de rating.

Lamentablemente, los medios de comunicación, en general, y la televisión, en particular, no escapan a lo que es globalmente la sociedad argentina. Una sociedad más interesada en la noticia o acontecimiento rimbomante, aquél que tiene resonancia inmediata, por tratarse de algo curioso o, simplemente, por su espectacularidad, pero carente del más mínimo análisis, más allá de la enorme catarata de datos sobre meteorología que hoy todos conocemos, pero que en nada nos sirven, porque no nos ayudan, ni remotamente, a entender porqué hay enormes extensiones del territorio de la Provincia de La Pampa que se encuentran inundadas, ni qué pasa con cada lluvia que se produce en alguna de las cientos de ciudades argentinas que se anegan cuando caen tres gotas locas.

Así funcionamos como sociedad, prestándole más atención, preocupándonos enormemente, siendo inmensamente solidarios con lo que sucede fuera de nuestras fronteras, pero lo que pasa acá, lo que se produce delante de nuestras propias narices o unos cientos de kilómetros del lugar donde residimos, apenas si llega a ser noticia de un día, cuando no de un simple segmento en algún noticiero o programa de interés general.

Y esto que hoy veo y siento, no sólo se circunscribe a la televisión, la radio y la prensa escrita, sino que también se ha instalado, a través de las llamadas Nuevas Tecnologías, en las redes sociales a las que pertenecemos y con las que mantenemos contactos con personas de todo el planeta.

Es verdad, hasta cierto punto, que no depende de cada uno de nosotros la programación y los contenidos de todo el bombardeo a que somos sometidos diariamente por los medios de comunicación tradicionales. Y hago la salvedad de “hasta cierto punto”, porque considero que con la atención que le damos estamos sumándole un incentivo más a su voracidad por ostentar el galardón de haber liderado tal o cual segmento horario. Pero, supongamos que esto es algo que no podemos controlar y que las cosas son así, porque aceptamos contenidos muy bien marketinados. Ahora bien, lo que no puedo dejar de criticar es la importancia que le damos a todo este tipo de cosas, que no hacen otra cosa que desenfocarnos de aquello que es realmente debería preocuparnos, en aquellos medios que sí controlamos, como el de las redes sociales, que se nutren, única y exclusivamente, de lo que nosotros mismos aportamos a ellas.

Como la mayoría de los argentinos y de los habitantes de este planeta, tengo cuentas en facebook, twiiter e instagram. Y he podido comprobar, con el más absoluto estupor, de qué manera mis contactos se involucraron con este último fenómeno de la naturaleza, ocurrido a cientos de miles de kilómetros del país, y cómo nada, pero absolutamente nada se dijo, durante estos días, de todo lo que sucede puertas adentro. No me considero lo suficientemente necio como para no advertir que muchos de nosotros tenemos familiares y amigos viviendo en latitudes lejanas que se vieron afectadas por este huracán, pero, de igual manera, estoy convencido que tenemos muchas más relaciones, familiares y de amistad, con personas que viven dentro de nuestras propias fronteras, en dónde también ocurren calamidades que no respetan ni vidas ni bienes. Sin embargo, no he visto una sola mención a las inundaciones que azotan miles de kilómetros cuadrados de la región central del país, ni a la sequía del norte argentino, dónde la tierra se agrieta y la vida de la fauna y la flora está en serio peligro. Tampoco nada se dice de las desiertos que están surgiendo en las zonas aledañas a nuestro inmenso litoral marítimo. Y así podría seguir con mucho de lo que acá ocurre, pero que no nos hace mover ni un pelo.

La pregunta es, entonces, ¿qué nos sucede como sociedad?, ¿por qué estamos pendientes y demostramos preocupación y solidaridad con todo lo que acontece en el extranjero y nada con lo que pasa dentro de nuestras propias casas?

No soy dueño de la verdad, ni siquiera pretendo serlo, pero en todo esto no puedo dejar de ver una especie de escapismo de nuestra triste realidad. Una realidad que nos duele y mucho, y de la que nos sentimos tan impotentes para cambiarla, que preferimos no mirarla, desviando toda nuestra atención hacia otras cosas.

En el mundo entero suceden muchísimas cosas que no son tan diferentes con nuestra realidad cotidiana. Dejemos de lado los sucesos de la naturaleza. Vayamos al costado político y social de la realidad internacional y de la nuestra. La corrupción existe acá y en cualquier otra parte. La diferencia estriba en algo muy sencillo, pero que a nosotros se nos torna casi imposible de enfrentar: la ética, o la falta de ella, en los servidores públicos. El ejemplo más cercano que puedo dar en este momento es el de la renuncia del Vicepresidente de la República Oriental del Uruguay. El hombre se equivocó, actuó de manera contraria a los valores que debe tener quien fue electo para un cargo de semejante responsabilidad. Sin más, sin tanto palabrerío y burocracia, fue sometido a un tribunal ético, y, luego de que éste se expidiera en su contra, declinó a su cargo.

En nuestro país pasaron cosas terribles durante muchísimo tiempo, si de este tipo de hechos se trata, y aún estamos esperando el veredicto de la justicia, ya que los imputados jamás reconocen, con palabras o con actos, su culpabilidad, cuando todo indica que lo son. Es más, muchos han encontrado en los fueros parlamentarios la coraza para resistir el veredicto judicial, cuando éste, como siempre tarde, llegue al fin.

Debería darnos vergüenza, como sociedad que nos creemos democrática, moderna y apegada a las leyes, las palabras del ex Presidente uruguayo “Pepe” Mujica cuando, en relación con la causa que motivo la renuncia de Vicepresidente, dijo: “ Enfrente unas monjitas tiran unos bolsones de plata y nosotros discutimos unos calzoncillos”. Pero, en vez de vergüenza, se levanta nuestro “maltratado” orgullo nacional, y salimos en tropel a decir que no tienen entidad ni derecho para inmiscuirse en los asuntos internos de un país soberano.

Pero resulta que sí tiene entidad, y, si lo medimos con la misma vara con la que nosotros criticamos todo lo que sucede en otras partes del mundo, entonces también tiene derecho, porque lo hace desde un punto de vista que muy en el fondo no es diferente al que tenemos de nosotros mismos.

La única manera de cambiar la realidad en la que vivimos es aceptarla, De una vez por todas tenemos que “blanquearnos”, ante nuestros propios ojos, que somos una sociedad enferma. Una sociedad que prefiere apabullarse con distracciones, que esta vez fue el Hurucan Irma, pero que de seguro la próxima será cualquier acontecimiento que ocurra muy lejos de acá, para no sucumbir ante nuestros tristes padecimientos.

¿Cuánto tiempo más vamos a poder esconder la basura “bajo la alfombra” o “dónde no mira la suegra”?

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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