EL MIEDO

Conceptualización y breves reflexiones

El miedo es un elemento esencial en nuestras vidas, que debería examinarse y estudiarse con más atención en sociología y filosofía. Todos hemos experimentado miedo en alguna ocasión y todos usamos una variedad de términos relacionados con él y que designan distintos grados de la misma emoción: temor, espanto, pánico, terror, etc.

El miedo es una respuesta biológica innata que ha tenido una función básica en la perpetuación de las especies. Es una respuesta perturbadora, afectiva (compuesta de sentimientos y/o emociones), automática, normalmente de duración reducida y difícilmente evitable. En el ser humano se localiza en la amígdala cerebral aunque también está regulado por el córtex frontal. Es un fenómeno común a todos los animales y su expresión produce reacciones secundarias de tipo vegetativo como el sudor frío, taquicardias, hipoxia, dificultades para hablar, etc. Biológicamente se considera un mecanismo de supervivencia, útil y beneficioso ya que permite antecederse y reaccionar ante los peligros del mundo en que estamos inmersos y que debemos afrontar. El miedo tiene una base genética transmisible que apareció y evolucionó en nuestros antecesores biológicos, pero también se desarrolla en los individuos a través de un proceso de aprendizaje que es específico de cada persona. Con mucha frecuencia el miedo tiene su base en lo desconocido y por tanto el conocer y entender su origen minimiza o incluso puede evitar su expresión.

El miedo nos aproxima a la realidad por medio de una intuición y a partir de ese momento es conocimiento y representa un lenguaje universal. Los términos relacionados con el miedo, pánico y terror tienen una causa y origen en unos estímulos que son objetivables y definibles y se generan ante un hecho u objeto definido. En consecuencia, entendemos por heurística del miedo, la capacidad de los humanos para pensar y ejecutar innovaciones positivas para sus propios fines a partir de la emoción del miedo. Desde la filosofía, entenderíamos por hermenéutica del miedo a la técnica tradicional de interpretar utilizada para descubrir significados ocultos. Es decir, para poder explicar e interpretar la experiencia del miedo, es necesario asumir que se trata de una emoción presente tanto a nivel individual como social, que además puede gestionarse de manera útil tanto biológicamente (como animales que somos) como desde la perspectiva vivencial humana. El miedo en definitiva es el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad y por tanto conlleva valores como la protección, la prudencia, la ayuda mutua, el evitar daños trascendentales, etc. Partiendo de que en determinadas circunstancias el miedo es una herramienta de opresión y alienación, no debemos olvidar que su adecuada gestión constituye un elemento necesario y útil a la sociedad y al ciudadano de hoy y del próximo futuro. Entendemos por tanto que la hermenéutica y la heurística del miedo deben ser un camino irrenunciable tanto en la educación como en el comportamiento del ciudadano y del político.

El valor del miedo no reside tanto en la respuesta emocional como en lo que representa el entender y gestionar sus causas y sus posibles consecuencias. En este sentido la gestión es un proceso valorativo tanto de los elementos desencadenantes (estímulos) de la respuesta emocional del miedo como su gestión en relación a los objetos proposicionales (aspecto teleológico). La gestión más o menos inteligente del miedo puede tener consecuencias positivas tanto desde una perspectiva individual como evolutiva, dado que nos conduce a dos situaciones: a) detectar situaciones peligrosas y b) desencadenar los procesos valorativos de esos peligros que permitan tomar o intentar tomar decisiones con anticipación. Esa mejor o peor gestión del miedo está supeditada a la educación emocional a la que el individuo ha sido sometido. Es por ello que el miedo surge con mayor presencia y potencia ante la ausencia de la educación, los principios éticos y morales e instituciones y leyes justas y democráticas.

Del mismo modo que el sismógrafo nos detecta y cuantifica la intensidad del terremoto, el miedo nos sirve de detector e incluso de cuantificador de los peligros que nos acechan. Utilizando el mismo símil, al igual que si desconectamos el sismógrafo el terremoto no detiene su actividad, las pretendidas desconexiones o supresiones o evitaciones del miedo no eliminan los peligros potenciales que desencadenan el miedo. Cuanto más sensible y preciso sea nuestro sismógrafo del miedo, mejores serán nuestras posibilidades de anticiparnos a los peligros y poder generan respuestas eficientes e inteligentes frente a él.

La realidad histórica y la experiencia de los últimos siglos, han demostrado que el loable objetivo de una convivencia pacífica entre todos los estados está muy lejos de cumplirse. El proyecto de paz perpetua desde sus diferentes formulaciones ha sido desplazado en la dirección de las premisas del estado de naturaleza y del miedo al otro y a la muerte violenta que Hobbes propuso en su Leviathan. Los últimos siglos se han caracterizado por una permanente situación de guerra convencional entre los estados, cuando no de guerrillas intra o inter estatales. En las últimas décadas se ha encumbrado el modelo de disuasión, que no es más que el miedo a los ejércitos más poderosos llegando a la máxima expresión hobbesiana en las denominadas intervenciones militares preventivas y las guerras justas.

