"LA DEMOCRACIA SENTIMENTAL"

Reseña del libro de Manuel Arias Maldonado

Lo que ha ocurrido [...] es un asunto del mayor alcance [...]. Lo que ha ocurrido es bastante simple. Los segmentos de la población brutos y estúpidos (estos atributos suelen ir emparejados) se han confabulado contra el resto. [...] La causa fundamental del problema es que en el mundo moderno los estúpidos van sobrados, mientras que a los inteligentes les acobardan las dudas”. Estas palabras resuenan en las páginas de Manuel Arias Maldonado; pero mientras él se ocupa de nuestro presente inmediato, Bertrand Russell las escribía en mayo de 1933, avisando: “Lo que ha ocurrido en Alemania puede suceder también en cualquier otra parte”. Lo que sucedió allí ha sido calificado como “emocracia”. Una víctima del nazismo se preguntaba: “¿Qué será esa fuerza negra, insidiosa, perversa, que consigue arrastrar a toda una humanidad?” Hitler conocía la respuesta: son las emociones las “fuerzas misteriosas” capaces de arrancar de cuajo los sentimientos de humanidad.

Siguiendo con las emociones, se ha conjeturado que en la elección de Trump puede haber influido la aversión a la traición por la elite: mejor elegir a los malos que no tener que sufrir al ser defraudados por los buenos. Una tesis que complementa la socióloga Arlie Russell Hochschild con esta conclusión paradójica: los más perjudicados por las políticas conservadoras son sus principales votantes.

Sesgos y paradojas sazonan el ensayo de Arias Maldonado. Para iluminar cabalmente su campo de interés, nada mejor que escuchar la salva de preguntas liminares: ¿Y si, además de los efectos desestabilizadores de la crisis, hubiera algo más? ¿Y si el problema residiera en los permanentes desajustes entre los presupuestos ideales de la organización política y su realidad práctica? Más aún, ¿y si las democracias liberales, debido a su menor atractivo propagandístico, estuviesen en desventaja frente a las fuerzas que las socavan? ¿Es el liberalismo demasiado frío, demasiado cool”, para la articulación contemporánea de las pasiones políticas? ¿Acaso no hay un conflicto perpetuo, subyacente, pero ahora bien visible, entre las dimensiones racional y sentimental de la democracia? ¿Y no se agudiza este conflicto como efecto de los acelerados cambios sociales tardomodernos, con la digitalización a la cabeza? ¿En qué medida podemos seguir concibiendo al ciudadano como un sujeto autónomo, soberano y racional, sin atender como es debido al conjunto de emociones, afectos y sensaciones que influyen sobre su desenvolvimiento perceptivo y su capacidad de decisión?

La introducción presenta el estado de la cuestión: estamos al final del “tránsito entre el sujeto ideal del liberalismo kantiano [...] y el sujeto real que nos describen las ciencias naturales y sociales tras el giro afectivo”. El nuevo sujeto destronado es el sujeto postsoberano. La base biológica de las emociones, las patologías de la racionalidad ejemplificadas por la conducta del votante, la importancia de los elementos mediacionales, la influencia de la ideología y la función envolvente del mundo simbólico son las coordenadas inciertas que despliega la primera parte. La segunda se ocupa de las consecuencias de la afectividad en la política. Desautoriza las posiciones representadas por el romanticismo político, el populismo y el nacionalismo; muestra la ambivalencia del resentimiento y de las nuevas tecnologías digitales, que configuran un ciudadano-espectador más proclive a las coaliciones negativas, y concluye con una visión favorable de las emociones capitalistas. Con esos antecedentes, la tercera parte se sitúa en una perspectiva propositiva que pasa revista a planteamientos como los del paternalismo libertario y ofrece sugerencias para una educación de las emociones en una línea ya explorada. Tras desechar las concepciones agonistas de la política, concluye con una revisión detallada de la deliberación pública. Si bien asume la necesidad de incorporar el afecto a la ecuación del nuevo paisaje democrático, sostiene que los teóricos del afecto no han logrado construir una alternativa a los ideales liberales. La cuarta parte contiene las aportaciones más pertinentes. La paradoja del sujeto postsoberano consiste en sacar partido de la conciencia de sus propias limitaciones. Cabe destacar unas ideas fuerza que pautan un repertorio bien nutrido de fuentes:

1) Los diseños institucionales son determinantes para el funcionamiento democrático.

