EL DEBE, EL HABER Y LOS SALDOS

EDITORIAL 15/07/2017 Por
Pesados nubarrones cubren el cielo político-social. Nada inusual en tiempos electorales. Pero cuando el ciudadano ya llegó largamente al hartazgo, la campaña recién comienza. Es mucho lo que está en juego y el camino hacia octubre estará plagado de obstáculos y sorpresas
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Isaias Abrutzky  Isaías ABRUTZKY / Especial para R24N

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-Tremendos conflictos laborales en los cuales brillan por su ausencia el Ministerio de Trabajo y la cúpula del sindicalismo.

-Un ministro de la producción que se ocupa de alentar las importaciones

-Un ministro de medio ambiente que no se presenta en los lugares de catástrofe porque no es ni rescatista ni bombero, y recomienda rezar.

-Una decisiva referente del oficialismo que acusa de delincuentes a funcionarios de su gobierno.

-Un presidente que, reunido con los líderes de las grandes potencias en momentos de extrema tensión por graves atentados terroristas, incontenibles manifestaciones y desmanes antisistema, y descalabro en alineamientos internacionales, promete que su país va a ganar el próximo mundial de fútbol.

-Un gobierno que dice firmemente que en la economía no hay plan B, pero tampoco hizo público el plan A. Y peor que eso, hay fuertes sospechas de que no hay tampoco plan A. Vale la pena detenerse en este punto:

La oposición, del ala izquierda principalmente, critica al gobierno diciendo que no tiene plan económico sino plan de negocios. Pero tal vez ni siquiera algo así exista: son muchos ya los economistas y expertos en el área pública que alertan -con creciente alarma- que las cuentas del sector externo están cada vez más lejos de cerrar y apuntan a un nuevo default.

El endeudamiento durante 2016 ya marcó records, y en el año en curso no cesa en su curva ascendente. El tiempo pasa, y crece el monto que por intereses debe pagarse por esos préstamos tomados a altísimas tasas. Hay estimaciones de que en el año pueden alcanzar unos ocho mil millones de dólares. Con un saldo negativo del comercio exterior no hay un solo dólar genuino para afrontar esas obligaciones.

Ya sabemos que la mayor parte del ingreso de divisas del país proviene de las exportaciones agrarias. Como el gobierno permite retener indefinidamente las cosechas y otorga plazos extremadamente largos para liquidar sus operaciones, se genera una presión para que el peso se devalúe. “El dólar está demasiado barato. Voy a esperar a que la ecuación sea más favorable. Mientras tanto, retengo los granos y de ese modo me cubro” es el razonamiento de los productores.

Esta situación pone en aprietos al gobierno ya que, más pronto

que tarde, la devaluación se traslada a los precios. Y para el equipo económico -desde el presidente hasta el último funcionario- no hay metas más irrenunciables que combatir la inflación y el déficit fiscal.

Pero hay otro efecto preocupante para las autoridades cuando se altera la paridad cambiaria: gran parte de los tenedores de Lebacs que entraron en esa inversión especulativa lo hicieron cambiando sus dólares por pesos. Y se jugaron a cobrar un alto interés en pesos mientras el dólar estuviera quieto o en baja. Con la divisa en alza muchos de ellos considerarán que habrá llegado el momento de volver a su refugio verde, con el consiguiente deterioro de las reservas y la capacidad de pago. Cualquier persona, por despistada que sea, conoce lo que ocurre cuando alguien -un individuo, una institución o un país- queda obligado a tomar nuevos préstamos para pagar los intereses de los anteriores.

La realidad muestra que si hubo plan, poco queda del mismo. Que la inflación no era “lo más fácil” de contener, que la gente no iba a estar “un poquito mejor cada día”, que no iba a haber “una lluvia de inversiones”, que no se iba a “terminar con la grasa militante” (sólo se la reemplazó por otra de mucho mayor salario), que las nuevas autoridades no iban a generar confianza.

La meta para salir del túnel se extendió ya a veinte años, o a seis o siete generaciones si se toma como hito el dinero tomado a cien años de plazo.

Queda sí, en pie, el proyecto de terminar con un estado asistencial; con leyes laborales que no son del agrado de las grandes empresas, aunque sus ganancias hayan sido

espectaculares con el régimen vigente; con una participación estatal en las empresas privadas que se originó al terminar con las AFJP y que permitía al poder público meter sus narices en las sagradas operaciones del ámbito de los particulares. Y este proyecto se está dando de narices contra un hecho indiscutible: la mitad del país adhiere y apoya -aunque en grado variable y en no pocos casos solamente de la boca para afuera- la doctrina peronista.

Con todo, no se descarta el triunfo de Cambiemos en las nuevas compulsas electorales. La gran duda es cómo podrá evolucionar la situación luego de ellas. No habrá un escenario suave, ya sea que el oficialismo gane o sea derrotado.

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