EL "MUÑECO" Y LA "MUÑEQUITA"

Mediocridad y falso compromiso social en la entrega de los premios Martín Fierro
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El mundo se desangra en las más diversas regiones del planeta. No faltan conflictos armados en lugares como África Ecuatorial o el Cercano Oriente; atentados terroristas en Europa; lobos solitarios que ejecutan personas en las otrora pacíficas capitales más importantes de países del denominado “primer mundo”; amenazas de guerras nucleares por parte de alienados líderes de la Península Coreana, que con sólo apretar un botón terminarían con la vida de cientos de millones de personas; regímenes autoritarios que se niegan a otorgarle a sus ciudadanos el derecho a la libre elección de sus autoridades. Todo esto en un mundo tecnificado y con adelantos que ni el mismísimo Julio Verne se hubiera atrevido a imaginar.


Sin embargo, los pobladores de la tierra, sea cual fuere el lugar que habitan, no se sienten seguros. La barbarie humana, el hambre de destrucción, la sed de poder desmedido y los odios son cada vez mayores.


Quienes gobiernas las potencias no encuentran, ya sea por ignorancia o porque simplemente no quieren hacerlo, una solución a tanta maldad, a tanto dolor y miseria, a tantas divisiones entre los hombres.


Lamentablemente, los argentinos, por mucho que hemos intentado estar al margen de los grandes acontecimientos mundiales, formamos parte de esta raza humana que se autodestruye irremediablemente.


Allí en dónde los seres civilizados se encuentran, los referentes argentinos se desconocen, o tratan de ahondar, aún más, la brecha que nos separa. La cultura es el ámbito más propicio para la confrontación pacífica de las ideas. Un ámbito en el que la sociedad debe, o mejor dicho debería, montar el mejor escenario para exponer los grandes problemas que nos aquejan y debatir las posibles soluciones.


No obstante, los resentimientos, las venganzas, la miopía, los odios desmedidos y los egoísmos pareciera que pueden más.


Dese las redes sociales nos dicen que son “muertos” que aún no se enteraron de su fallecimiento. Y destilando el veneno del resentimiento, se agreden y le confieren entidad a aquello que sólo debería pasar a engrosar el anecdotario de un acontecimiento común y corriente.


Mientras las poblaciones no dejan de sufrir y de llorar a sus muertos, en Argentina se montan fiestas mediáticas, que con la excusa de alguna premiación, sirven de medio para dar rienda suelta a esa manera tan vernácula que tenemos por estas latitudes para dirimir cuestiones de alta política como si se tratara de la inofensivas discusiones que se producen en derredor de la mesa familiar.


Pero estas cuestiones no son inofensivas, ni quienes las alientan y participan en ellas suelen ser personas sin predicamento ni cierta influencia sobre un público mediocre al que también se le ofrece mediocridad.


La fiesta de la entrega de los Martín Fierro, llevada a cabo en la noche de ayer, en el lujosísimo salón de un exclusivo hotel de la Ciudad de Buenos Aires, con mesas abarrotadas de las más finas exquisiteces de la cocina y regadas con bebidas espirituosas de la más alta calidad, en medio de una de las muestras de moda y ostentación más grandes que se pueda llegar a reunir, transmitida en vivo para una audiencia que contrasta notablemente con tanta frivolidad, en medio de una sociedad dónde uno de cada tres habitantes se encuentra por debajo de la línea de pobreza, es una señal más que elocuente sobre la distancia que separa al hombre común de estos personajes que dicen representar lo más refinado del mundo del espectáculo, pero que, en definitiva, sólo son una copia un poco más lustrosa de una sociedad en decadencia, que no encuentra el rumbo y con un pronóstico bastante incierto.


Los argentinos venimos de padecer uno de los ciclos históricos más nefastos que se puedan recordar. La brecha entre pobres y ricos se ha agrandado como nunca antes. Muy pocas veces, en nuestra corta pero muy rica historia nacional, las diferencias entre el ciudadano común y sus principales referentes culturales fue tan acentuada. Ellos pertenecen a una clase social que no sufre privaciones de ninguna naturaleza; una casta de favorecidos por un sistema que los mantiene en lo más alto de la ola, escándalos y cholulismo de por medio, por que su mediocridad le es tan eficiente, si cabe el término eficiencia, que no conviene destronarlos.


Quizá, el pináculo de la imbecilidad y la opacidad de estos personajes que quieren resumir en sí mismos lo más rancio de una mezcla mal entendida de cultura y fama, se lo puedan llevar dos exponentes de esta Argentina que transitó la experiencia de los doce años de un régimen que discriminó, defenestró y ninguneo al arte, como muestra de nuestra idiosincrasia nacional, de una manera que jamás se había hecho antes. Nancy Duplaa, actríz de medio pelo, sin más blasones que las escenas apasionadas de alcoba en culebrones de baja estofa, y Diego Brancatelli, panelista de cuarta categoría en programas de igual calificación, se hicieron del micrófono para recurrir a eso para lo que sí son expertos: hecharle nafta a un medio que se está quemando.


Los dichos de estos dos “famosos”, no aportaron nada a la ya conocida brecha que desde hace varios años separa a los argentinos. Sus intervenciones fueron innecesarias, sin la más mínima pizca de ubicación, y, además, no siquiera fueron ocurrentes ni inteligentes. La Duplaa haciéndo un resumen de su labor en “La Loba”, como si la tira sólo se hubiera tratado del despido y cierre de una fábrica, y no de una de las novelas que mostró escenas de sexo y violencia de un voltaje tan alto, que sólo perseguía obtener un punto más en el rating y nada tenía que ver con la verdadera problemática por la que muchos habitantes de este país están pasando en la actualidad, pero que no es fruto de la presente administración nacional, sino el resultado de la mala y perversa política del anterior gobierno que encabezaron Néstor y Cristina Kirchner, resultado y secuela que seguramente nos va a perseguir durante varios años más, porque de nada se privaron para desmantelar la economía y las instituciones de la Nación. Y Brancatelli, mostrando una muñequita de la ex Presidenta de “todos y de todas”, dedicándoselo a Jorge Lanata, en una especie de estúpida “gastada” hacia un periodista con mayúsculas, al que segura y secretamente envidia y reconoce en su enorme profesionalismo.


Como decía al comienzo, el mundo se desangra en una macabra danza de muerte y horror por doquier, y nuestros “famosos”, nuestros referentes culturales se embriagan de lujos y placeres, demostrando un falso y distorsionado compromiso social, que no les interesa, que no lo sienten, y para el que no están a la altura de las circunstancias.


Mientras la cultura del derroche, la cultura del mirar para otro lado, la cultura de valerse de frases efectistas carentes de contenido alguno o, peor aún, a contramano de la realidad que se vive día a día, sea galardonada con premios, pocas serán la expectativas que se puedan albergar para que algo cambie en lo más profundo de nuestra naturaleza de argentinos.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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