Roca y los Mapuches

POLÍTICA 05/09/2017 Por
La historia de una guerra bárbara, intermitente, de promesas y pactos rotos, de odio y de egoísmo, de corrupción y mala administración, de alternativas de agresión y vacilación por parte de los blancos, de defensa heroica, desesperación, ciega barbarie y derrota fatal, por los indios
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En 1952 el historiador inglés Arnold Toynbee sorprendió al mundo intelectual con su libro “El mundo y el occidente”, una reflexión poco condescendiente sobre la agresión de los países europeos al resto del mundo. Rusia, el Islam, China, India, fueron a su turno, repitiendo la tradición de los dos primeros agresores de occidente, los griegos y los romanos, de quien dijo uno de sus vencidos: “Convierten en desierto y le llaman paz”. Aunque la conquista de América se inscribe en ese mundo de expansión de las potencias europeas, el nuevo mundo era considerado, como Australia y Nueva Zelanda, uno de los últimos espacios vacíos existentes. Sin embargo, su conducta con la relativamente escasa población, fue tal vez mucho más cruel y despiadada, matizada con nobles esfuerzos, generalmente estériles, por atenuarla. Para decirlo con las palabras de los historiadores norteamericanos Morison y Commager, al analizar su propia experiencia en aquel hemisferio: “…la historia de una guerra bárbara, intermitente, de promesas y pactos rotos, de odio y de egoísmo, de corrupción y mala administración, de alternativas de agresión y vacilación por parte de los blancos, de defensa heroica, desesperación, ciega barbarie y derrota fatal, por los indios” .

En la América española, la virtual conversión de los vencidos a la esclavitud motivó la protesta de algunos frailes, entre ellos Bartolomé de las Casas, Francisco de Vitoria, Luis de Valdivia y Gil de San Nicolás entre otros, que consiguieron que la corona española dictara normas que pretendieron humanizar la relación con los indígenas vencidos, por cierto que con poco éxito. Los soldados hispanos, triunfantes ante las grandes civilizaciones aztecas, mayas y quichuas, encontraron sin embargo dificultades insalvables con los aparentemente menos refinados pero más belicosos mapuches, con quienes debieron convivir durante tres siglos sin encontrar modo de evitar los malones y las no menos crueles represalias. Después del desastre de Tucapel en 1553 y Curalaba en 1598 y la subsiguiente rebelión de los mapuches, no quedó un solo asentamiento español al sur del Bío Bío, y España trató a los mapuches de estado a estado. Todos los acuerdos posteriores, las paces de Quilín (1641) y los parlamentos de Negrete (1793 y 1803) reconocieron esa frontera que perduró hasta 1881, en que las victoriosas tropas chilenas en la Guerra del Pacífico resuelven invadir el reducto de los que ellos denominaban araucanos. No hubo cambios, como puede verse, entre la política de la corona española y la de sus sucesores argentinos y chilenos, que siempre consideraron como parte de su territorio las tierras ubicadas en el sur de Chile y la Argentina, como una inferencia legítima del Tratado de Tordesillas y la bula “inter caetera” del papa Alejandro VI. No obstante, todos los intentos por correr la frontera hacia el sur fracasaron, hasta la primera expedición al desierto organizada y dirigida por Juan Manuel de Rosas en 1833.

Rosas llegó hasta el río Negro y mantuvo las fronteras estables en esa protección natural, hasta su derrocamiento en Caseros, cuando las guarniciones militares de los fortines que la protegían, fueron retiradas para incorporarse al ejército derrotado por Justo José de Urquiza. A partir de 1852 y hasta la segunda expedición al desierto en 1878, las fronteras de la Argentina volvieron virtualmente al río Salado en la provincia de Buenos Aires y a los fortines que protegían a Mendoza, Córdoba, Santa Fe, San Luis y las provincias andinas del norte. Esta situación se mantuvo inalterable hasta la segunda expedición comandada por Julio Argentino Roca, culminada también exitosamente, pero con resultados definitivos.

