MOVIMIENTO PERPETUO: Todavía hay quienes sueñan con un mundo en el que haya energía sin costo

EDITORIAL 15/07/2017 Por
Todavía quedan los que sueñan con un mundo en el que haya energía abundante, sin costo alguno, a disposición de todos. Y su número va creciendo en el país, con el influjo de los tarifazos.
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Isaias Abrutzky  Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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Desde hace siglos, el hombre persigue la quimera de la energía libre, infinita y gratuita. Se diseñaron, construyeron y patentaron miles de artefactos, algunos extremadamente ingeniosos. Como se sabe, nadie tuvo éxito. Tanto que la Oficina de Patentes de los Estados Unidos decidió no aceptar más intentos de obtener derechos sobre esa clase de inventos.

Es que esos dispositivos no podrían funcionar sin violar dos leyes sobre las que se erige toda la estructura de la física. La primera sostiene que la energía no se crea ni se destruye. Se conserva, y se puede transformar de una forma a otra (mecánica, térmica, química, nuclear, eléctrica, magnética, etc.). La segunda ley asevera que en toda transformación la energía sufre una degradación: Uno vierte leche fría en el café hirviendo, mezcla (o no mezcla, pero espera un rato), y va a obtener café con leche a una temperatura intermedia. Y por más que siga revolviendo nunca va a tener otra vez leche fría en café caliente (dejamos aquí de lado la energía que agregamos con el movimiento de la cucharita).

No se puede engañar a toda la gente todo el tiempo, pero se puede engañar a muchos durante mucho tiempo

En 2005, una pequeña empresa de tecnología de Dublin conmovió al mundo con un anuncio de excepción: había conseguido llegar a esa meta tan esquiva: la fuente de energía gratuita, limpia e infinita estaría pronto a disposición de todo aquél que la necesitara. La declaración normalmente no habría dado para mucho a no ser por un detalle: se materializó a través de un anuncio de página entera en The Economist, un periódico de temas económicos muy importante de los Estados Unidos. Y para publicar un aviso de ese tamaño hay que pagar cien mil dólares.

La movida sirvió abrir un período de expectante crédito. Se trataba de un golpe contra leyes físicas sólidas como el granito. Por otro lado, no hay ley física que pueda superar a la evidencia. La física puede decir que algo no va a andar, pero si anda entonces llegó el momento de cambiar las leyes. Y quien lo anunciaba, Shaun McCarthy, el CEO de la compañía, era un ingeniero. Se hacía difícil pensar que una persona con formación en ciencias gastara semejante suma de dinero para terminar en un fiasco. Además, la empresa se dedicaba al desarrollo de sistemas de seguridad para cajeros automáticos, y había otros profesionales en ella, lo que apuntaba a su credibilidad en cuestiones de tecnología.

Poco se aclaró respecto del funcionamiento del sistema: apenas que operaba mediante imanes permanentes, que se movía inicialmente por medio de una batería, la que iniciaba un ciclo al final del cual se obtenía más energía que la entregada por el acumulador.

Steorn, tal el nombre de la empresa, anunció poco después que pondría un artefacto en un museo público, para que todo el mundo pudiera comprobar la veracidad del proyecto, que recibió el nombre de Orbo.

Pocos días antes de la ampliamente promocionada puesta en marcha de la demostración, la empresa informó que ella debía postergarse porque las luces de la sala de exposición perturbaban al sistema. Nunca más volvió a hablar de la exhibición; en cambio hizo un llamamiento internacional para conformar un jurado compuesto por físicos destacados, el que dictaminaría sobre el proyecto. Tras una exhaustiva selección, que demandó largo tiempo, se conformó esa junta. Finalmente hubo un dictamen. La energía extra obtenida en los experimentos era cero.

Steorn cuestionó el fallo de los expertos y siguió insistiendo en su promesa de energía gratuita e infinita. Mientras tanto vendía licencias para que los interesados pudieran desarrollar el negocio.

Posteriormente, la compañía comenzó a promocionar un sistema de calentamiento de agua para uso doméstico y, tal vez, industrial. Ya no resultaba gratuita su operación, pero la energía que había que proporcionarle era mínima, por lo que su rendimiento era inmensamente superior a cualquier dispositivo conocido. Lo poco que se dijo al respecto fue que funcionaba por inducción de baja frecuencia –la de la línea eléctrica- sin intervención de la electrónica. Con este producto se conformó una nueva compañía.

Así fueron pasando los años, y no solamente la energía gratuita obtenida de la nada nunca apareció, sino que la empresa fue liquidada y sus bienes rematados hacia el fin del año pasado.

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