23 AÑOS DE DOLOR, DE BRONCA, DE INJUSTICIA...DE IMPUNIDAD

UN PUÑAL CLAVADO EN LO MÁS PROFUNDO DE NUESTRA SOCIEDAD
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Mañana se van a cumplir 23 años, y los 85 muertos por el atentado que destruyó la sede AMIA no pueden descansar en paz.

85 víctimas inocentes de una barbarie terrorista que trunco para siempre sus vidas y marcó a fuego y sangre la de sus familias y la de millones de habitantes de un país que nos creíamos que estábamos demasiado lejos de todos los conflictos internacionales.

Pero todas las víctimas, directas e indirectas, de tan cobarde acto, no sólo lo son por el artero ataque del fundamentalismo asesino, sino que también la justicia argentina ha puesto lo suyo para que, con cada día que se suma a la vergonzante cuenta de impunidad que rodea este hecho, el dolor y la herida, en vez de mitigar y cerrarse, siga siendo un puñal clavado en lo más profundo de nuestra sociedad, que acumula pestilencia y renueva el espanto de muerte, mutilación y desazón.

Como hombre del Derecho que soy, desde que comencé a estudiar la carrera de Abogacía, lo hice en el convencimiento de que lo único que separa al hombre de las bestias es el estado de legalidad por el que debe transitar. Y en esa convicción, mi vocación se desarrolló con el estudio y la investigación, hasta ver coronado el esfuerzo con la obtención de mi título profesional que me habilitó para ser un intermediario entre aquellos que sienten que, de una u otra manera, sus derechos fueron vulnerados.

Es por ello que, más allá de estar en un todo de acuerdo con la independencia de los Poderes del Estado, en el sistema republicano de gobierno que elegimos para regir nuestras vidas en sociedad, siempre he estado convencido que la justicia, y por ende el Poder Judicial, ocupa el peldaño superior en una hipotética escala.

De nada sirve tener administradores por demás exitosos y dedicados de lleno a sus cometidos en el Poder Ejecutivo; y legisladores que elaboren las más justas y avanzadas leyes, con criterios abiertos y acordes a estos tiempos, si el Poder Judicial, esa institución del Estado que es la encargada de hacer cumplir las leyes, se encuentra ausente o es cómplice necesaria de delitos que van desde causas acumuladas en los pasillos de tribunales hasta la impunidad de la que gozan los peores representantes de un mundo que quiere sembrar el caos y la destrucción para demostrar que pueden golpear a un grupo de personas o a una sociedad en su totalidad cuándo, cómo y dónde quieran.

La justicia argentina ha actuado, durante estos últimos 23 años, como queriendo mostrar al resto del mundo que todo aquello que va en contra de los principios básicos y elementales de un Poder del Estado, puede ser cometido, afianzado y confirmado.

La conmoción que la voladura de la sede de la AMIA causó en las raíces más profundas y sagradas de nuestra argentinidad, cuando todavía no se habían curado las heridas por el anterior ataque terrorista a la Embajada de Israel en Buenos Aires, ocurrida tan solo 2 años antes, pareciera que no fue suficiente golpe. Que todavía faltaba que los argentinos comprobáramos, en carne propia, lo que significa que el mismo Estado que debe protegernos se convierta en un engranaje más de la maquinaría que causó semejantes tragedias.

Por que la falta de justicia, la falta de esclarecimiento de estos hechos, el no haberse podido, a tanto tiempo, elaborar siquiera un informe veraz y completo de lo ocurrido, no hace más que crispar las emociones y descreer de todo un sistema al que, por convicción y por necesidad, debemos someternos a diario.

Discutimos por la inseguridad que cada jornada nos depara más muertos y que pasan a engrosar una lista que es la sombra de todas las buenas intenciones que la dirigencia política más encumbrada quiere atacar. Agradecemos a Dios o al ser supremo, según las creencias de cada uno, y en el cual depositamos nuestra suerte y nuestro bienestar, cuando la jornada culmina, por haber llegado sanos y salvos a la tranquilidad de nuestros hogares y al calor de nuestros afectos. Y si encomiamos nuestro destino al Creador, no sólo es porque somos personas devotas y llenas de fe, sino porque, una parte muy racional de nuestra mente desconfía de quienes tienen a su cargo, como autoridades que son, la noble tarea de velar por nuestras vidas.

Entonces, si tal es el grado de descrédito que la justicia de este país tiene, ¿de qué manera podemos, de forma simbólica, en cada 18 de Julio, es decir en cada aniversario de este atentado perpetrado contra todo el pueblo de la nación, renovar las esperanzas de que algún día los victimarios paguen por sus culpas y las víctimas finalmente encuentren la paz que se merecen?

Son demasiadas las preguntas y tantos los senderos que no conducen a ningún lado, que se estrellan contra paredes burocráticas infranqueables o que, decididamente, direccionaron toda la investigación, de manera ex profesa, hacía puntos ciegos, que hoy sólo nos mueve el deseo de que jamás volvamos a tener la desdicha de otro acto de esta naturaleza.

Creo que por eso recordamos, a la exacta hora en que ocurrió, todos los años este atentado. Pedimos y clamamos por justicia, pero en el fondo existe un convencimiento general que por el tiempo transcurrido esa justicia nunca llegará. Y entonces sólo recordamos para no olvidar, para que siga encendida por siempre la llama de alerta, para que no se extinga nunca, porque si se extinguiera estaríamos dándole nuevamente la oportunidad a las fuerzas del mal para que nos golpeen una vez más.

Nadie puede ser, hoy por hoy, tan inocente como para creer que algún día se va a saber la verdad de todo lo que pasó ese día. Como para creer que los culpables serán aprendidos y castigados como se merecen, al menos con las leyes de los hombres y, particularmente, por manos de la justicia argentina.

Quienes somos creyentes, sabemos que Dios los castigará, tanto a los autores materiales e intelectuales, como a sus cómplices, que no son otros que esa maldita “conexión argentina” que se encontraba enquistada en lo más alto de los Poderes del Estado y, en especial, en el Poder Judicial de la Nación.

Como dije más arriba, por mi formación como hombre del Derecho, desearía ser más optimista con respecto al esclarecimiento de la “causa AMIA” y el consiguiente castigo para todos los que participaron en tan terrible masacre, pero, lamentablemente, cada año que pasa y cada nueva víctima que, increíble pero cierto, aún se sigue cobrando, como la del Fiscal Alberto Nisman, hacen que vea con mayor escepticismo y más alejado en el tiempo el peso de la ley y de la justicia cayendo sobre ellos.

Las complicidades son infinitas, los intereses poderosísimos y la justicia argentina es débil, perezosa, temerosa e ineficaz para desmadejar semejante maraña creada por propios y extraños.

El día que podamos decir que el autor de cualquier caso de inseguridad ocurrido en el más lejano y olvidado de los parajes de nuestro país pudo ser aclarado y castigado, entonces tendremos la plena certeza de que el brazo de un Poder Judicial poderoso actuará como contrapeso en el ánimo de quienes quieran alterar la paz y el bienestar de todos los ciudadanos. Hasta tanto ello no ocurra, seguiremos viviendo con miedo y teniendo que reconocer, con mucha envidia y bronca, que en otras naciones del mundo la impunidad a esta escala no existe, pero acá si.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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