Las dos expediciones siguieron una estrategia similar. En realidad, explícitamente, el general Roca imitó en su planes militares lo realizado por Rosas: tres o más columnas en abanico para converger finalmente en la confluencia y convertir el río Negro en la nueva frontera. El tratamiento con los indígenas, sin embargo, parece haber sido diferente. La conducta de Rosas con los indios tuvo un testigo inesperado: el científico inglés Charles Darwin, quien luego de desembarcar en Patagones y aprovechar que el Beagle debía tocar Bahía Blanca, decidió hacer el tramo por tierra. Darwin estuvo conviviendo prácticamente con las tropas del ejército en la costa del Colorado, se entrevistó personalmente con Rosas y describió en sus memorias del viaje, la impresión que le produjo el contacto con los soldados y el tratamiento con los indios. “…pocos días después vi otras tropas de estos soldados con facha de bandoleros, que partían en una expedición contra una tribu de indios de las pequeñas salinas, traicionados por un cacique prisionero. Los indios, hombres, mujeres y niños eran unos 110 y casi todos fueron prisioneros o muertos, porque los soldados acuchillaban a todos los varones. Los indios se hallaban tan aterrados que no ofrecían resistencia en masa, sino que cada uno huía como podía abandonando a sus mujeres e hijos…” “...cuanto más repulsivo es el hecho indiscutible de matar a sangre fría a todas las mujeres que parecían tener más de veinte años…” “ Esto da una idea del inmenso territorio donde vagan los indios. Sin embargo, a pesar de su gran extensión, creo que en otros cincuenta años no quedará un solo indio salvaje al norte del río Negro”, concluye Darwin.

En las instrucciones que Rosas le dio al coronel Pedro Ramos el 2 de octubre de 1833 con respecto al trato de los prisioneros indios le recomienda que “...quien luego que no haya nadie en el campo, lo puede ladear al monte y allí fusilarlos. Si después echasen de menos los indios a los otros prisioneros, puede decirles que habiéndose querido escapar y teniendo orden la guardia de que si los pillaran por escaparse, lo fusilasen, habían cumplido dicha orden”. El 9 de septiembre de 1834 los boroanos, pampas y ranqueles fueron engañados y masacrados en Masallé por Calfucurá y sus indígenas provenientes de Chile, aliados de Rosas, muriendo los caciques Rondeau, Melín, Venancio, Callvuquirque y Coñoepán, y muchos capitanes, adivinos y ancianos fueron degollados. Los boroanos, con el cacique Railef al frente, volvieron en 1837 con refuerzos de Chile para vengarse y luego de diversas incursiones, llegando cerca de Bahía Blanca, se volvieron con gran cantidad de ganado y cautivos y se establecieron en la margen del río Agrio. Calfucurá, por orden de Rosas, se movió para cortar la retirada de los invasores y los atacó por sorpresa en Queutrecó, derrotándolos, matando a Railef y a 600 de sus guerreros y huyendo los sobrevivientes a Chile. No hay evidencias de que se hayan producido actos de ferocidad semejantes, ni que haya habido instrucciones específicas similares por parte de Roca a sus comandantes o subordinados, aunque no se pueda descartar actos repudiables como el un tanto confuso episodio que provocó la captura del cacique pehuenche Purrán en 1880. En cambio, puede descartarse por inverosímil la hipótesis de la existencia de un campo de concentración en Valcheta, con alambrado de púas de tres metros y la muerte por inanición de los indios cautivos, al parecer un invento surgido de la nada. Ni siquiera es probable que ya se usara en Argentina el alambre de púas, patentado en Illinois en 1874. Sí es cierto que los cautivos y sus familias fueron trasladados en forma compulsiva a diversos destinos, repartidos entre familias en Buenos Aires, o a los ingenios azucareros del norte.

