UN "NUEVO LENGUAJE" PARA UNA "NUEVA POLÍTICA"

La importancia de la acción meditada en el mundo de la política
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En un contexto convulso e incierto, provocado por la crisis económica y financiera, con consecuencias devastadoras en lo social y en lo ético, algunas empresas empiezan a valorar el potencial que puede tener para la innovación y la productividad, la meditación y otras disciplinas y técnicas del silencio, la introspección y el equilibrio interior. La meditación abre, cada vez más, las oportunidades a una gestión de las organizaciones en que las emociones tengan un papel más valorado y reconocido al mismo nivel que las aptitudes y las actitudes.


Si la acción meditada es imprescindible en la gestión empresarial, en la política es consustancial. Lamentablemente, estamos lejos todavía de que los políticos valoren la importancia de la meditación, de la reflexión en silencio, de la capacidad de encontrarse a solas consigo mismo, para recuperar el sentido de la espiritualidad -profundamente humanista-, que puede dar otro sentido al modo de hacer y entender la política. No estamos hablando de religiosidad.


Vicente Merlo, doctor en Filosofía, profesor asociado de la Universidad de Barcelona, escritor y pionero en impartir una asignatura de meditación, en una reciente entrevista, afirmaba que la meditación aporta “ecuanimidad, claridad mental, y capacidad de concentración” y nos redescubre el silencio interior con una riqueza que no imaginamos.


Esta capacidad de concentración, de escuchar el interior, puede desarrollar una nueva capacidad de comunicación a través de un determinado lenguaje político más preciso, más intenso, más sincero. La meditación puede ofrecer a nuestra política democrática la densidad moral y ética que acompañe una acción transformadora. Una densidad que debe percibirse en el uso de un nuevo lenguaje, un nuevo vocabulario en el que las palabras del espíritu no estén excluidas, proscritas o estigmatizadas. Políticos con una rica vida interior podrán servir mejor lo público. Políticos que hablen con el corazón serán los líderes del mundo incierto.


Decía Octavio Paz que “se olvida con frecuencia que, como todas las otras creaciones humanas, los Imperios y los Estados están hechos de palabras: son hechos verbales”. En el libro XIII de los Anales, Tzu-Lu pregunta a Confucio: “Si el Duque de Wei te llamase para administrar su país, ¿cuál sería tu primera medida? El Maestro dijo: La reforma del lenguaje.” El filósofo chino Confucio que dio nombre al “confucionismo”, una doctrina que se ha definido más bien como una corriente ética y no tanto como una religión y cuya influencia ha perdurado durante siglos en distintas culturas, otorgaba al lenguaje un papel esencial en el gobierno de una nación. Los preceptos básicos de esta corriente son esencialmente humanistas y hablan de cómo debe relacionarse el ser humano con sus semejantes. Hace referencia a los valores, virtudes, relaciones… cómo desarrollar una buena conducta en la vida y un buen gobierno basado en la caridad, la justicia, y el respeto.


Valores que tienen en el lenguaje un pilar fundamental, ya que éste expresa la calidad moral del que habla. De hecho, al preguntarle sus discípulos qué mejoraría o reformaría si tuviera que gobernar un país, Confucio hizo referencia al lenguaje: “Si el lenguaje carece de precisión, lo que se dice no es lo que se piensa. Si lo que se dice no es lo que se piensa, entonces no hay obras verdaderas. Y si no hay obras verdaderas, entonces no florecen el arte ni la moral. Si no florecen el arte y la moral, entonces no existe la justicia. Si no existe la justicia, entonces la nación no sabrá cuál es la ruta: será una nave en llamas y a la deriva. Por esto no se permitan la arbitrariedad con las palabras. Si se trata de gobernar una nación, lo más importante es la precisión del lenguaje”.


China, por ejemplo, hace una apuesta pragmática por Confucio como pensamiento cohesionador de la tradición cultural y milenaria de su sociedad y como la base renovadora de sus caducos principios políticos. Esta orientación estratégica es profunda y dibuja el horizonte más esperanzador que existe en dicha sociedad junto al potencial de libertad de las nuevas tecnologías que se abre paso con una tremenda fuerza. Las reformas democráticas en ese país pueden llegar, sorprendentemente, por la combinación del pensamiento de hace más de 2.500 años y por el movimiento de placas tectónicas que supone la cultura digital e Internet.


Los fundamentos confucionistas unidos al desarrollo del denominado
“poder blando”, concepto acuñado por el profesor de Harvard, Joseph Nye, son las claves del desarrollo económico chino. Según Nye, en la fuerza de una nación podemos distinguir entre el poder duro, definido por la potencia militar, tecnológica, económica, etc. y el poder blando, que se refleja en otros factores como son la escala de valores, el estilo de vida, la cultura, la organización social, los modelos de desarrollo… China busca la síntesis. Daniel Bell, autor del libro “El nuevo confucionismo en China” afirma que “la tradición jugará un papel muy importante en el desarrollo y puede ser el hilo conductor de la nueva China”.


La apuesta filosófica es la opción estratégica actual del nuevo pragmatismo político chino, que va a permitir a su impermeable dirección aplazar, sine dei y otra vez, las reformas democráticas. Y, al mismo tiempo, frenar el auge de movimientos religiosos muy importantes como la secta Falung Gong. Pero, a pesar de esta lamentable instrumentalización, hay, en la mirada a lo espiritual de un pensamiento milenario, un horizonte que debe explorarse desde las opciones políticas de progreso.


De la experiencia china, con todas sus limitaciones y reservas, y de otras manifestaciones que expresan nuevas demandas morales y éticas para la revitalización de la política, hay que sacar algunas conclusiones. Necesitamos una “nueva política” y ésta sólo será posible con un “nuevo lenguaje” con más profundidad y espiritualidad. La alianza de progreso que se debe construir en lo local y en lo global para conseguir la esperanza de una gobernabilidad más justa, más sostenible y más pacífica necesita líderes, acciones, ideas, pensamiento… y palabras. También organizaciones, sí. Pero sin una nueva filosofía política no recuperaremos para ésta la opción directiva del presente y no podrá garantizar futuros. Corremos el riesgo de que la política sea irrelevante.


En sociedades líquidas, es tiempo de pensamientos sólidos.Ludwig Wittgestein, el pensador austríaco que intentó definir la lógica del pensamiento humano escribía, ya en 1921, “que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo“. Definitivamente, el mundo ha cambiado mientras que el lenguaje político parece haberse transformado en inservible, caduco y previsible. La política democrática y reformadora que se ha quedado sin vocabulario, sin sintaxis, parece que se conforma con la gestión de la ortografía. Volvamos a las palabras, a las que nacen de las ideas y de la filosofía; sin ellas, la ideología está muerta.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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