QUE NO NOS VENDAN GATO POR LIEBRE

Los que ven "la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio"
Incidentes-en-Plaza-de-Mayo-tras-marcha-por-Santiago-Maldonado

Pasó ya la marca convocada para reclamar por la aparición con vida del artesano y activista Santiago Maldonado y Argentina volvió a mostrar imágenes de viejas heridas que aún siguen abiertas.


La sola mención de la palabra “desaparición forzada”, como se ha querido instalar este caso en el imaginario popular, siendo que no existe aún indicio alguno que abone dicha hipótesis, necesariamente nos retrotrae a cuarenta años atrás. Quienes decían que las personas desaparecían sin dejar rastros fueron los responsables de la más atroz de las dictaduras que se registraron en el país durante el siglo pasado.


Argentina es un país acostumbrado a convivir con cíclicas crisis, pero, desde la reinstauración democrática, éstas se circunscribieron al área exclusivo de la economía, derivando en algunas oportunidades en crisis institucionales y de gobernabilidad. Pero, desde la llegada a la Presidencia de la Nación del Dr. Raúl Alfonsín, el secuestro, la tortura y la desaparición de personas quedó sólo como un hecho condenable en los más amplios sentidos y en un pasado que se debía investigar, estudiar y analizar para que jamás sea posible su repetición. Sin embargo, muy sueltamente de cuerpo, sin medir ningún tipo de consecuencias, o, quizá, justamente teniendo en cuenta las fibras que este tipo de acontecimiento hace vibrar en lo más profundo de nuestra maltrecha y maltratada sociedad, desde grupos con más que evidentes intereses políticos se agita un “fantasma” que solamente puede tener una clara finalidad: poner en tela de juicio la legitimidad y la fortaleza de un gobierno democráticamente elegido y que, no habiendo transcurrido aún ni siquiera dos años de gestión, le ha devuelto a la Nación seguridades jurídicas que fueron vilmente avasalladas durante los doce años de gobierno kirchnerista.


Nadie, que se precie de tener una mirada despojada de todo atisbo de fanatismo, puede decir, con la gran cantidad de pruebas existentes, que las administraciones de Néstor Kirchner y, fundamentalmente, las dos de Cristina Fernandez de Kirchner fueron de un cumplimiento y apego irrestricto a la ley y a la Constitución. Durante esos doce años se declamaron, a diestra y siniestra, la defensa de todos los derechos y garantías establecidos en nuestra Carta Magna, pero en los hechos se hizo todo lo contrario. Ejemplos sobran: el Poder Legislativo funcionó como la más grande Escribanía de Gobierno, recostado en la mayoría que el entonces oficialismo ostentaba en ambas Cámaras del Congreso Nacional, aprobando leyes a “libro cerrado”, haciendo caso omiso a cualquier iniciativa o voz que pudiera surgir desde la oposición o, directamente, legislando con decretos de “necesidad y urgencia”, con lo que el Ejecutivo se hizo irrogar, forzadamente, la atribución de elaboración de las leyes, función indelegable del Parlamento y que asegura una de los pilares fundamentales del sistema republicano de gobierno, es decir la independencia de los Poderes del Estado. De igual manera, y siguiendo con los ejemplos, la justicia fue coptada por una ola de magistrados militantes, que miraron para otro lado cuando por delante de sus narices se cometían los más flagrantes delitos en contra de las arcas públicas.


La diferencia con ese régimen es hoy inocultablemente notoria. La gestión de Mauricio Macri no cuenta con mayoría propia en ninguna de las dos Cámaras del Parlamento Argentino, y debe buscar, afanosamente, consensos para convertir en leyes los proyectos que sustentan su plan de gobierno. La oposición no sólo que es escuchada, sino que tienen el protagonismo preponderante que la legislación, sabiamente, le confiere por medio del sistema de representación proporcional, que no es otra cosa que el “contrapeso” que nos asegura a todos los habitantes la convivencia en un régimen legitimo y legal, separándonos de todo lo que signifique autoritarismo y totalitarismo disfrazado de democracia.


