EL TRABAJO Y EL ESPÍRITU DE LA VERDAD

La obra de Simone Weil y su relectura del mundo
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Destacó Simone Weil en “L’enracinement”, considerado su testamento espiritual, que no todas las crueldades son físicas, pues algunas llegan más allá de la carne. Si bien existen ciertas crueldades fácilmente reconocibles dada su violencia, como es el caso de aquellas ejercidas sobre el cuerpo mismo de las poblaciones sometidas, existen otras crueldades más difusas, pero igualmente relevantes dentro de una sociedad: aquellas “que atentan contra la vida del hombre sin atentar contra su cuerpo” . Ellas suponen la privación de alimentos necesarios para el alma del ser humano, alimentos que cohesionan colectividades, en tanto que son el sustento espiritual de los hombres que nacen en ellas, es decir, su vínculo con el pasado: el “arraigo” (“l’enracinement”) necesario para su alma. Igual que el cuerpo humano tiene necesidad de alimentos, de descanso y de calor, tiene el alma humana, para Simone Weil, necesidades que no debemos olvidar: honor, respeto, seguridad, etc.; puesto que, cuando éstas no son satisfechas, provocan que el alma se encuentre “en un estado análogo al estado de un cuerpo hambriento y mutilado” . Sin embargo, por encima de todas ellas existiría, para Weil, una sola: la necesidad de verdad.

Comprometida desde muy joven con la causa de los oprimidos, su obra y su existencia, caracterizadas por una inicial militancia sindicalista de tendencias anarquizantes , desembocarán en un sentimiento religioso muy personal, marcado por la espera y la gracia, pero crítico con los dogmas católicos, y con la propia institución eclesiástica . Porque en la obra de Weil, mística y revolucionaria al mismo tiempo, contradictoria y alucinada, pero siempre honesta, un solo espíritu anima su pensamiento; por encima de dogmas religiosos, por encima de ideologías políticas, late un profundo deseo, como escribió Rimbaud, de “poseer la verdad en un alma y en un cuerpo” . Este espíritu que atraviesa toda su obra es “el espíritu de verdad”, la fuerza de la verdad concebida como “energía”, en tanto que fuerza actuante inserta en el mundo mismo; es el deseo de realidad en su verdad esencial, cuya fuerza revierte necesariamente sobre la vida política. En palabras de Simone Weil: “el amor puro es esta fuerza actuante, el amor que no quiere bajo ningún concepto, en ningún caso, ni mentira ni error”.

Verdad y política se unen estrechamente en la obra de Weil, articulándose como las dos perspectivas que orientarán, a lo largo de toda su vida, su actividad intelectual; una política marcada por un lucido análisis de la situación de su época y un compromiso con los más desfavorecidos, una verdad considerada como la más alta aspiración de todo ser humano. Es la obra filosófica de Weil, como han destacado todos sus comentaristas, pensamiento indisolublemente ligado a su tiempo, profunda reflexión sustentada por su experiencia vital y marcada por el sufrimiento. Porque su filosofía pretende ser pensamiento encarnado, entrelazado con la necesidad que domina el universo que nos rodea: “pensamiento materialmente presente en nuestra carne”, inmerso en el mundo donde habita nuestro cuerpo, pero caracterizado por la firme decisión “de vivir exclusivamente para la búsqueda de la verdad”, un pensamiento llamado pues a alcanzar todos los planos de la existencia, por encima del sufrimiento y las privaciones, hasta el borde mismo de la muerte. Porque Simone Weil “nunca renunció a combatir los poderes opresivos; siempre se comprometió en esta lucha protagonizando empeños peligrosos e insólitos. Siempre persiguió obstinadamente la verdad, en los terrenos más diversos”.

Nacida en una familia judía acomodada y habiendo recibido una esmerada educación, desde muy joven siempre sintió Simone Weil que su sitio estaba con los desheredados, con los que sufren por siempre, desplazados en los bordes de las sociedades y la historia. En medio de una época atravesada por dos guerras mundiales y por el auge de los totalitarismos, su honestidad y su entrega extrema, rayando en ocasiones la sin razón, le llevaría en todo momento a exigirse siempre a sí misma “adoptar la mejor actitud posible respecto de los problemas de este mundo”. Lúcida testigo de algunos acontecimientos que sacudieron la primera mitad de siglo veinte, resulta sorprendente que una joven profesora de filosofía de un “lycée” de provincias, en Le Puy, Auxerre o Roanne, haya tenido una intuición tan clara de algunos de los hechos que marcaron su tiempo; anticipando incluso los rasgos de una época aún naciente: la nuestra.

La sustitución de la era industrial por la era financiera reside esencialmente en que el factor decisivo del crecimiento de la empresa ya no es la capitalización del beneficio, sino la dominación de nuevos capitales – de ahí la desaparición de todo lo que había de favorable en una producción bien organizada”.

