PREPARANDO EL "GUISO" DEL CAOS

La peligrosidad de combinar ingredientes inflamables en una sociedad "adolescente"
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Con absoluta seguridad, quienes concurrieron a la marcha para pedir la aparición con vida de Santiago Maldonado lo hicieron por ese único y exclusivo motivo. No existía en la concentración de personas, ni en los miembros de la familia de Maldonado, organizadores de la marcha, el ánimo de causar disturbio alguno. El mensaje que dieron desde el palco los allegados al artesano y activista, del que nada se sabe desde hace más de un mes, no fue violento ni ínsito, en modo alguno, a los desmanes que después se dieron y que todos pudimos ver, en “tiempo real”, a través de las transmisiones hechas por las diferentes señales televisivas.

Quizá, lo más fuerte del reclamo hecho el viernes pasado haya sido el pedido de renuncia dirigido a la titular del Ministerio de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich. Todo se desarrolló tal y como estaba previsto. Es más, la desconcentración de la gran multitud que se hizo presente frente la pirámide de la Plaza de Mayo fue absolutamente ordenada. Y tanto es así, que las adyacencias estaban repletas de ese espectáculo folclórico que configuran los vendedores ambulantes, con sus puestos de bebidas y comidas tan típicas como los choripanes, empanadas y pebetes, que ya es un clásico en todo tipo de acto público.

Nada hacía presagiar la barbarie que luego se desató. Sin embargo, para aquellos que solemos mirar un poquito más allá, los ingredientes estaban lo bastante bien combinados como para que ocurriera lo que finalmente sucedió.

Durante días, desde distintos ámbitos del quehacer nacional, tanto en lo social como en lo político, se venía machacando con el deficiente, cuando no mal intencionado rol de las instituciones estatales para con la investigación de este caso. Sintonizando cualquier radio, leyendo diarios, viendo programas televisivos de análisis político o simplemente a través de las redes sociales, todos con un marcado tinte opositor a la actual conducción del gobierno de Mauricio Macri, se aportaba un “granito más de arena” para que el “guiso de la discordia” estuviese a punto.

La historia de los grandes disturbios y revueltas sociales del país está plagada de este tipo de señales encubiertas, que hoy, con la gran ayuda que significan las “nuevas tecnologías de comunicación”, son de una lectura mucho más fácil y de una penetración casi inmediata.

Y es que la idiosincrasia del argentino medio ha sido preparada para reaccionar de esta manera. Esa preparación, casi un adiestramiento muy bien estudiado y mejor implementado, lleva muchos más años haciendo estragos dentro de nuestra sociedad de los que queramos reconocer.

Si se piensa bien, todo comenzó un 6 de septiembre de 1930, cuando un grupo de militares y civiles, de alucinada y mesiánica mente, creyeron tener la capacidad para imponer por la fuerza de las armas un proyecto de país que la mayoría repudiaba, sin medir siquiera las consecuencias ni los alcances que tendría, al punto de marcar a fuego y muerte el destino de la nación por más de cincuenta años.

El mundo de aquél entonces se debatía entre el avance del capitalismo más deshumanizado y los totalitarismos asesinos que buscaban en la aniquilación de grandes masas humanas una gloria que pudiera convertirlos en amos y señores del planeta.

Argentina no estuvo al margen de esa tendencia, y el desarrollo de los acontecimientos y gobiernos que se sucedieron desde el derrocamiento del presidente Hipólito Hirigoyen, es una clara muestra de cuán profunda puede ser una herida y cuánto daño puede causar un acontecimiento para un país y para una sociedad que no está preparada para ello.

El mundo de aquél entonces no estaba globalizado como hoy lo está. No obstante, sufrimos las consecuencias de lo que ocurría en latitudes muy lejanas a nuestro suelo.

Con mayor razón, la globalización, que es hoy una de las características fundamentales y preponderantes de nuestro presente, impacta con mucha más fuerza que antaño.

La sociedad argentina viene padeciendo efectos devastadores, producto de haber transitado de “grieta en grieta”, por haber hecho de cada problema menor una crisis de inusitada virulencia. Somos una Nación joven, casi se podría decir adolescente, comparada con los países que conforman la vieja Europa y otros del primer mundo, y psicosocialmente nos comportamos como adolescentes. Vemos en cada problema una crisis terminal; nos imaginamos escenarios inexistentes; nos volvemos excesivamente exitistas y nos deprimimos con igual magnitud y rapidez; y, por esas mismas razones, nos convertimos en presa fácil de manipuladores y agitadores.

Las imágenes de los disturbios producidos luego de finalizada la marcha por Santiago Maldonado dieron la vuelta al mundo, mostrando encapuchados con palos y piedras, enarbolando una bandera negra, al grito de “uno”, como consigna inentendible e inidentificable con grupo social o colectivo alguno, enfrentando y “toreando” a las fuerzas de seguridad son un claro indicio de la alta volatilidad que existe en vastos sectores sociales argentinos. La intencionalidad de estos encapuchados no fue otra que la de encender una mecha que saben muy inflamable. Y los resultados no se hicieron esperar: caos, destrozos, heridos leves esta vez, y varios detenidos que recuperaron la libertad luego de ser indagados, tal y como lo exigen las leyes vigentes.

Pero, y esto hay que destacarlo bien, y mucho más ahora en que se está organizando una marcha hacia supermercados para pedir alimentos, los intereses extraños a ese tipo de reclamo social ya probaron que unos pocos pueden obrar como detonantes de situaciones muy peligrosas. El pasado, no tan lejano, de concentraciones que comenzaron con pedidos de alimentos y terminaron en saqueos y graves disturbios, no debe pasar desapercibido para las autoridades y para los organizadores de este tipo de marchas, de la misma manera que no pasa desapercibido para quienes pretenden crear un estado de malestar social y zozobra en nuestra población con el único fin de imponerle condiciones, por canales ilegales, a un gobierno legítimamente elegido por la mayoría de los ciudadanos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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