EL DESARROLLISMO MACRISTA

EDITORIAL 09/08/2017 Por
En el terreno de la economía, un único elemento liga al presidente actual con Frondizi y Frigerio. Se trata de la participación del capital extranjero. Pero el resultado es muy diferente según el propósito con el que se lo incorpora -lo que a veces ni siquiera ocurre- a la actividad productiva
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Isaias Abrutzky Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N
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Hay quienes asocian a Mauricio Macri con el Desarrollismo. Y hay también descendientes de los creadores del pensamiento desarrollista argentino que figuran en puestos importantes del gobierno de Cambiemos, y alegan ser continuadores de los ideales de Arturo Frondizi y Rogelio Julio Frigerio.

Frigerio consideraba que el camino hacia el desarrollo debía recorrerse velozmente. Él hablaba de ritmo: sin un ritmo adecuado no podría lograrse, dado que el resto del mundo avanzaba con rapidez, y nosotros, de hacerlo lentamente, nunca podríamos acompasarnos.

Por eso, y dando por sentado que el ahorro interno argentino era insuficiente, pregonaba el auxilio de los capitales extranjeros. Lo expresó en muchos libros, conferencias y artículos periodísticos.

Macri no recurre al modo usual de comunicación de los

intelectuales. Sus ideas solamente pueden visualizarse a través de expresiones sueltas en discursos ante un público que se encuentra junto a él por motivos nada doctrinarios. Si vamos a buscarlas no encontramos mucho más que frases sueltas como “va a llegar la lluvia de inversiones”, que sólo algún despistado podría considerar un resumen de ideas desarrollistas.

Ahí termina la similitud entre ambos hombres públicos. Y esa similitud, para quien sabe mirarla, oculta las diferencias abismales en las concepciones de cada uno de ellos.

Macri quiere las inversiones extranjeras, como Frigerio, pero contrariamente a éste, no menciona el destino de esa nada desinteresada ayuda exterior. Un ministro de la dictadura cívico militar del 76 decía que daba igual producir acero que caramelos, y esa expresión fue largamente utilizada por los dirigentes desarrollistas para fustigar una lógica neoliberal que no tomaba en cuenta las necesidades de una nación que procuraba ingresar al primer mundo.

Frigerio bregaba para que la Argentina tuviera en su suelo todos los elementos que requería esa incorporación, y a la mayor velocidad posible. La historia que siguió a esos intensos debates nos muestra el triunfo de las posturas opuestas a su ideario.

Hubo sí inversiones extranjeras, pero no vinieron a ayudar a nivelar al país con las grandes potencias sino a sumirlo aún más en el subdesarrollo.

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Ese proceso tuvo su pico de pérdida de soberanía económica durante el menemismo. Gran parte de esas inversiones, en esencia, no existieron. Se trataba solamente de operaciones financieras, cuyo resultado no fue otro que desnacionalizar empresas argentinas de larga tradición, que se habían constituido y solidificado a través del enorme empeño y esfuerzo desplegado por nativos de nuestro suelo, o inmigrantes que brindaron progreso, empleo y desarrollo local en toda la geografía nacional.

La cementera Loma Negra, fundada por Alfredo Fortabat, hoy en manos de capitales brasileños es un ejemplo paradigmático. La historia de las industrias locales de alimentos y productos de higiene, hoy casi totalmente en posesión de extranjeros, no puede ser más elocuente, aunque las maniobras en torno a plantas, nombres y marcas dan lugar a que los grupos propietarios se rotulen como argentinos.

Las empresas estatales, como Aerolíneas e YPF fueron vaciadas. Su patrimonio, acumulado en largos años de fecundo trabajo, saqueado. El control de YPF pasó a manos de Repsol en 1999, y basta ver, para comprobar el despojo , el increíble reparto de dividendos de YPF,

que alcanzaron cifras increíbles, como la del 6 de diciembre de 2001, en que se dio a los tenedores US$ 2,00 por acción, lo que representaba el 11,38% de la cotización de cada título.

La inversión extranjera en Aerolíneas Argentinas no fue menos perjudicial para el país: la empresa que se hizo cargo, un conglomerado con predominio de la española Iberia, pagó con lo que obtuvo por la venta de las aeronaves, las que alquiló luego para seguir operando. También embolsó el producto de desprenderse de los valiosísimos inmuebles que Aerolíneas poseía en muchos países del mundo.

En resumen, la mayor parte de la inversión externa no vino al país sino a apropiarse de sus riquezas, dando muy poco o nada en cambio, en pos del desarrollo.

Y si en las épocas del riojano el balance respecto de las inversiones era menos que magro, hoy ya ni siquiera se trata de hacerse de instalaciones a bajo costo. Los capitales llegaron ahora a nuestras playas a embolsar inconcebibles ganancias financieras, y ya se están retirando. El despojo se disimula mediante el uso de otra herramienta de terror: el endeudamiento en divisas, que comprometerá -por lo menos- la vida de nuestros descendientes por varias generaciones.

Este es el desarrollismo de Macri y sus secuaces.

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