Fue una política deliberada, cuyos objetivos Roca explicó claramente en la carta a los gobernadores, que envió el 23 de noviembre de 1878, donde señala que “lo más conveniente es distribuir estos indios prisioneros, respetando la integridad de sus familias, centro hoy de las poblaciones rurales, donde sometidos al trabajo que regenera y a la vida y al ejemplo cotidiano de otras costumbres, que modificarán insensiblemente la propias, despojándoles hasta del lenguaje nativo como instrumento inútil, se obtendrá su transformación rápida y perpetua en elementos civilizados y fuerza productiva”. Esta política fue influenciada por el agregado militar en Washington, el oficial Malasin, enviado por Roca para estudiar las soluciones en aquel país, pero limitadas sus opciones en el nuestro, por el carácter nómade de las tribus aborígenes. En un país que hacinaba a los inmigrantes europeos, no es sorprendente que los indios recluidos inicialmente en Martín García, vivieran en condiciones paupérrimas, hasta ser enviados a sus nuevos destinos o distribuidos un tanto caóticamente entre familias de Buenos Aires. Tampoco se produjeron durante la expedición militar acontecimientos que puedan catalogarse de pequeñas o grandes batallas. La columna central dirigida por Roca, de acuerdo con las constancias de la expedición, no tuvo prácticamente ninguna actividad militar, salvo la persecución de pequeños grupos nómadas que en dos o tres oportunidades encontraron en el camino, lo cual explica que los opositores a Roca trataran despectivamente a la expedición. Las cifras, evidentemente exageradas de las muertes y capturas de indígenas en la memoria enviada al Congreso, fue probablemente consecuencia de aquella circunstancia.

“Tampoco me afilio al sentimiento de los críticos que han disminuido post facto la importancia de la campaña del 79, menospreciando el número de los indios que hubo que dominar. Posiblemente ese número haya sido abultado por los partes oficiales en más de una ocasión y antes...” (Prólogo de Roberto Giusti al libro de Zeballos “Calfucurá y la dinastía de los piedra”). Uno de los autores críticos sobre la expedición, Carlos Martínez Sarasola, dice respecto de esta columna, la principal de Roca: “Un mes más tarde Roca volvió a Buenos Aires. A cargo de las fuerzas quedó el coronel Conrado Villegas. La primera división no había disparado un solo tiro”. Una segunda etapa de esta operación militar se realizó a partir de la asunción de Roca como presidente, al mando de Villegas, Winter y otros militares que formaron parte de la fuerza expedicionaria. Su misión fue completar la ocupación en lo que es hoy la provincia del Neuquén hasta llegar al lago Nahuel Huapi. Los datos referidos a las operaciones son más escasos y dudosos y los enfrentamientos suelen arrojan cifras de indígenas muertos de un solo dígito o dos. La acción militar puede considerarse terminada con la rendición final del cacique Sayhueque en 1885. De todas maneras, cualquiera sea la veracidad de las cifras, los partes oficiales se refieren a los muertos como producto de acciones de guerra y no existen evidencias de que hayan sido asesinados después de su captura.

Los mapuches y la argentina

Los mapuches constituían en Chile virtualmente una nación, con población estable, rucas o casas y tierras cultivadas, divididos en grupos dirigidos por caciques que se unían para defender su territorio o realizar operaciones de ataque a los españoles o entre sí. En cambio, las pampas argentinas estaban habitadas por pequeños grupos indígenas no mapuches. Se trataba de nómades, cazadores de guanacos, ñandúes y llamas. Los mapuches no tenían relación con la pampa y se circunscribían al lado chileno. Tampoco tenían relación con los habitantes de la cordillera, los pehuenches. Estos hablaban otro idioma y se relacionaban étnicamente con los tehuelches patagónicos.

Con la llegada de los españoles, muchas familias mapuches, buscando lugares más seguros para vivir se refugiaron en la cordillera, donde se relacionaron con los pehuenches. Estos fueron adoptando las costumbres y el idioma mapuche hasta ser “araucanizados” totalmente a fines del siglo XVI. La enorme disponibilidad de ganado en las pampas bonaerenses, fue atrayendo a crecientes contingentes de mapuches, algunos de los cuales como los boroanos, se establecieron en las márgenes del Salado pampeano junto a los mapuchizados ranqueles o en las cercanías de Sierra de la Ventana y todos incursionaban para hacer grandes arreos de caballos y vacunos que pertenecían a estancieros argentinos y llevarlos a Chile para venderlos.