Tradicionalmente el poder (social y político) se caracteriza por su dual utilización del miedo. Por un lado el poder da miedo a todos aquellos que no le secundan y por tanto favorece su instauración y perduración. Pero por otro lado, el poder se afianza en una sociedad y en los individuos si ese poder les protege de sus miedos, por ejemplo, si los ciudadanos o la sociedad se sienten protegidos de la delincuencia, las penurias y desastres, los enemigos o invasores, etc.

En su obra “El miedo a la libertad” Erich Fromm describe como el hombre ha ido adquiriendo más y más libertad, alejándose progresivamente de la represión a la que estaba sometido. Este factum, le genera un sentimiento de desarraigo y soledad, dado que anteriormente, tenía fijado un patrón de conducta basado en el sometimiento y al perderlo se siente desorientado. Esta situación, produce en el hombre un ansia o necesidad de sentirse unido a algo, lo que en ciertos casos explicaría su adhesión a la religión o los regímenes totalitarios, es decir el someterse de nuevo a una fuerza que él cree superior, algo que le pueda garantizar una seguridad y confianza que siendo libre no poseía. La crisis de libertad se puede observar claramente en todos los regímenes autoritarios, como los fascismos, especialmente el nazismo, el cual estudia Fromm mostrando la psicología tanto de su líder como de sus partidarios, y lo que les estimuló a obrar de ese modo. De la misma manera Fromm analiza los inconvenientes que crea la libertad en el hombre moderno, tratando el tema de la estandarización de los individuos y los patrones preestablecidos de comportamiento a los que lleva la democracia actual. Dicho de otra manera, el hombre actual tampoco es libre porque las ideologías preestablecidas lo obligan a perder su identidad personal, y su yo se ve diluido o hundido, ya que muestra lo que la sociedad le estipula. Finalmente, llega a la conclusión de que tras un proceso de evolución, el hombre teme a la libertad ya que al poseerla se siente desarraigado y necesita estar atado a algo. En resumen, Fromm nos ha presentado al hombre a lo largo de la historia, en la que poco a poco ha ido ganando en libertad pero también ha ido asiéndose a fuerzas mayores en las que se refugiaba, creando un hombre moderno que en esencia es libre, pero que se ve obligado por la educación y la sociedad a adquirir el pensamiento único, creando individuos autómatas e iguales.

Joanna Bourke en su obra “El miedo: una historia cultural”, afirma que ahora somos más miedosos que en el siglo XIX. Seguramente, los miedos posibles cuantitativamente hablando, han sido más o menos los mismos a lo largo de la Historia, pero la sociedad de la información nos ha acercado más a ellos. Por otro lado, muchos miedos se han globalizado: el terrorismo, el crimen organizado, las epidemias, el cambio climático, por no mencionar la crisis económica actual son claros ejemplos que hacen que posiblemente tengamos motivos para ser más miedosos que en siglos precedentes. Antes solo se estaba en contacto con los miedos más inmediatos y obvios, en cambio ahora tenemos que confrontarnos con todos los miedos posibles del mundo. En la sociedad moderna actual ya no son tan prominentes los miedos ancestrales a la Naturaleza, al hambre, las guerras, la enfermedad y la muerte. Salvo situaciones ocasionales (accidentes nucleares, terremotos, inundaciones, grandes incendios, etc.), los miedos de antaño se han sustituido por otros miedos (¿quizás menores?) como el miedo a ser robado o violado, a perder el trabajo, la casa o el patrimonio o miedos más abstractos como la crisis, ser desgraciado, no tener un cuerpo atractivo, o no triunfar. De hecho nuestras vidas también pueden estar conectadas al miedo a través de las personas que nos rodean, por ejemplo el miedo a nuestros jefes o superiores, o incluso el miedo entre padres e hijos o entre consortes, familiares o conocidos. En la segunda mitad del siglo XX, han surgido tipos nuevos de miedos como son los casos de miedo al holocausto nuclear, al desastre ecológico o a sí seremos capaces de trasmitir a las generaciones futuras un futuro sostenible y en caso de alcanzarlo, si será a través de un sistema dictatorial hobbesiano o marxista o bien a través de un sistema cosmopolita y democrático. Han sido precisamente este tipo de temores ecológicos los que han dado lugar al surgimiento de la denominada ciudadanía ecológica o ciudadano ecológico.

