Ningún pueblo es originario

OPINIÓN 07/09/2017 Por
Nadie puede arrogarse el derecho de haber estado en algún lugar desde el principio de los tiempos. Todos los pueblos alguna vez han sido desplazados por otros, por esa constante del hombre que es la conquista violenta
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La amenaza de un terrorismo secesionista mapuche produce reacciones más o menos previsibles.
Es natural que a la izquierda este movimiento le caiga bien, porque sabemos que el aborigenismo es una de las nuevas caras del marxismo.
De otro lado, advierto que muchos ponen el acento en la circunstancia de que detrás de esta gente estaría Gran Bretaña, que en complicidad con Chile quiere despojarnos de nuestras riquezas… Y que las Malvinas son argentinas, y toda la retahíla conocida de nuestro nacionalismo recalcitrante. En definitiva, sale a flote una vez más la tradicional anglofobia argentina, tan nefasta. No me importa que sea falsa o cierta esa teoría conspirativa. Me importa comprobar que si no se sospechara de Inglaterra como titiritera de estos caciques, esta fantochada quizás le resultaría simpática a algunos que sólo la repudian por la hipotética “mano negra” británica.
No hay pueblos originarios. Nadie puede arrogarse el derecho de haber estado en algún lugar desde el principio de los tiempos. Todos los pueblos alguna vez han sido desplazados por otros, por esa constante del hombre que es la conquista violenta. También los mapuches, antes de ser conquistados fueron conquistadores. No hay ninguna razón para reconocer privilegios a los descendientes de los que hace algunos pocos cientos de años fueron colonizados por los españoles. Todos somos una síntesis entre conquistadores y conquistados.
El cacique Jones Huala declara que se propone destruir el capitalismo y al mismo tiempo se proclama “antisistema”. No parece. Más bien da la impresión de sintonizar perfectamente con los dogmas del nuevo establishment, uno de cuyos rostros es el aborigenismo. Sin embargo, la apariencia pintoresca de los representantes de este movimiento no debe inducirnos al error de minimizarlos. Huala es peligroso y su discurso debe ser considerado como una amenaza seria para la República.
Hay otro problema más grave. Algunos reclamos de estos caciques tienen sustento constitucional, pues la reforma de 1994 reconoce “la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos” y obliga al Congreso a concederles determinados privilegios.
En este punto, es importante advertir que esa cláusula de la nueva Constitución colisiona contra otra de mayor jerarquía. En efecto, el artículo 16 de la Carta Magna declara que “la Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre ni de nacimiento… Todos sus habitantes son iguales ante la ley.”
El aborigenismo no es, contra lo que podría suponerse, una creación de los pretendidos pueblos originarios. Es, por el contrario, una invención y una enfermedad de Occidente, que por alguna razón que excede el marco de esta nota, procura denodadamente su autodestrucción.
Esta doctrina exalta y sobrevalora a las culturas precolombinas, e incluso declara cierta superioridad ética y cultural de los conquistados sobre los conquistadores.
Quieren convencernos, contra toda evidencia, de que los incas, los aztecas o los comechingones han hecho a la humanidad más aportes que Roma.
La guerra de conquista terminó hace mucho y se dirimió con la victoria de España primero y de la República Argentina después.
Si bien casi todos los habitantes de esta tierra llevan la sangre de los vencedores y de los vencidos, culturalmente somos todavía, aunque cada vez menos, Occidente. A esa cultura le debemos no sólo las más altas obras del arte y de la ciencia, sino los valores de la defensa de la vida, la libertad y la propiedad. Yo me siento obligado a cuidar esos valores, y son esos mismos principios los que me obligan a respetar a toda otra cultura que no pretenda arrogarse privilegios ni avanzar sobre mi vida, mi libertad y mi propiedad.
Sin embargo, en algo tiene razón el cacique Jones Huala. Acierta plenamente cuando dice que nadie puede obligarlo a sentirse argentino. En verdad, no puede ser presionado para impostar ese sentimiento o esa profesión de fe. Ni él ni nadie. Debe respetarse su decisión de sentirse mapuche o lo que quiera.

Al fin de cuentes, más allá de las guerras, más allá de los ejércitos, más allá de los vencedores y los vencidos, sólo existen los individuos. Los entes colectivos, llámense “la nación”, “el pueblo” (originario o no), “la patria” o “la humanidad”, no pasan de ser artificios.

Fuente: Alfil Diario

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