Lo mismo podría decirse con respecto al sistema judicial, que ha recobrado su independencia, con jueces y fiscales que, demostrando el critico razonamiento que es una de sus características fundamentales, han dejado de ser “vedettes” de un “reality show” para volver a asumir funciones específicas de una labor tan trascendental, impostergable e indispensable como la de impartir justicia.


Pero hoy, desde cualquier “pasquín” o desde medios afines a una oposición kirchnerista que se niega a colaborar para sacar al país del atolladero en que ella misma la sumió, y, también, desde un peronismo irresponsable que sigue pensando que los únicos que pueden gobernar a la Argentina son ellos, se intenta componer un escenario de caos y confusión.


Los disturbios ocurridos luego de finalizada la mencionada marcha, protagonizados por revoltosos que no repararon en nada en su afán por teatralizar” un estado de cosas que hoy no existe en el país, no hace más que demostrar cuanto se ha dicho desde hace mucho tiempo en el sentido de que los habitantes honestos nos encontramos a merced de un puñado de inescrupulosos, capaces de irrumpir con las actividades que han aprendido durante toda su “parasitaria” vida y trastornar la pacífica convivencia que todos queremos construir y preservar.


No existe justificativo que avale los desmanes cometidos, porque las imágenes que todos los medios de comunicación transmitieron de esos hechos, aún aquellos que siempre han sido los más acérrimos críticos de la conducción macrista, no dejaron lugar a dudas de quiénes eran los agredidos y quiénes los agresores.


Si adherimos a la idea de que las fuerzas de seguridad están para garantizar la paz social, la vida y los bienes de los ciudadanos, no podemos, bajo ningún concepto, repudiar una represión que fue muy leve en comparación con las agresiones y desmanes producidos por estos revoltosos de un muy “sospechoso” y “aparente” sin sentido. En otras partes del mundo, donde se respeta a rajatabla esa máxima que dice que los derechos del otro comienzan dónde terminan mis derechos”, la represión policial no se hubiera hecho esperar tanto, ni habría sido de la tibieza que fue ésta. La cantidad de personas arrestadas, 31 en total, resultó ínfima en comparación de los varios focos de disturbios producidos y del gran valor de daños materiales y heridos causados.


Y cuando aseguro que el sin sentido de estos revoltosos es muy “sospechoso” y “aparente”, me estoy refiriendo, de manera directa, a un meticuloso plan orquestado para producir hechos que dejaran mal parados a quienes tienen que velar por la seguridad ciudadana. En otras palabras, se pretende instalar en la sociedad la idea de un gobierno autoritario y violador de los Derechos Humanos y de las garantías ciudadanas, haciéndolo de la manera que tan bien conocen y que les dio inmejorables resultados allá por el año 2001, con la renuncia de Fernando De La Rúa a la presidencia de la Nación.


Esta actitud tiene que mover a las actuales autoridades para que, lejos de “dejar hacer”, impongan, dentro de los parámetros legales, la autoridad de que emana del mandato otorgado por el pueblo de la Nación, para controlar, antes de que sea demasiado tarde, un estados de cosas que someta a la mayoría de la población a los designios de dirigentes sociales y políticos capaces de hacer de la incógnita sobre el paradero de una persona una “cuestión de Estado”, pero que ni siquiera se conmovieron con el horror de la muerte causada a 52 argentinos por la administración fraudulenta de la obra pública, ni por los homicidios que deja a su paso ese narcotráfico que nada hicieron por combatir mientras fueron gobierno. Esas si son muertes palpables, comprobadas sin lugar a ningún tipo de dudas. En cambio, la bandera que hoy se levanta por Santiago Maldonado, apenas si es una especulación que se quiere llevar a un terreno que saben, de antemano, muy fértil para sus espurios intereses.


Dijo la ex Presidenta de “todos y de todas” que al pueblo se le quiso vender “gato por liebre, pero que esta vez fue liebre”. Esas mismas palabras deberían ser usadas, con la contundencia que otorgan los hechos consumados, para con los actos de esta Señora que no escatima sufrimientos para ese pueblo que pretende volver a gobernar.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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