Resulta inevitable no sorprenderse al leer estas líneas escritas por Weil, anticipadoras de un tiempo donde la financiarización económica ha terminado por consolidarse a escala supranacional. Es inevitable igualmente establecer ciertos paralelismos, a pesar de todas las diferencias, entre nuestra actual época de crisis, acaparadora de portadas y titulares en todos los periódicos, y la crisis vivida en Europa cuando fueron escritas esas frases, y cuyas funestas consecuencias son de sobra conocidas. Ya nos advirtió Weil, hace más de medio siglo, que el dinero es un poderoso factor de desarraigo que atraviesa las sociedades dinamitándolas desde lo más hondo. Reclamando en todo momento nuestra atención completa y todas nuestras energías, “el dinero destruye las raíces por todas partes donde penetra, sustituyendo todas las motivaciones por el deseo de ganar”. Si bien el dinero es comúnmente aceptado por una sociedad como medio de intercambio, abogará Weil por hacer desaparecer su valor psicológico, desacreditándolo con vistas a eliminar el rol de “juez y verdugo” que ha adquirido dentro de las sociedades contemporáneas. Para que aquellos que no lo posean no se vean abocados inevitablemente al sufrimiento por su ausencia, para que los que lo posean no se olviden de las obligaciones que atañen a todo ser humano. Porque dichas obligaciones son la expresión directa de las necesidades del hombre, las cuales no reposan sobre ninguna convención social ni histórica, puesto que, para Weil: “Las necesidades del ser humano son sagradas. Su satisfacción no puede estar subordinada ni a la razón de Estado, ni a ninguna consideración, ya sea de dinero, de raza, de color, ni al valor moral u otro atribuido a la persona considerada, ni a ninguna condición, cualquiera que sea”.

El dinero supone un factor de desarraigo porque desplaza todo el centro de nuestra vida hacia él, borra todas nuestras necesidades y se convierte en único soberano de nuestra existencia. Convocando todas nuestras energías, teje un largo manto de sueño y de olvido en torno nuestro. Allí donde la posesión del dinero se convierte en cumbre social, el resto de nuestras necesidades queda en la noche. Ahora bien, si la obtención del salario mensual reclama toda nuestra atención, al mismo tiempo, trae consigo una economía del miedo, que asedia a los seres humanos durante los días y las noches ante la posibilidad de su pérdida.

Existirá, no obstante, un segundo factor de desarraigo para Weil: la educación institucional, producto “de una cultura considerablemente orientada hacia la técnica e influenciada por ella, muy teñida de pragmatismo, extremadamente fragmentada por la especialización”. La educación, tal y como es entendida en la época contemporánea, pretende únicamente transmitir unos conocimientos al alumno para que juegue su rol en el futuro de forma competente. Pero por ello mismo, para Weil, le hace distanciarse de la región donde habita la verdad. La educación actual discrimina individuos, considerando a unos más inteligentes y a otros más inútiles; contribuyendo así a la degradante división entre trabajo manual y trabajo intelectual. La ciencia y el conocimiento se convierten entonces en monopolios de un determinado sector de la sociedad, “no a causa de una mala organización de la instrucción pública, sino por su naturaleza misma”, cuyo fundamento esencial es la especialización del saber, en aras de la productividad. Si toda nuestra civilización reposa, en ultimo termino, sobre la especialización, entonces la tendencia a la opresión parece inevitable, dado “el sometimiento de aquellos que ejecutan a quienes coordinan”. Es este desequilibrio el factor social que traza el limite de imposibilidad de todo reconocimiento en términos de igualdad, la opresión que se expresa con conceptos de ciencia atravesada de exclusión, al negar a una parte de la sociedad el acceso al conocimiento: el acceso, en definitiva, a la verdad. Sin embargo, para Weil: “Un idiota de pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ama realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera balbuceos, es en cuanto al pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles ha estado nunca (…). Pero de todo eso no sabe nada. Nadie se lo ha dicho. Todo el mundo le dice lo contrario. Hay que decírselo”.

Porque si el ser humano tiene necesidad de arraigo entonces la exclusión es intolerable, y promoverla en cualquiera de sus formas debe ser considerado un crimen. Negarle su derecho al trabajo, negarle su dignidad al discriminarle por sus capacidades, excluirle en función de su poca capacidad en términos académicos,… todo ello significa atentar contra las raíces del ser humano. Porque sólo puede haber arraigo allí donde el hombre vive en la verdad, donde reinan la justicia, la fraternidad, la libertad. Cuando se niegan esas aspiraciones los cimientos de una sociedad se tambalean, y entonces lo que tenemos es crisis, y sabemos bien que no todas las crisis son económicas, algunas golpean lo más profundo del alma, como Weil no cesó en destacar en toda su obra.

Sin embargo, la noción de desarraigo en Simone Weil no nos remite exclusivamente a la angustia existencial, al estado de inquietud de la persona para quien la vida ha perdido todo horizonte; sino que nos remite igualmente a la condición social de todo ser humano, en tanto que individuo inmerso en una serie de prácticas sociales y definido por su relación con el trabajo.

Jugará éste último un papel esencial a lo largo de toda la obra weiliana, en tanto que es la forma propiamente humana de relacionarse con el mundo, pero que, dada la situación contemporánea, exige ser reformulada con urgencia. Porque el trabajo dejó hace mucho tiempo de ser soñado como espacio donde la verdad y la belleza del mundo se hacen patentes, para pasar a ser experimentado como lugar de opresión y de miseria. La consecuencia inevitable de tal situación de deshumanización y de inseguridad siempre latente es la descomposición de la vida social, la condena insalvable al desarraigo.

Finalmente, según expone Weil en una de sus obras más importantes, “Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social”: “Podemos preguntarnos si existe un ámbito de la vida pública o privada en que las fuentes mismas de la actividad y de la esperanza no estén envenenadas por las condiciones en las que vivimos. El trabajo ya no se realiza con la conciencia orgullosa de ser útil, sino con el sentimiento humillante y angustioso de poseer un privilegio otorgado por un golpe de suerte pasajero, en pocas palabras, de poseer un puesto de trabajo, un privilegio del cual se excluye a muchos seres humanos por el hecho mismo de que uno goza de él”.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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