Uno de los exponentes actuales en filosofía política, D. Gauthier, nos da una nueva visión del Leviathan de Hobbes en su trabajo “The Logic of Leviathan”, en el que realza a Hobbes como teórico político y como teórico moral a través de su neocontractualismo hobbesiano. Según Gauthier, los conceptos de “obligación” y “autorización” de Hobbes son fundamentales a la hora de interpretar las relaciones entre soberano y sujeto o en su versión actual entre gobierno y ciudadano. La nueva lectura del Leviathan (es decir, del miedo al poder absolutista como forma de gobierno) que nos propone Gauthier es que la justificación y el mantenimiento de las estructuras políticas y legales (es decir, la democracia) se sustenta en una constitución democrá- tica que expresa y representa la voluntad del pueblo a través de una solución contractualista. Esta valoración e interés en Hobbes es lo que separa a Gauthier de otros contractualismos contemporáneos, pero en cualquier caso es una reintroducción de Hobbes en la tradición contractualista y liberal.

En una línea similar, los pensadores Lacleau y Mouffe mantienen una posición hobbesiana democrática, es decir, que democráticamente decidimos un poder coactivo y asumimos que el miedo al otro y a la violencia externa nos fuerza a comportarnos cumpliendo la Ley básicamente por temor al castigo que supone transgredirla. En tales circunstancias el miedo hobbesiano pasaría de ser un miedo al otro a tener miedo al grupo o sociedad como elemento coactivo. A pesar de que sigue habiendo pensadores que creen que puede haber un orden no autoritario (Leclau y Mouffe entre ellos), ni se observan evidencias de que tal situación se dé en las sociedades avanzadas ni que tales procederes puedan ser más eficaces que los basados en el miedo biológico ancestral, todavía existente en las bases neurológicas de los humanos y por supuesto de todos los animales.

Finalmente Daniel Innerarity y Javier Solana en su reciente libro “La humanidad amenazada: gobernar los riesgos globales”, plantean que tenemos que aprender a tener miedo de nuevo, aunque ese nuevo miedo se exprese de manera diferente al hobbesiano a pesar de tener las mismas raíces biológicas, sociales y en el límite filosóficas.

El pensamiento político liberal contemporáneo manifiesta un claro desplazamiento hacia el modelo hobbesiano, basado en el miedo al poder político, jurídico y policial. Esta deriva o desplazamiento no llega a los extremos que en su momento alcanzaron el estalinismo, el maoísmo y las numerosas dictaduras del área mediterránea, Europa del este, Asia y América. Sin embargo, parece indudable que al menos ciertos sectores no minoritarios de la social liberal contemporánea plantean que la contrapartida que ofrece el liberalismo es volver al contrato social basado en el autoritarismo y el miedo. En definitiva, el miedo al otro, subsiste bajo concreciones vinculadas a creencias políticas (comunismo, dictaduras, imperialismo) y religiosas (islamismo y otros fundamentalismos).

Puede advertirse, que inherente a la apelación del miedo y el discurso del terrorismo como operador político del poder, subyace una heurística del miedo como recurso político de dominación, control y sometimiento. La referencia al terrorismo no está desvinculada de las necesidades de la geopolítica y esta de las necesidades de control político y militar. De la misma manera que la administración de G. Bush (hijo) utilizó en su política interna y externa el terrorismo como argumento de disuasión y generó una serie de alertas que mantuvieron a la sociedad norteamericana en vilo, asustada y en permanente tensión, ahora se utiliza el recurso del miedo como operador más general de la geopolítica en la lucha contra el terrorismo.

Electoralmente hablando el voto del miedo es cada vez más frecuente en las elecciones de todos los países modernos. Las diferentes formaciones políticas evocan al miedo a la violencia callejera, a la inmigración, a perder el puesto de trabajo o a las prestaciones sanitarias o educativas. El absolutismo propugnado por Maquiavelo, Bodin y Hobbes fue y sigue siendo en la actualidad una pretensión funcional, puesto que para llegar a él, el monarca, estado o sociedad debe pactar con los poderes locales, territoriales y los diferentes estamentos sociales. No puede existir dictadura sin esos pactos. La complejidad de ese pacto absolutista-dictatorial es mayor cuando más complejas son las estructuras sociales (sindicatos y patronales, grupos profesionales, empresas, instituciones públicas, entidades internacionales, etc.). Hoy día la emergencia de los poderes financieros internacionales, externos e independientes del Estado, hacen más difícil que nunca alcanzar a ese poder absoluto o dictatorial de corte hobbesiano. Para Locke el poder nace del consenso y actualmente cabe hablar del contrato social, pero en cualquier caso esa autoridad de la que nos queremos defender pero al mismo tiempo necesitamos, solo es eficaz en la medida que infunda miedo a los que no cumplan con sus dictados.

Ricardo G. A. Zimerman

Redacción SANTA FE

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