LA MENTIRA DE LAS VENTAJAS COMPARATIVAS

EDITORIAL 17/07/2017 Por
Argentina tiene todas las condiciones para emerger y equipararse a las naciones desarrolladas. Y mostró que puede hacerlo, si se cambian diametralmente algunas concepciones
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Isaias Abrutzky  Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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En campaña, Macri prometió que la Argentina saldría del aislamiento internacional que presuntamente padecía y “se abriría al mundo”.

Eso sonaba como una buena propuesta, sobre todo  para aquellos que sobrevaloran lo que ocurre allende nuestras fronteras. Lo real es que nadie -o casi nadie- salió a discutir la propuesta.

Y Macri cumplió, no se puede decir lo contrario. Mientras que las relaciones de nuestro país con los Estados Unidos eran previamente tensas -por decir lo menos- ahora nuestro presidente puede ser recibido por su par norteamericano y ofrecerle -a precio de reclame- deliciosos limones tucumanos.

Pero ¿qué quiere decir abrirse al mundo? Esencialmente, aceptar el papel que las grandes potencias le asignan, el que le toca en la división internacional del trabajo: dedicarse al agro y olvidarse de la industria. 

La propuesta de que cada país debe concentrarse em aquello en que es más competitivo, y buscar en el exterior lo que no produce en forma eficiente y económica puede parecer atractiva, pero encierra graves riesgos.

En primer lugar condiciona toda la economia a lo que suceda en otros países. La volatilidad en el precio de los granos, y las materias primas en general, es un ejemplo contundente. Las finanzas de los países que se apoyaban en el pilar de la extracción petrolera -Venezuela, Ecuador, México- pasaron de la prosperidad de un crudo de más de cien dólares el barril a la desazón de un precio reducido a la mitad, o menos.

Abrirse al mundo en esas condiciones lleva a acentuar la primarización de las exportaciones. Si la industria produce a menor costo en otras latitudes, la Argentina será útil al mundo globalizado ofreciéndole solamente materias primas. Y las materias primas valen poco, y relativamente cada vez menos. Hoy es necesario vender dos toneladas de soja para pagar un solo teléfono celular importado.

Pero el lugar común de que Argentina solamente es eficiente en la producción de materias primas es una falacia evidente.

Cuando Jorge Sábato y un grupo de jóvenes físicos se empeñaron en construir un reactor nuclear local fueron objeto de pullas por parte de especialistas de los Estados Unidos. No sólo carecían de una gran experiencia sino que las herramientas de que disponían eran muy primitivas.

Por suerte no cejaron en su esfuerzo, y se inició un largo camino que condujo a la Argentina a convertirse en exportador de instalaciones nucleares, corporizado hoy en INVAP, una empresa estatal de la más alta tecnología de nivel mundial.

ARSAT, otra compañía creada por impulso oficial -ahora segmentada y cedida en parte a manos privadas- adquirió capacidad de construcción de satélites de comunicaciones, colocando  dos  de ellos en órbita, exhibiendo una tecnología que pocas naciones poseen.

Hoy, los automóviles que se arman y venden en el país cuentan apenas con menos del treinta por ciento de partes nacionales. Qué desperdicio, si se tiene en cuenta que hace ya casi setenta años se producían vehículos automotores enteramente argentinos, entre los que se destaca el legendario Rastrojero, tan bueno que todavía puede verse trabajando en las calles de nuestras ciudades.

Recordemos que, antes de ser privatizada en épocas menemistas, Aerolíneas Argentinas era una empresa modelo, con una economía sólida, valiosísimas propiedades en las principales ciudades del mundo y talleres de la mejor calificación, que prestaban servicios de mantenimiento no solamente a las aeronaves propias sino también a las de las más importantes empresas de aeroavegación mundial.

Argentina tiene todas  las condiciones para integrarse al mundo de manera diferente a la que pretende el gobierno. Es necesario revertir la tendencia a la desnacionalización que plaga a nuestra patria desde los años del menemismo. Casi todos los productos de consumo son elaborados por empresas extranjeras. En la medida en que las ganancias que ellas obtienen se giran libremente a sus sedes de fuera del país, estamos importando parte de ellos. Pastas, pan, galletitas, mermeladas, cereales de mesa, y mil productos alimenticios más que fueron orgullo de nuestros abuelos, hoy se han convertido a un gusto internacionalizado, y hay que pagar finalmente parte en dólares por ellos. Lo mismo ocurre con los artículos de higiene y limpieza.

Con una economía integrada, el país podría blindarse frente a las crisis con origen en otras latitudes, generando pleno empleo, llevando la balanza comercial al superávit, elevando el nivel y la productividad de los trabajadores, y garantizándoles altos salarios. Con ello, Argentina tendrá la capacidad de competir ventajosamente con cualquier empresa extranjera, y obtener buenos precios por sus productos de alta calidad.

Esta  propuesta significa nadar contra la corriente, pero los resultados de las políticas actuales -diametralmente opuestas- no hacen sino mostrar lo erradas que son y la necesidad de girar ciento ochenta grados.  

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