2) El autoconocimiento debe incorporar los nuevos hallazgos de la psicología y las neurociencias sobre el papel de las emociones y de los sesgos cognitivos.

3) La democracia es a la vez un ideal regulativo y un metavalor o metaficción, en cuanto que permite la convivencia de diferentes tribus morales con la condición de que renuncien a presentarse como vocabularios finales.

4) El pathos” del sujeto postsoberano mezcla ironía, escepticismo, melancolía, estoicismo y contingencia. El devenir de la democracia depende de una socialización que aumente el número de ciudadanos provistos de esta sensibilidad.

5) Las creencias son a menudo sobrevenidas y sirven para conferir racionalidad a decisiones impulsadas por los motivos más diversos.

El último punto ilustra un supuesto reiterado en el libro: los seres humanos somos más racionalizadores que racionales; buscamos explicaciones para conductas que no reúnen los requisitos de la racionalidad epistémica (criterio de verdad), económica (relación coste-beneficio) o instrumental (relación fin-medios). A veces esas explicaciones adoptan la forma de relatos. Jerome Bruner figura en la avanzada de este giro narrativo al distinguir entre un buen relato y un argumento bien construido. Pero seguramente el trabajo que mejor representa los fallos de la racionalidad es Irrationality”, en el que Stuart Sutherland recolecta una abultada cosecha de los tropiezos de nuestras decisiones, de resultas de la cual formula esta enmienda a la totalidad a Aristóteles: “La conducta irracional es la norma y no la excepción”.

Arias Maldonado tiene buen cuidado de no dejarse seducir por la lógica del péndulo y tempera el alcance de las novedades. En esta línea enfatiza la ambivalencia de las emociones y la influencia recíproca entre estas y la razón; a las que hay que añadir el contexto. El concepto de interacción es determinante: lo decisivo no es el comportamiento de las distintas piezas, sino su funcionamiento sistémico. Sólo desde esta visión integrada, fisiológica, se entiende que determinadas emociones y discursos sean más probables en determinados momentos. En ocasiones cabe incluso hablar de compensación entre los distintos planos. El carácter misterioso deriva de la dificultad de abarcar el espectro resultante de las posibles interacciones.

En las preguntas inicialmente citadas, Arias Maldonado se refería a los efectos desestabilizadores de la crisis. Ninguna mención a ellos en el libro. Se nos recuerda al final que “diga lo que diga la crítica tremendista, la especie y sus sociedades mejoran progresivamente en aspectos fundamentales: reducción de la pobreza, descenso de la violencia, incrementos de la tolerancia”. Esta observación merece más acotaciones que las que aquí caben, empezando por señalar la incomparecencia de la desigualdad o la (in)justicia, unas variables mucho más determinantes que la pobreza absoluta para las respuestas emocionales.

Hay, sin embargo, un dato que la psicología y la economía conductual han mostrado sobradamente y que avala la tesis general del libro, pero no este extremo: la pobreza no se experimenta en términos absolutos, sino relativos. El elemento comparativo es esencial en el comportamiento social y los humanos preferimos en términos generales opciones que marquen la diferencia con otros a aquellas más ventajosas en términos absolutos.

El libro ofrece un menú variado y apetitoso que merecería un índice minucioso, por lo menos onomástico. Hay que convenir con la recomendación del autor: lo razonable es sacar las consecuencias de la propia irracionalidad, para, como Ulises, suspender las decisiones cuando se surcan aguas procelosas con cantos de sirena. Finalmente, cuando bautizamos una anomalía como sesgo, por una suerte de performatividad paradójica, la hacemos entrar en el recinto de la racionalidad por la puerta de atrás. La última ironía del sujeto postsoberano.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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