En los acuerdos de Negrete, entre la capitanía de Chile y los mapuches, se incluía el compromiso de los caciques chilenos a cesar en sus incursiones sobre Buenos Aires. En 1830 Rosas acuerda con Calfucurá, de origen chileno, su ingreso al país con la esperanza de que le sirviera para pacificar a los ranqueles y otras tribus rebeldes. La alianza de Calfucurá con Rosas se mantuvo hasta Caseros, pero ya antes aquél se había convertido en el más poderoso cacique de las pampas, que trataba a las autoridades argentinas de potencia a potencia y que durante cuarenta años dominó una gran parte del actual territorio nacional.

Los malones nunca dejaron de producirse, aunque extinguida la alianza entre Calfucurá y Rosas, fueron más frecuentes después de Caseros. Para los argentinos eran acciones de robo y secuestros, para los mapuches eran excursiones de caza. Pero paulatinamente se transformaron en verdaderas acciones de guerra y rescatarlas del deliberado olvido es también reconocer el valor y la tenacidad de los guerreros indígenas, que con lanzas y boleadoras enfrentaban a tropas armadas con fusiles y cañones y a menudo las derrotaban.

En abril de 1855, Mitre quiere efectuar un golpe de mano sorpresivo sobre los indios en Sierra Chica, al sudeste de Bahía Blanca. El resultado fue un fracaso y el día 30 en las primeras horas de la noche Mitre emprende el regreso hacia Azul, marchando toda la columna a pie. Fue también en ese año, en setiembre, que ocurrió la muerte en manos de los indios del comandante Nicolás Otamendi. Destacado para reprimir una incursión hecha en la estancia de San Antonio de Iraola, donde el cacique Yanquetruz había robado de seis a ocho mil cabezas de ganado. Otamendi estaqueó a un indio emisario de dicho cacique, por lo que los indios lo atacaron enfurecidos, obligándolo a defenderse con su tropa en un corral, donde fue muerto, sobreviviendo solamente dos de los ciento veintiocho hombres que componían el escuadrón.

En 1856, desde Azul, el coronel Hornos, decidido a escarmentar a Calfucurá, sale con un ejército de 3.000 hombres y doce piezas de artillería. Ahí se inició el combate de San Jacinto, cargando la caballería indígena desde varias direcciones. Los indígenas, bien familiarizados con esos terrenos, pronto dieron cuenta del enemigo. Rápidamente Hornos tuvo que abandonar el campo de combate, dejando 18 jefes y oficiales y 250 hombres de tropa muertos, además de 280 heridos y la mayor parte de sus pertrechos abandonados.

Después de realizar una primera incursión en 1867, en abril de 1868 Calfucurá al frente de 2.000 indios, en su mayor parte chilenos, asaltó el sur de Córdoba entrando por el lugar denominado Los Barriales, a doce leguas de La Carlota. En noviembre de 1868 unos 300 indios y gauchos cristianos, después de invadir San Luis, sitiaron y asaltaron la Villa de la Paz. El 5 de marzo de 1872, Calfucurá invadió el oeste de la provincia de Buenos Aires, al frente de unos 6.000 indios, acaudillando a todas las tribus enemigas del gobierno. Mientras con una parte de sus huestes vigilaba las tropas en Azul, el resto saqueó los establecimientos y poblaciones aledañas, apoderándose de 200.000 cabezas de ganado, 500 cautivos y matando unos 600 pobladores. Al frente de un contingente de 3.500 hombres, el coronel Rivas salió a cortarle la retirada. El encuentro se produce en las cercanías de Bolívar, en la llamada batalla de San Carlos. Considerada la más importante en la secular lucha contra los aborígenes, por los efectivos que intervinieron, por el ardor con que se luchó, y más que nada, porque significó el ocaso de Calfucurá, quién sin ser derrotado, se retiró del campo de batalla.

San Carlos fue decisiva y cambió el curso de la historia, aunque estuvo cerca de serlo en sentido inverso. Pero todavía los mapuches no estaban vencidos. En 1875 se produce la “invasión grande” que comenzó con la sublevación de la tribu de Catriel. En su auxilio vinieron simultáneamente Namuncurá, los ranqueles de Baigorrita, los de Pincén y unos 2.000 indios chilenos sumando unos 3.500 combatientes. Los indígenas penetraron sorpresivamente en un amplio frente, arrasando las poblaciones de Tandil, Azul, Tapalqué, Tres Arroyos y Alvear. Según fuente oficial, tan sólo en Azul 400 vecinos fueron asesinados. Durante tres meses se libraron cinco batallas principales, la más importante la de Paragüil y varias menores, hasta que los indígenas se retiran a sus lugares en el desierto. Estos olvidados episodios que muestran la magnitud del conflicto y en cierto modo lo inevitable del desenlace, son el preludio de la segunda expedición, ciertamente con las fuerzas mapuches debilitadas y resignadas por los últimos fracasos, pero fundamentalmente derrotados por dos innovaciones tecnológicas decisivas: el Remington de repetición y el telégrafo. Roca es más recordado y ahora denostado por la conquista del desierto que por sus dos presidencias y su largo período de presencia dominante en la política argentina. Sin embargo, fue un gran presidente.

Tal vez exageran sus exégetas más entusiastas cuando sostienen que Roca “hizo” el país, pero no hay dudas de que cumplió una gestión asombrosa. Hasta la expedición de Roca, Argentina era un pequeño país con ciudades dispersas en el interior, cuya parte más importante ocupaba unos 30.000 km2 alrededor de Buenos Aires. En Córdoba, la ciudad homónima estaba protegida al sur por los fortines de Río Cuarto y La Carlota. En Mendoza, si exceptuamos la capital defendida por los fuertes de San Carlos, Tunuyán y Tupungato y al sur por el de San Rafael, el resto era tierra de nadie, ocupada por los huarpes, a veces por los Pincheira y en 1832 por el ejército chileno al mando del coronel Bulnes, quien penetró en esa provincia desde el norte de Neuquén para perseguir a aquellos legendarios bandidos, cuya tropa había sido exterminada sin piedad en las lagunas de Epulafquén. Como los Pincheira eran realistas, este episodio es considerado el último combate contra la dominación española en la América meridional. Los malones en el sur santafesino llegaban hasta Rosario y en más de una oportunidad a Santa Fe y, por el norte, la provincia estaba asediada por los tobas y abipones.

El mismo esquema, con diferentes actores, se repetía en las restantes provincias del norte. Como resultado de la campaña de Roca y luego de su gestión presidencial, se incorporaron al territorio nacional alrededor de dos tercios de la actual superficie del país. Incluye la mayor parte de la provincia de Buenos Aires, La Pampa, toda la Patagonia y las zonas de Córdoba, Santa Fe y Mendoza fuera de sus capitales. Luego, ya en la presidencia se completará el mismo proceso en el norte. Los nuevos territorios los unió al resto del país con los ferrocarriles. Hizo la paz con Chile y estableció un sistema civilizado para dirimir los conflictos con aquel país. Modernizó el ejército, estableció la moneda, dictó la ley de educación laica y gratuita, el matrimonio y el registro civil, y consagró la autonomía de las universidades. Los resultados, insinuados en las presidencias anteriores, fueron espectaculares. Durante el último tercio del siglo XIX, Argentina era el país americano que recibía más inmigrantes después de USA. En 1888, La Nación recoge de un diario de París las cifras del activo y el pasivo de los bancos sudamericanos, que reflejan aproximadamente lo que ahora se define como el PBI. Argentina sola, supera el total del resto de los bancos de la región. Triplica a Brasil, decuplica a Chile y supera más de cien veces el movimiento financiero de Colombia. Aunque no pueda descartarse que haya mapuches que conserven su resentimiento contra Roca, como algunos trasnochados españoles puedan tenerlo con San Martín, sería ingenuo no advertir que tras la agitación antiroquista y la interesada omisión por la conducta de Rosas, pocas veces se puede mostrar en forma tan descarnada el predominio de la ideología sobre la verdad. Un liberal y para colmo exitoso, es una tentación irresistible para quienes, desde el populismo, intentan reescribir la historia del país.

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